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Me quedo en el pueblo

El ebanista de Burguete

Gabino Urtasun es nieto, sobrino e hijo de carpinteros. Siguió el oficio del que sigue enamorado. Ni un solo día ha dejado la madera, ni su pueblo.

Foto del ebanista Gabino Urtasun y su mujer, Ana Mari Alegre, en su casa de Burguete (Navarra).
Gabino Urtasun y Ana Mari Alegre en su casa de Burguete. Todo el trabajo en madera es obra de Gabino.
Actualizada 11/10/2020 a las 06:00

Quien pase por Burguete y decida hacer un alto en el camino, descansar alimentado por la arquitectura y el paisaje, se sentará a buen seguro en un banco hecho por Gabino Urtasun. En un paseo por la travesía, verá a uno y otro lado puertas con historia moldeadas por sus manos. De 83 años, hijo de una saga de carpinteros y ebanistas, no ha dejado el oficio. Tampoco el pueblo donde nació.

Gabino Urtasun Reca invita a pasar al salón de su casa, acogedor con las primeras lumbres del otoño en la chimenea, un miércoles de octubre. Madera dentro y madera fuera, la estancia es la historia de un hombre enamorado de su oficio, en las paredes, en las mesas, en los asientos, en el reloj que marca la hora, en cada rincón.

Gabino conversa amable. Le gustaría, lo revelan sus ojos. acortar la distancia, hablar sin máscaras, invitar a un almuerzo. Nació “en un año difícil”, en 1936, el mayor de seis hermanos. Sus dos abuelos, Gabino y Esteban, fueron carpinteros, como su padre, José, y varios de sus tíos. Contaba 14 años cuando acabó la escuela y fue a Calahorra, para estudiar en la Escuela de Artes y Oficios, Ebanistería, tres años que compaginó con el trabajo en el taller de uno de los profesores. Con 17 regresó a Burguete y ya no se ha movido. Ni vacaciones. No las echa de menos, desliza con una media sonrisa.

Comenzó a trabajar con su padre. Luego siguió solo, en un taller que ha sido escenario de dos películas, Embajadores del Infierno (José María Forqué, 1956) y Vaivén (Carlos Muguiro, 2000), con el actor Ramón Barea. “Esto era una borda, cuadra”, explica en la añeja puerta que alentaría la imaginación de un novelista. Allí ha trabajado roble, castaño, nogal, cerezo... para hacer puertas, ventanas, muebles, lo que le pidieran, en la zona y también más lejos, “hasta en San Sebastián”.

Gabino lleva 54 años casado con Ana Mari Alegre. Ella es de Uncastillo, en Zaragoza, y llegó a Burguete, empleada en un hotel. Allí se conocieron. Tienen trece nietos, cuatro hijos. La pequeña, Amaia, escucha la conversación y al preguntar a Gabino si tiene alguna pieza a la que guarda especial aprecio, la hija se ausenta unos segundos y regresa con una cajita de madera labrada. “Se la regaló mi padre a mi madre cuando eran novios. Le tenemos mucho cariño”, sella la duda. Gabino vuelve a sonreír: “Tendrá 60 años, es madera de aliso, haltza que decimos aquí”.

Amaia también estudió carpintería y coquetea con la madera, aunque trabaja en otros ámbitos. Y ahora está el nieto, Pello Urtasun, de Valcarlos, en Salesianos, también Ebanistería. “Le gusta y lo hace muy bien”, apunta las maneras el abuelo, a quien la talla endulza cualquier mañana. A ella se dedica ahora, ya jubilado, por afición, “porque para comer no daba”. “Voy todos los días al taller, allí me entretengo”, dice mientras invita a verlo. Destapa sobre la mesa algo cubierto por telas y papel de periódico. Son unas cajitas talladas por él, hay tres o cuatro y todas tienen destinatario. Así demuestra su gratitud.

Ha enseñado “a chavales y chavalas” del pueblo a tallar, no querría que el oficio se perdiera, pero ve un futuro oscuro. Igual que a los enclaves del Pirineo. Y eso le pena. “Con lo que era Burguete antes”, explica que la pandemia ha acentuado la despoblación, ahora la de la gente de paso. “Con cuentagotas llegan los peregrinos, y hasta que no abrieron la frontera, ni uno”, valora que en Burguete, con algo más de 200 vecinos censados, cuentan con muchos servicios: consultorio médico, escuela con unos doce alumnos de Primaria, farmacia, supermercado, panadería y hasta parque de bomberos, bar, restaurante, hotel...

En las calles impecables del municipio camina Gabino, sin descuidar el paseo diario por el monte a Roncesvalles, ocho kilómetros ida y vuelta.


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