En primera persona
Grupo de rescatistas navarros en grandes catástrofes: "Podemos movilizarnos para viajar miles de kilómetros y ayudar, pero Navarra no sabe que existimos"
Ocho de los veinte voluntarios de la delegación navarra de la ONG IAE Rescue, con experiencia en terremotos, inundaciones, desapariciones y derrumbes dentro y fuera de España, reflexionan sobre un verano marcado por las grandes emergencias y analizan hasta qué punto está preparada Navarra para afrontar una catástrofe


Publicado el 13/09/2026 a las 16:58
Los edificios caen. Las montañas parecen derretirse como mantequilla y las carreteras desaparecen. La telefonía deja de funcionar. Los parques de bomberos quedan inutilizados. Los hospitales se ven desbordados. Una catástrofe lleva al límite cualquier plan de emergencia. Y, en una situación así, queda el recurso más decisivo: las personas y su formación. También queda una pregunta: ¿estamos preparados en Navarra para una catástrofe?
Ocho integrantes de la ONG Intervención, Ayuda y Emergencias (IAE Rescue), seis de ellos navarros, se sientan alrededor de una mesa para tratar de responder a esta pregunta. Llegan a la conversación tras unos meses marcados por las emergencias en los ámbitos regional, nacional e internacional. Entre ellos hay quienes saben lo que significa buscar vida bajo los escombros de un terremoto o un derrumbe, enfrentarse a incendios voraces o intervenir tras unas inundaciones. Son técnicos de emergencias sanitarias, bomberos, policías, psicólogos y estudiantes. “El papel lo aguanta casi todo, pero una catástrofe, por definición, siempre te va a superar”, reflexionan al empezar a hablar.

PARTE DEL EQUIPO DE NAVARRA
Frente a esta mesa se sientan tres técnicos de emergencias sanitarias: Mikel Ucar, de 46 años; José Crespo, de 58, y David Balen, de 54. Junto a ellos están los bomberos Ibinka Pérez y Álvaro Hidalgo, ambos llegados de fuera de Navarra e incorporados este año al grupo; el policía foral Alberto Leza, acompañado de su perra Roma; y la psicóloga Amaia González. También forma parte del equipo Ekaitz Crespo Merino, estudiante de Enfermería de 19 años e hijo de José y Ainhoa. Pese a su juventud, ya sabe lo que significa intervenir en una gran catástrofe. Participó en el dispositivo desplegado tras el doble terremoto de Venezuela.
Y hay alguien más. Oihan Crespo Merino tiene 14 años y todavía no puede participar en una intervención, pero ya entrena una vez al mes con el equipo de rescate. Con los brazos cruzados y la mirada firme, aguarda el momento de cumplir los 18 para poder salir algún día a una emergencia, como ya hace su hermano Ekaitz. Para entonces llegará preparado. “Cuando los cumpla, llevará cuatro años de formación”, señala con satisfacción su padre.


Todos forman parte de una estructura mucho mayor. El Grupo Especial de Localización y Rescate (GELR) de la misma ONG, IAE, reúne a voluntarios especializados, unidades caninas, sanitarios y rescatadores preparados para movilizar perros de búsqueda, sistemas electrónicos de localización y material técnico allí donde sea necesario, tanto en España como fuera del país.
Desde 1999, sus equipos han intervenido en terremotos, inundaciones y otras grandes emergencias en países como Turquía, Libia, Ecuador, Nepal, Haití, Perú, Pakistán, Sri Lanka o El Salvador.


Esa experiencia también la han trasladado a la formación de bomberos en Albacete, Murcia, Castellón y Valencia. Solo en esta comunidad valenciana, el presidente del grupo de rescate, Moisés Belloch, ha impartido más de medio centenar de cursos.
En Turquía, en 2023, doce voluntarios y dos perros trabajaron durante seis días entre los escombros y lograron rescatar con vida a tres personas. Meses después, doce voluntarios y tres perros viajaron a Derna, en Libia, para buscar supervivientes tras las devastadoras inundaciones que arrasaron parte de la ciudad. Y, en junio de 2026, once especialistas y tres perros se integraron en el dispositivo internacional desplegado tras el doble terremoto de Venezuela.
El historial de la organización recoge además más de setenta movilizaciones en España entre 2001 y 2026, muchas de ellas en la Comunitat Valenciana y Galicia. La DANA que golpeó Valencia en octubre de 2024 condensó buena parte de esa experiencia acumulada.
“Somos gente muy calmada y quizá con otra visión de las cosas”, coinciden los ocho rescatistas. Se definen, sobre todo, como “personas con ganas de ayudar” en un mundo en el que perciben que las catástrofes se suceden cada vez con mayor frecuencia. “Hay un cambio claro. El clima está cambiando. El mundo y la gente están cambiando”.


ROMA FUE RESCATADA ANTES DE CONVERTIRSE EN RESCATISTA
Alberto Leza, policía foral, la encontró en una cuneta de Navarra cuando apenas era una cachorra. “Estaba asustada, pero en buen estado”, recuerda. No llevaba microchip y, por la falta de algunas piezas dentales, un veterinario calculó que tendría entre tres y cuatro meses.
Leza comenzó entonces a buscar a su dueño. Contactó con veterinarios y ayuntamientos de localidades próximas y difundió fotografías de la perra en redes sociales. Nadie la reclamó.
Veinte días después, Roma pasó oficialmente a formar parte de su familia. Lo que Alberto no podía imaginar entonces era que aquella cachorra encontrada al borde de una carretera acabaría preparándose para buscar a otras personas.
Leza había convivido con perros desde pequeño, aunque nunca se había dedicado profesionalmente al adiestramiento. Con Roma comenzó a aprender a base de lecturas, vídeos y, sobre todo, de muchas preguntas a profesionales. “Realmente, la que me está adiestrando es ella a mí”.
La oportunidad de dar un paso más surgió cuando se incorporó este año a la delegación navarra de IAE. Junto a José Crespo, planteó la posibilidad de crear un componente canino, siguiendo el camino de delegaciones como las de Valencia, Galicia o Melilla.
Roma se encuentra en fase de iniciación y comienza a asociar el ladrido con el premio que recibe cuando localiza a una persona. También aprende a desplazarse por estructuras inestables —una prueba que, según su dueño, está superando con facilidad— y a permanecer concentrada frente a ruidos y otros estímulos que podrían distraerla.


CONSEGUIR LLEGAR A LA EMERGENCIA
La conversación salta de un lado al otro de la mesa. Ahora habla David Balen, técnico de emergencias sanitarias. Empezó en 1990. Ha trabajado en algunas de las grandes catástrofes internacionales a las que han acudido los integrantes navarros del grupo.
Pakistán. Perú. Sri Lanka. Haití. “La sociedad no es consciente de que cuando hay un terremoto se rompe todo. Y cuando digo todo es todo”. Las carreteras. Los caminos. Los edificios. Las comunicaciones. Los servicios más básicos.
Antes de comenzar un rescate, sigue contando, lo primero en lo que se piensa es en conseguir llegar. “Ahí empieza nuestra odisea”.
Y se explica: “Un equipo puede aterrizar en un país distinto de aquel en el que tiene que intervenir. Puede encontrarse con carreteras cortadas, aeropuertos inutilizados, fronteras inaccesibles, cambios de compañía aérea que complican incluso el transporte de los perros de rescate...”.
Cada hora cuenta. Por eso, cuando se produce un terremoto de cierta magnitud, los integrantes de IAE empiezan a movilizarse incluso antes de saber si serán activados.
Buscan vuelos. Hablan en sus trabajos para cuadrar jornadas. Cambian guardias. Preparan el material. “El objetivo es estar en condiciones de salir cuanto antes. Intentamos llegar en las primeras 48 horas”. No es sencillo. Son voluntarios. Tienen empleos. Familias. Obligaciones a este lado de la vida. Pero una llamada puede obligarles a reorganizarla en minutos. Tal y como sucedió el 27 de junio, tres días después del doble terremoto de Venezuela.


LA HISTORIA DE IAE RESCUE EN NAVARRA
La historia de IAE en Navarra se remonta a hace más de dos décadas. Varios de sus integrantes viajaron a Valencia para participar en unas jornadas de formación. Les gustó la manera de trabajar y acabaron creando la delegación navarra. La primera gran salida fue tras el tsunami del Índico, en Sri Lanka.
El grupo navarro ronda actualmente la veintena de integrantes. Sin embargo, no dispone de las instalaciones necesarias. Por eso viajan periódicamente a Valencia. Allí entrenan sobre 10.000 metros cuadrados de escombros. Rompen estructuras. Abren galerías. Practican con cuerdas. Buscan víctimas. Estabilizan. Trabajan con los perros.
“Y aprendemos unos de otros”, indican. “Lo que se busca es la polivalencia. Todo el mundo tiene formación de todo. Luego, lógicamente, cada uno tiene sus puntos fuertes”. El equipo tiene que funcionar como uno solo.


¿Y SI SE PRODUCE UNA CATÁSTROFE EN NAVARRA?
La conversación prosigue a ocho bandas. Ekaitz, el más joven, permanece en silencio. ¿Qué ocurriría aquí ante un terremoto importante? ¿Ante el colapso de edificios? ¿Ante una emergencia capaz de desbordar los recursos ordinarios? Sobre el papel, Navarra dispone de planificación ante el riesgo sísmico. Pero los rescatistas introducen matices. “Una cosa es tener un plan. Otra, haber entrenado lo que ese plan dice”.
Los dos bomberos presentes en la conversación, ambos de fuera de Navarra, llevan siete años como profesionales. Durante la academia, dicen, recibieron formación sobre apuntalamientos. Han realizado algún reciclaje, pero aseguran que no han recibido formación específica en rescate en estructuras colapsadas. “Estamos preparados para el día a día”. Un gran terremoto es otra cosa. “Si es algo que no tienes en tu trabajo, o te interesas por el tema y te formas fuera, o el servicio no te va a dar formación sobre algo que igual en veinte años no tienes nunca”.
Eso no significa que Navarra quedara aislada ante una gran emergencia, tranquilizan. Si una zona resultara afectada, podrían movilizarse recursos desde otros parques de bomberos de la Comunidad foral. Y, si fuera necesario, llegarían refuerzos desde Aragón, el País Vasco u otras comunidades.
El problema no es únicamente cuántos medios existen. Es cómo trabajan juntos cuando todo se complica, afirman los rescatistas, tomando como referencia lo sucedido durante la DANA de Valencia. Los dos bomberos participaron en los rescates durante las inundaciones. Y mantienen muy presentes las sensaciones:
“Nosotros solo estamos preparados para el día a día y el material, lo mismo”. Las bombas de achique funcionaban en inundaciones ordinarias. Pero aquello no era una inundación ordinaria. Algunas terminaron averiándose. Una catástrofe cambia las reglas. La DANA dejó otra lección: la coordinación. “Había tal saturación de medios, sumada a la gran cantidad de voluntarios, que no te asignaban la zona que quizá hubiese sido la más eficiente para el material que tú habías desplazado. Lo que vivimos fue una descoordinación total”.


"SE NOS HA OLVIDADO TODO"
“Se nos ha olvidado la DANA, se nos ha olvidado la pandemia, se nos ha olvidado todo”, continúa Alberto Leza, policía foral, quien comparte buena parte del diagnóstico de los bomberos. Cree que, si mañana se repitiera una emergencia semejante, volverían a aparecer problemas muy parecidos. “Sería el mismo caos, el mismo desconcierto”. Especialmente en lo relativo a los voluntarios. Mucha voluntad. Muchas manos. Pero durante demasiado tiempo, recuerda, sin una estructura clara que organizara todo aquel potencial.
“Lo que no se ensaya, falla”, comparten los ocho rescatistas presentes en la mesa. No basta con formar individualmente a bomberos, policías o sanitarios.
“Más que la formación, hacen falta simulacros y trabajar de manera conjunta. Bomberos. Policías. Sanitarios. Protección Civil. Voluntarios. Cada servicio tiene que saber qué hará el otro. Quién entra. Quién evacúa. Quién atiende. Quién coordina. Qué competencias tiene cada uno”.
“Hay que aprender cómo trabajan los demás para que tú no les entorpezcas y ellos te faciliten tu trabajo. Sobre el papel se aguanta todo. Pero el papel también dice que hay que contar con los voluntarios y conocerlos”, denuncia José Crespo.


PREPARADOS PARA SALIR FUERA, PERO NO PARA ACTUAR EN NAVARRA
La situación de IAE en Navarra encierra, además, una paradoja. Sus voluntarios pueden ser movilizados para acudir a un terremoto a miles de kilómetros. Pero, según explican, la organización no tiene actualmente un acuerdo que permita integrar sus capacidades en el dispositivo institucional ante una emergencia en Navarra. “En Navarra, no”, responden cuando se les pregunta si podrían intervenir aquí como grupo.
¿Por qué?
“Porque Navarra no se sabe que existimos”.
Han mantenido contactos con las instituciones y han planteado posibles fórmulas de colaboración, pero no existe un convenio.
Entre sus propuestas figura ofrecer formación especializada a profesionales navarros. No únicamente pensando en un terremoto.
Una explosión de gas puede derrumbar un edificio. Una vivienda puede colapsar. Puede producirse un accidente estructural. "No hace falta esperar al gran seísmo".
Amaia González, psicóloga del grupo, escucha durante buena parte de la conversación. Cuando interviene, amplía el foco. “Funcionamos de forma reactiva. Pasa algo, reaccionamos”.
Su planteamiento es justo el contrario. “Vamos a pensar cómo hacerlo, qué agentes tienen que participar y vamos a organizarnos para que, si sucede una catástrofe, podamos reaccionar de una manera más adecuada”.
Los incendios de este verano vuelven a poner el debate sobre la mesa. El fuego se aproxima a zonas habitadas. Las condiciones cambian. También el comportamiento del fuego.
Pero los rescatistas advierten de otra idea aparentemente contradictoria: más medios no siempre significan una respuesta mejor.
Un incendio fuera de capacidad de extinción puede no apagarse hasta que cambien las condiciones meteorológicas o el terreno. Enviar más aeronaves a un espacio ya saturado puede incluso aumentar el peligro. Movilizar recursos sin una estrategia puede entorpecer a quienes están trabajando.


"¿CÓMO TE HAS SENTIDO?"
Hay otro tipo de preparación que rara vez aparece en los planes. La emocional. ¿Qué ocurre con quienes regresan después de trabajar entre cadáveres, destrucción y personas que lo han perdido todo? Los profesionales cuentan que muchas veces lo normalizan entre compañeros. Hablan. O callan. Y hacen bromas. Muchas. El humor negro forma parte de ese mecanismo. “Es tu forma también de liberar presión”. Amaia González lo conoce bien. “Cada uno lo vive de una manera, pero mayoritariamente se callan y es algo que hablan entre ellos y con la gente que lo ha vivido”.
El humor ayuda. Buscar el momento divertido dentro de una situación terrible también. Pero no siempre es suficiente. Después de algunas intervenciones se realizan reuniones para analizar técnicamente lo sucedido. Qué se hizo. Qué se puede mejorar. Dónde se colocó un vehículo. Cómo se atacó un incendio. Qué habría ocurrido si una decisión hubiera sido distinta.
Pero casi nunca aparece una pregunta:
“¿Y tú cómo te has sentido?”.
Amaia cree que ahí existe una deuda pendiente.
“Siempre se mandan psicólogos para ayudar en la zona y creo que se nos olvida mucho cuidar de la gente que mandamos a ayudar. Y, sobre todo, cómo vuelven”.


SABER CUÁNDO PARAR
Después de casi dos horas hablando de terremotos, incendios, inundaciones, derrumbes, personas sepultadas, perros de rescate y protocolos, aparecen una pregunta y una respuesta incómodas.
¿Estamos preparados?
“No”.
Y añaden: “¿Quién está preparado para una catástrofe? La catástrofe, por definición, te va a superar”.
Eso no significa que la preparación sea inútil. Todo lo contrario. Hay grandes profesionales, recuerdan, que, cuando llegue el momento, lo darán todo. “La cuestión es cuánto se nos ayuda antes de que llegue ese momento. Cuánto hemos entrenado juntos. Cuántas veces se han probado los protocolos. Cuánto conoce la población estos protocolos. La pregunta es qué habremos hecho antes de que ocurra algo”. Y repiten: “Lo que no se ensaya, falla”.

