Tradiciones

Ochagavía retrocede un siglo

La localidad salacenca recrea oficios y tradiciones de 1900 en la vigésima edición del Orhipean

La localidad salacenca recrea oficios y tradiciones de 1900 en la vigésima edición del Orhipean.
La localidad salacenca recrea oficios y tradiciones de 1900 en la vigésima edición del Orhipean.| JESÚS CASO

Natxo Gutiérrez

Actualizado el 31/08/2024 a las 18:03

LA consigna escrita a tiza en la escuela recreada con fecha del “31 de agosto de 1924” era clara para los aprendices de pantalón corto y tirabuzones recogidos en lazo: “La primera condición para aprender es atender”. En la lección que ofreció este sábado Ochagavía nadie perdió detalle sobre los capítulos de historia relatados sobre sus calles alfombradas de piedra. Al lado de la Casa Pascualena, en cuyo dintel aparece grabado el año de 1789, la escuela de pupitres de madera, crucifijo y mapa de Europa, recibió a niños y niñas por separado con ajuste al patrón que discriminaba la enseñanza por géneros y que señalaba la obligación de la maestra a “no casarse”. De lo contrario, su contrato quedaba “automáticamente anulado”.

El apunte, leído como anécdota con la distancia del tiempo, concitó la curiosidad de cuantos hicieron escala en su recorrido por el último siglo de Ochagavía. Las miradas se perdían en el mismo rincón de la escuela entre la exposición al aire libre de instantáneas sepias de recién casados entre 1900 y 1960 en la localidad. Como decía Jone Villanueva, del equipo cordinador del Orhipean, la muestra, de alrededor de un centenar de instantáneas, buscaba atrapar la atención de los “más mayores” en un ejercicio de reminiscencia y recuerdo de juventud.

Como este sábado, hace veinte años cuando comenzó a rodar la fiesta anual de oficios y costumbres, la voluntad de recoger y perpetuar el legado de vida de generaciones pasadas iluminó la idea de retroceder en el tiempo en un día señalado del año. “Recordar cómo se había vivido aquí y en cualquier otro prueblo del Pirineo” es lo que aunó y aúna el sentir y el esfuerzo de un pueblo, que este sábadohonró a sus antepasados con orgullo. Dice Jone Villanueva que los recuerdos de los mayores de 80 años ayudaron hace veinte años a dar forma al museo de hábitos y formas de vida de antaño. El valor de la transmisión oral quedó reflejado en una secuencia de escenas que rivalizaron en atracción entre una alta concurrencia de visitantes. Para ello, los 400 residentes de Ochagavía se implicaron en la organización o en la cesión de útiles e indumentaria guardaba en el mejor baúl de los recuerdos familiares.

Como el Matatxerri -la matanza del cerdo- pudo verse a un grupo de hilanderas enredar ovillos y contemplar a un “zapatero remendón”, en la persona de Joseba Rodríguez, con horario flexible en su labor según rezaba la leyenda a los pies de su mostrador: “Abro cuando quedo, cierro cuando quiero”. El Comercio Andrés Mancho, que en realidad estuvo abierto entre 1900 y 1940 aproximadamente, como recordaba Marux Sagardoy Tanco, atendió al interés de una clientela obnubilada por un género diverso exhibido en sus estanterías. “Mucha gente se ha acercado porque lo que ve lo ha visto en su infancia”, explicaba la depositaria de historias y anécdotas de otra época. No pocos pudieron resistir la tentación de sumergirse en las novedades contadas en el Diario de Navarra del 30 de agosto de 1908, reproducido en copias, ni entretenerse en un surtido variopinto de “zapatos, telas, trajes de comunión y bautizo” donde existió una tienda, cuyo armazón de estantes sobrevive al tiempo.

500 RACIONES DEMGAS

Alimentar las viejas costumbres confió a un nutrido de voluntarios a preparar 500 raciones de migas de pastor con 20 kilos de pan. En las sociedades Gartxot y Uxin, que -como dice Patxi Saldías Cabillón, de 75 años-, recibe el nombre del “aire frío” que anticipa la nieve-, se prepararon los calderos. Ramón Moso Compains, de 80, recordó sus años de pastor en la Ribera y la preparación de las migas por parte de su padre. “No eran tan buenas” como las servidas durante este sábado, expresó con humor Patxi Saldías. Claro está, carecían de los ingredientes de “txistorra, jamoncico, lomo, sebo y ajo” que dieron sabor al almuerzo racionado a una dilatada hilera de comensales.

La columna llegó casi hasta una pared de una casa con los nombres escritos en papel de los habitantes del barrio Urrutia en 1900. Entonces, el censo demográfico de Ochagavía -recuerda Jone Villanueva-, rondaba el millar, el doble que el actual padrón aunque la nómina de vecinos habituales descienda a 400. Justo al lado de la relación de habitantes de 1990, Javier Goicoa y Jesús María Larrañeta, originarios de Orbaizeta, además de Bernardo Landa Esarte, entre otros voluntarios, exhibieron las dotes de confección de tejas de madera, como las que cubren la ermita de la Virgen de las Nieves, en Irati. La demostración fue una novedad de un programa que a media mañana rescató la cañada de ovejas y txotos y obsequió una imagen, hoy cautivadora, de la dura labor de las lavanderas en el río Anduña. María, de 3 años, acompañada de sus padres, Miguel Ángel Calle y Belén García, originarios de Málaga y hoy residentes en Granada, simuló con sus pequeñas manos el gesto de frotar la ropa. “El año que viene te vienes a lavar con nosotras”, le espetó una mujer, vestida de lavandera. Eso pertenece al futuro. Este sábado, Ochagavía regresó al pasado.

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