Reportaje
Ser taxista en San Fermín: "Trabajar en estos días es como una extra, pero matándote y sin vivir la vida"
En una ciudad que engorda a ritmo desbordante como consecuencia de la fiesta, los taxistas tienen que afrontar largas horas de trabajo con la conciencia de que es imposible cubrir toda la demanda
Publicado el 15/07/2023 a las 19:21
“Trabajar en San Fermín es como una extra, pero matándote y sin vivir la vida”, reconoce José Javier Armendáriz apoyado en la puerta de su taxi. Acaba de estacionar en la parada de San Ignacio (Pamplona), el principal punto de la ciudad para los taxistas, donde, en las horas más punteras, llegan y salen coches como productos que pasan por la caja registradora del supermercado.
En menos de cinco minutos, este taxista de 52 años, que se encontraba el penúltimo en la cola, ya encabeza la parada. De media, Armendáriz trabaja durante estos días doce horas. “Depende también lo que te haga falta de dinero y lo que debas de la licencia. Influyen muchas cosas”, explica. También pesa la familia, como él mismo cuenta: “Tienes que convivir con ellos, que es complicado. Al final no te ven en casa. Yo ya tengo a los hijos algo grandes y no me reclaman mucho”.
Un hombre asoma por el retrovisor. Pide ir a Ororbia. Armendáriz asiente. El hombre se acomoda y el conductor arranca el motor y el taxímetro. Conducir por el centro de Pamplona en San Fermín supone enfrentarse a una marabunta de figuras blancas y rojas que han tomado los carriles como una parte más de la acera. “Es complicado. A veces viene gente de fuera que anda más despistada o se piensa que esto es la ciudad sin ley y no cumple las normas de seguridad. Tienes que tener cuidado, ir con los cinco sentidos en los cruces. Por la noche hay algunos que cruzan por cualquier lado”, dice Armendáriz mientras adelanta metros. Dos chicas atraviesan la carretera. “Ni fijarse”, se encoge. En la mayoría de estos casos que ralentizan el trabajo, la paciencia funciona como un cinturón de seguridad. “Si no tienes paciencia, mejor vende la licencia”, asegura.
Con el centro de la ciudad ya en el retrovisor, el coche toma velocidad de crucero. Armendáriz va camino de cumplir 21 años dentro de este mundillo, tiempo de sobra para contar miles de kilómetros y otras tantas anécdotas, que dejan a periodista y cliente con la boca abierta. El ir de un lado a otro le ha afinado la vista a la hora de detectar qué persona puede suponer un problema durante la carrera y cuál no, aunque, reconoce, el ojo también falla.
“Una mujer me puso un cuchillo en el cuello y me exigió que le diera todo el dinero que tenía, pero no se lo di.”, rememora. Armendáriz pulsó el botón de alarma incorporado en los taxis, de este modo se activó el micrófono de la centralita. El coche estaba estacionado, sonaba el teléfono y Javier se mantenía inmovil, con el cuchillo en el cuello: “Me arriesgué. Quité la llave del coche y salí del vehículo”. No tenía pensado denunciar, pero le convenció un compañero de que lo hiciera. El día del juicio ella no se presentó. “Pierdes toda la mañana para nada”, expresa. Cuando suceden estos hechos u otros menores, el taxista “no tiene nada” con lo que defenderse, la única solución para Armendáriz pasa por llamar a la policía, pero el regusto amargo queda impregnado en la memoria, a veces también en el coche, en el caso de los vómitos. “Le das vueltas a las cabezas. No sabes cómo reaccionar”, admite.
Una de las pocas maneras que cuentan en este sector para protegerse resulta colocar una cámara en el interior del vehículo, pero Armendáriz ya ha cerrado esa puerta. “He tenido muchas situaciones y más o menos intento evitarlas, así que me he despreocupado de la cámara, pero sería una cosa buena para protegernos”,
—¿Ha pensado dejar este trabajo alguna vez? —le preguntó.
—Bueno… te tiene que gustar conducir y tratar con la gente. De momento, no lo he pensado. ¿A dónde te vas a ir? Está todo ya inventado.
Nada más dejar al hombre, llega un aviso en la pantalla al lado del volante. Ibero, cinco personas. Armendáriz lleva desde las once recogiendo y dejando gente, conduciendo de un lado a otro… horas en las que el cuerpo permanece casi quieto y se agarrota.“Pierdes musculatura, tienes que hacer deporte o algo. Te gibas la salud al ser tantas horas”, reconoce.
Armendáriz es un nombre tranquilo, con una paciencia benedictina y aguante como pocos, tanto como para irse con un cliente hasta Murcia en sus buenos tiempos. Su día de trabajo favorito del año cuando era más joven: 25 de diciembre. “La gente a la que llevaba esos días te lo agradecía verdad. Eso me gustaba”, recuerda.
SIN TIEMPO PARA PISAR TIERRA
Armendáriz ya pagó todo el dinero que debía por la licencia. “Bendito sea el Señor cuando terminé”, sonríe. “Debes mucho dinero”, reconoce. Tardó 18 años en aparcar ese tema, en una época en la que “las horas del día eran pocas”.
Se detiene en una calle de Ibero. El grupo de cinco personas que ha pedido el taxi debate durante más de cinco minutos cómo organizar el viaje, quién sube con quién, dónde quedan luego. Han pedido dos taxis y de momento solo ha aparecido Armendáriz, que les mira desde el coche. “Ahora podría darle al taxímetro”, dice con los ojos clavados en el aparato. Pero no lo hace. “No hay que pasarse”, añade. Con las normas en la mano, debería darle, ya que él ha llegado y espera a que lo cojan, pero tienen sus motivos. “Ahora en San Fermín es importante tratar bien al cliente y, en especial, a los españoles porque pueden volver. Hay gente que viene todos los años”, explica. Para San Fermín, las tarifas han cambiado y el precio es el mismo tanto de día como de noche.


Llega el segundo taxi y el reparto queda de la siguiente manera: tres para Armendáriz y dos para el compañero. Durante estas fechas, Armendáriz prefiere solo viajes cortos, que no le alejen mucho de la capital, pero tampoco a cualquier precio. “El día seis me pidieron ir al camping El Molino de Mendigorria. Empezaron a regatear el precio antes de subirse y les dije que no les llevaba. Así no quiero conducir”, explica. Por el taxi ha llegado a subir tanta gente, que este conductor ha adquirido “mucha psicología, paciencia y, sobre todo, capacidad de aguantar”. También a no darle vueltas a situaciones feas que han sucedido durante la carrera para continuar al día siguiente. “Mañana será otro día”, asegura.
Las cosas son ahora un poco más llevaderas desde que dejó de trabajar por la noche. Se le trastocaban los planes en familia, dormía mal, con horarios fuera de órbita. Como autónoma, los impuestos frenan a cualquiera. “No compensa arriesgarse por la noche para luego pagar todo el rato impuestos. Te sacrificas mucho y no sale a cuentas”, valora. Sin entrar en cifras concretas, algo que varía cada mes, el taxista, cuenta que el propio Armendáriz, gana como en “un trabajo normal”. “No le recomiendo a nadie que trabaje en esto si lo quiere es forrarse. Antes quizá sí que se ganaba más, pero ya no”. A eso hay que sumarle las condiciones duras de la profesión. “He visto a gente que se compra la licencia y al año siguiente la vende. Una cosa es la teoría y otra muy distinta es la práctica”, advierte.
—El mito de que siempre cogen la ruta más larga para cobrar más, ¿es real? —le planteo.
—Mire, aquí lo más importante es coger al cliente, llevarlo lo más rápido posible y coger a otro. Es lo que te va a hacer ganar más dinero. Las vueltas en la cama —responde.
Recorre Pamplona, Burlada, Villava, estación de tren y otros tantos lugares en los que no da tiempo ni a poner pie en tierra. En cuanto deja a alguien, en menos de dos minutos ya le vuelve a avisar la pantalla para un nuevo servicio. Cuando una dirección se encuentra en algún punto ciego que vuelve loco al GPS, nada mejor que el mapa de la guantera, como sucede durante una recogida en Burlada. No puede quedarse quieto demasiado tiempo. En la pandemia, estuvo tres meses con el coche aparcado y ya se dio cuenta. Los gastos de la vida le comen poco a poco a uno y no hay de otra, “te tienes que echar a la calle”.
Cuando sube alguien más perjudicado procura asegurarse de que la persona sepa dónde lo va a dejar por si las moscas. “Intento ayudar a la gente. Yo si saliese por ahí me gustaría que me ayudaran”, dice. También tiene sus beneficios de vez en cuando. “Eres el mejor taxi de toda Pamplona”, suelta un francés y le deja propina.
COMPAÑERISMO
Uno de los motivos que le llevan a subirse al coche y trabajar es por el dinero, pero también por dar un servicio que se magnifica hasta cotas insospechadas.
“Por estas fechas andamos muy mal. Hay mucha demanda. Estamos unos trescientos taxistas y necesitaríamos unos mil”, afirma. Ha permitido la entrevista y que se acompañe durante dos horas y medias de su trabajo, lo que supone perder un asiento, con las posibles ganancias consecuentes, en una de las fechas más punteras del año.
—¿Por qué?
—Para contar la realidad del taxi. Creo que la gente desconoce este sector. Cuando entran aquí, se dan cuenta.


FIESTA TODO EL DÍA
“Ahora mismo no te puedo atender. Me pillas comiendo”, explica un taxista dentro de su coche, con el taper entre las manos. “Lo siento. ¿Puedes preguntarle al de atrás?, pregunta un hombre que sonríe tímidamente”. Las horas intensas de trabajo que se suceden en San Fermín complican pillar a alguien con tiempo suficiente para conversar, pero tras varios “al de atrás” se encuentra a gente, como Jesús Francisco Luis. “Yo no he tenido ningún problema por el momento”, responde. Es una respuesta que se repite entre los taxistas. “Las horas se llevan cómo se puede. Hay que hacer los pagos, así que a trabajar”, cuenta.
La mayoría de los entrevistados ya han asumido deportivamente todo el trabajo que tienen estos días. “Ya nos cogeremos las vacaciones en otro momento”, cuenta José Mari. Estos Sanfermines han caído con un fin de semana de por medio, lo que sube la velocidad de trabajo, como comentan varios. Carlos Zudaire llevaba en el coche entre 13 y 14 horas hasta el domingo, días en los que comenzaba a las tres de la mañana para terminar a las cuatro de la tarde. “Desde este domingo por la tarde he bajado un par de horas porque ya se preveía menos gente”, cuenta. Zudaire explica que el día con más ajetreo vino el 6. “A partir de las siete de la tarde hasta las siete de la mañana hubo muchísimo trabajo. El fin de semana también fue brutal, Había gente por todas partes. No parabas un segundo, sobre todo por la noche. Era coger y dejar, coger y dejar”, comparte. Tampoco ha experimentado algún tipo de problema ni ha escuchado de algún compañero.
Jon Ander Etxarri también ha notado que a partir del fin de semana se ha aligerado un poco la carga de trabajo, “Ahora entre semana estamos tranquilos, pero hasta el domingo fue muy fuerte. Mucho barullo, estrés, gente que cruza por cualquier sitio…”, reconoce este hombre en la parada de San Ignacio. Esteban Leache esperaba en la parada al lado de El Corte Inglés. Le da pena perderse las fiestas, pero “no se puede hacer otra cosa” en una semana que para Leache es “del trabajo a casa y de casa al trabajo”. Noelía Fernández trabaja por la noche, la media es difícil de calcular, pero comenta que cada jornada realizará en torno a 20 carreras. “Este año he estado bastante tranquila. Mucho trabajo, pero bien”, cuenta. Alterna entre diferentes horarios durante el día para empalmar con la noche. “Esto es fiesta todo el día”, resume.
MUCHAS HORAS PARA UN EXTRA
“La gente piensa que los taxistas se sacan no sé cuánto en Sanfermines. Perdona, hay un tiempo de carrera. Tú puedes hacer tres carreras a la hora y con suerte. Sí se trabaja, pero no te haces rico en Sanfermines. Puedes sacar una extra, nada más, y a base de muchas horas”, asegura José Manuel Bergasa, presidente de Teletaxi San Fermín, que responde a las preguntas “al pie del cañón”, en la parada de San Ignacio, a punto de recoger a clientes.
Cuenta que la noche del 6 al 7 de julio se les cayó el sistema dos veces. “Tratamos de hacer lo que podemos. Existe mucha demanda. En Sanfermines los días claves no se da abasto durante la noche, tampoco a veces durante el día. Pamplona es una ciudad de 300.000 habitantes que triplica su aforo en estas fechas. No hay servicio que lo aguante”, cuenta el presidente momentos antes de colgar debido al trabajo.