El libro viajero
Memorias a la sombra del castillo de Olite
La pandemia abortó las excursiones entre residencias. Idearon una alternativa: el Libro Viajero, con etapas que son retazos de vida contados por personas mayores. Esta serie sigue su ruta (y VI)


Publicado el 08/08/2021 a las 06:00
Es víspera de San Juan y en la residencia la Milagrosa de Olite iban a preparar una barbacoa. El tiempo anda revuelto, lo mismo llueve que sale el sol, y han decidido posponerla. Pero no iban a dejar el día tan oscuro, así que de menú tienen huevos fritos con jamón. Son 58 residentes en un centro con solera, rodeado de historia de letra gruesa. Solo siete hombres. En este contexto no es extraño que el capítulo del Libro Viajero lo hayan escrito solo mujeres. Con él posan entre risas en el patio de la casa, lo acaban de terminar, tenían mucho que contar, aunque en eso de hacer memoria la mochila de cada una tiene peso y poso. María Alonso Sárria, 96 años, gaditana de Tarifa, se crió en Extremadura, a donde destinaron a su padre, militar. Ya casada, ha vivido 61 años en Pamplona, en el barrio de San Juan, y lleva un año en Olite. Poco después murió su único hijo y en la residencia encuentra el consuelo en medio de ese duelo. “Yo recorté, porque para escribir ya no veo bien”, apunta de su labor.
Ana Uriol Velázquez es la terapeuta ocupacional y sostiene que repararon en tanto que hay para ver en Olite. Lo sabe bien María Pilar Jiménez “de segundo apellido Biurrun sin Campanas”. “De Olite de pura cepa”, es soltera y no recuerda bien su edad. “86 debo tener...”, apunta y resuelve que nació en 1935. Lleva unos meses en la residencia que conoce como su casa porque hace años echaba una mano a las Hijas de la Caridad, que regentaron la institución; también fue catequista. “Me adapto a las circunstancias y me gusta estar con la gente”, desgrana amable que escribió “cosas sobre la casa” y recortó fotos para el libro. Las personas más dependientes han colaborado, cada una en lo que ha podido. Y dijo mucho de Olite, de su castillo, de las dos iglesias, del convento de los franciscanos y del de las clarisas
“Qué sé yo, muchos...” dice de sus años Delia Andía Remón. Le gusta mucho dibujar y pintar y acaba de ilustrar en una lámina a lápiz el castillo, con las personas que van y vienen por la plaza y un novio que entrega unas flores a su chica. Vivía en su casa de Olite hasta que tuvo un percance. “Pasé miedo, era mayo de 2010, quise venir aquí”, abre su coqueto abanico naranja. Habla del castillo, “de las buenas fiestas de Olite”, de la vendimia, de la gente de fuera que venía a trabajar, de los turistas que les visitan ahora.
Singular es el periplo vital de Fabiola Cerdá Lenzano. Tiene 88 años y suscribe que Olite “es un pueblo inolvidable”. “Diez años estuve fuera y me acordaba siempre de él”, cuenta de su estancia en Venezuela, a donde fue a trabajar primero su marido y luego ella. Por eso se casaron por poderes. “Con un testigo ruso que encontramos por allí”, no es difícil imaginar una vida de novela. “Con lo bien que estaba yo, pero así y todo pensando en Olite”, explica que han trabajado mucho en el libro “con la profe” y mira de reojo a Ana Uriol. Ya de vuelta al pueblo abrieron un supermercado en Olite. El mostrador y la trastienda fueron su tarea hasta la jubilación. Viuda de Alfredo Algarra tiene dos hijos, “los dos con carrera, y eso es un orgullo”, subraya. Y le reconforta que la tienda siga abierta.
También comerciante fue Charo Araujo Palacios. Asturiana de Tuilla, cambiaron su tierra por Pamplona “por mejorar” y abrieron varias tiendas a las que llamaron Chargui. “Son las primeras letras de mi nombre y del de mi marido Guillermo, estaban en Paulino Caballero, en la calle Amaya y en Mercaderes”, describe con sonrisa plácida. Con 81 años, cinco hijos, diez nietos y “ganas de tener biznietos”, le apasiona leer. Lo revela la parrilla de su andador, repleta de libros, revistas y el periódico que lee entero. “Lo que más me gusta es leer, de todo, más libros que revistas, y en especial biografías”. Ahora tiene entre manos la de Lucía Bosé, obra de Begoña Aranguren. “Yo quiero que veas las caras tan bonitas que dibujo”, interviene divertida Fabiola. La terapeuta trae su cuaderno de dibujo y ella muestra su obra. Sorprende. Fabiola tira de mirada limpia y ojos profundos.
Raquel Lacabe Barrachina escucha el testimonio de las residentes sentada en uno de los andadores. Es trabajadora social y les anima a participar de las actividades, dentro y fuera. Porque a veces hay quien se detiene en los momentos malos y no es siempre tiempo de apoyarse en ellos.