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Me quedo en el pueblo

Larrasoaña tuvo Arrebuche

La pandemia impidió celebrar la popular cuestación del 1 de noviembre en este lugar de Esteribar y las cinco mujeres que componen el Concejo dejaron en las casas una bolsita con una sorpresa para cada uno de los 26 niños del pueblo

Desde la izquierda, Mónica Sáez Martínez, Argiloa Mangado González con una de las bolsitas que repartieron en el Arrebuche, Vanessa Arre Coto, Edurne Pedroarena Retegi y Miriam Maraví Artieda, con su hijo Alain, en el balcón de su casa en Larrasoaña.
Desde la izquierda, Mónica Sáez Martínez, Argiloa Mangado González con una de las bolsitas que repartieron en el Arrebuche, Vanessa Arre Coto, Edurne Pedroarena Retegi y Miriam Maraví Artieda, con su hijo Alain, en el balcón de su casa en Larrasoaña.
Actualizada 15/11/2020 a las 06:00

Argiola, Edurne, Miriam, Mónica y Vanessa dibujaron sonrisas como soles en los 26 niños y niñas de Larrasoaña el 1 de noviembre. Llevaban días algo cabizbajos porque este año no habría Arrebuche, otra de tantas fiestas y tradiciones difuminadas por la pandemia.

Soñaban en este concejo de Esteribar con esa mañana en que corren de casa en casa y se colocan bajo los balcones, desde donde les tiran golosinas y algún fruto seco, testigo de los presentes de antaño. Tal vez cerrar los ojos es a veces suficiente para recordar esos instantes felices. En esas estaban algunos de esos niños que dan respiro a censos exiguos, y que al abrir la puerta de su casa se encontraron con un pequeño tesoro. A su nombre, al de los 26 menores de 0 a 16 años que hay en Larrasoaña.

Fue la alternativa al Arrebuche ideada por las cinco mujeres que asumieron el Concejo tras las elecciones de 2019. Una bolsa para cada uno: en su interior, unas chucherías, un cuento escrito para la ocasión y envuelto a modo de pergamino, y un texto explicando el sentido y el origen de la popular cuestación que en Larrasoaña, como en otras localidades navarras, mantienen a través de generaciones. “Este año no ha habido fiestas, no ha habido nada y pensamos en que algo se podría hacer el 1 de noviembre”, cuenta Argiloa Mangado, 38 años, presidenta del Concejo. Ella misma se acuerda bien de los mediodías sin fin del Arrebuche. “Sobre todo los mayores lo sentían más, pero aquí todos los txikis saben lo que es”, pone el ejemplo de su hijo pequeño, de 3 años.

El repunte de la natalidad colorea las tardes, cuando los escolares llegan de la escuela en Zubiri, o del instituto, en Burlada. Escuchar y ver jugar a los niños es bálsamo para los vecinos de más edad. Más este año en que el valle se ha quedado huérfano de peregrinos que caminan a Santiago.

En Larrasoaña hay, además del municipal, otros dos albergues, una pensión, bar y una tienda. Todos miran a la ruta Jacobea y ahora rodean un reposo inesperado y algo aletargado. Hay dos casas rurales que “tienen mucho éxito” y una sociedad que es punto de encuentro de los vecinos, cuando se puedan encontrar.

El transporte, subraya Mónica Sáez, 47 años, es para ella la carencia de este rincón al que llegó hace diecisiete años en busca de un lugar en la naturaleza para criar a sus hijos. Ella creció en la Txantrea, aunque siempre tuvo como referencia el pueblo de sus padres, en La Rioja. Una dolencia física le impide conducir a ciertas horas y entonces depende del transporte que resulta escaso. “Un autobús para ir a Pamplona y otro de vuelta”, pero es difícil que se acoplen los horarios, y optarían por otras fórmulas como el taxi a la demanda. “Lo hemos intentado en el valle, pero de momento no damos con la solución”, sostiene Argiloa Mangado y resalta que no necesariamente sería una ruta a Pamplona, sino tal vez a Zubiri, a cinco kilómetros, donde están los servicios básicos: colegio, consultorio, comercio, farmacia, polideportivo...

 

CREAR COMUNIDAD

También encontró en Larrasoaña la paz que buscaba Vanessa Arre Coto, 31 años. Pamplonesa de la calle Jarauta, vivió luego en Mendillorri, pero la ciudad siempre fue demasiado grande para ella, eso unido a problemas de salud le convencieron para retirarse donde se escucha el río y las estaciones transcurren a cámara lenta, como quien puede exprimir el horizonte, detenerse en el canto de un pájaro o en la carrera huidiza de una lagartija. Igual da. Con su pareja, ruso oriundo del Cáucaso, abrieron a principios de año un coqueto albergue, “pequeñito, otro concepto”. Pero se toparon de lleno con la pandemia. Vanessa sonríe y espera que el gris deje paso al azul en este año extraño. “Me enamoró el pueblo, estamos encantados, es la mejor decisión que he tomado nunca”, asegura sin atisbo de duda. En la misma orilla se encuentra Miriam Maraví Artieda. De 44 años, su familia pasaba fines de semana y veranos en Larrasoaña. “Para mí era el pueblo, eran las vacaciones, la cuadrilla...”. Hasta que decidió quedarse allí.

Sin grandes recursos, en el concejo sacan adelante mucho trabajo en auzolan. Convocan dos al año para vecinos de entre 18 y 55 años. Las cinco concejantes coinciden en su intención de que “la gente se implique” y de “crear comunidad”. Argiloa y Edurne Pedroarena, que lleva ya años en Larrasoaña, entraron en el Concejo en 2015 y sus compañeras subrayan ahora que verlas trabajar les motivó a dar el paso. El suyo es, sin duda, uno de los escasos ejemplos de corporaciones formadas solo por mujeres.

No todo han sido malas noticias este año: han nacido dos niños, dos puertas más para el año próximo, aunque ellas confían en que el 1 de noviembre de 2021 el Arrebuche regrese a su esencia.


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