Me quedo en el pueblo

Los Bezunartea Caminondo crecerán en el Pirineo

La rehabilitación de vivienda de la familia Bezunartea en Abaurrea Alta ha sido finalista en un certamen. Esta es su historia, más allá de la reforma

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Pilar Fernández Larrea

Actualizado el 07/12/2020 a las 18:07

Irati abre la puerta. Le acompaña su hijo Iker, 18 meses y dos ojos grandes y azules, como el inmenso horizonte de Pirineos y cielos que ve desde su casa en Abaurrea Alta. Es un niño simpático y andarín, enseña una varita mágica, juega con ella. Magia son los niños en el pueblo más alto de Navarra, donde tampoco logran esquivar la caída de habitantes. 75 duermen de lunes a viernes.

Irati Caminondo Ibiricu, 30 años, es de Valcarlos. Conoció a su marido, Pedro Jesús Bezunartea Lacasta, de 40, en fiestas. Él es ganadero y siempre estuvo “ciego” por quedarse en el pueblo. Ella, auxiliar de enfermería, cuidó un tiempo de su abuelo enfermo en Valcarlos. Tras un noviazgo de los de verse el fin de semana, Irati se trasladó a casa de Pedro Jesús y de sus padres, Pedro Juan y María Teresa. “Esto es una maravilla, he tenido mucha suerte, con la familia, con la gente del pueblo...”, subraya son la sonrisa de sus ojos, esos azules y grandes de Iker, bajo la máscara de color rosa en su rostro. Luego siguió junto a su abuelo, en la residencia de Erro, tres cuartos de hora de camino por carreteras que son un aperitivo de domingo para el paseante, pero pueden atragantar el trabajo diario. Hace tres años se instaló como ganadera en Abaurrea y ahora es su marido quien ayuda con las vacas. “Las mujeres tienen aún más difícil trabajar por aquí, si no eres maestra o enfermera”, lamenta Pedro Jesús que el valle de Aezkoa se vacía. “Nosotros éramos seis quintos, ahora eso es impensable. Es difícil que la gente se quede si no hay industria o alguna alternativa, la ganadería es atada, sin sábados ni domingos, a mí me gusta esto, pero no todos piensan igual”, reflexiona frente a Irigoyen, la casa familiar que han reformado. El suyo ha sido uno de los siete proyectos finalistas en los premios Biziberri a rehabilitación de vivienda del Gobierno de Navarra. “Nos lo propusieron desde la oficina de Aoiz, comentaron que era singular porque se había aprovechado la cuadra. La casa tiene suficiente planta, así que la mitad sigue como establo y en la otra tenemos la vivienda, junto con dos habitaciones del piso superior, en el que están mis padres. Además, es un edificio antiguo, pero con un interior de aire más moderno”, resume la pareja, que tiene otra hija mayor, Naira, de 5 años. Juega sentada en el regazo de su padre y al rato asoma al balcón con unas onzas de chocolate de la abuela. Aquí ha levantado su hogar una de las pocas familias jóvenes de Abaurrea. “Al principio vivíamos con los abuelos y me costó mucho bajar, seguíamos cerca, pero fue un sentimiento raro”, apunta Irati. Deben de estar contentos los padres, con el hijo y los nietos al lado, imagina una. Los abuelos cuidan de Iker cuando ellos atienden el ganado, un sector muy golpeado por la covid. “Con cada animal, pierdes”, evidencia que son el inicio de la cadena en la crisis sanitaria, con la hostelería y las comidas familiares en la diana de los contagios.

Pedro Jesús es el pequeño de tres hermanos. Los dos viven fuera, y todos desean que vuelvan, con los dos sobrinos, toda la familia... algo ahora complicado. “Porque nosotros a Pamplona, lo justo, cuando vamos aprovechamos para hacer muchas cosas y si podemos, volver para el mediodía”, desgranan su historia cuando el sol ya templa el último sábado de noviembre que había amanecido algo frío. “Aquí son seis meses de invierno, aunque no nieve como antes”, suscriben su reflexión los Pirineos desnudos de blanco. Hasta este sábado.

Al tiempo suena el claxon del panadero. “Nunca nos falla, ni carnicero, pescadero, congelados, fruta, y hasta los tejidos”, enumeran los vendedores ambulantes. “Pero ya casi no se oyen tractores”, precisa Pedro Jesús. Y eso que aún son siete ganaderos en el pueblo. Hay un bar y sociedad, casa rural, el museo de las Estelas y todo el paisaje. Y once niños. Esa magia.

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