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128 escaleras, la medicina de Concha Esparza en sus 100 años
Relata amable su vida tras la mascarilla. Cumplió 100 años el día 10. Vive en un tercero sin ascensor y sale cada día a los recados, a misa, a pasear. Cocina, cose, hace chaquetas de punto para el biznieto y sopas de letras


Actualizado el 26/12/2020 a las 06:00
Concha vive en un tercer piso que es como un cuarto, con sus 64 escaleras y sin ascensor. Las baja y las sube todos los días, también el 10 de este mes, cuando se arregló con ropas de las de días grandes para la misa de sus 100 años. Fue en la parroquia de San Francisco Javier, cerca de su casa, donde hasta el confinamiento pasaba el cepillo a diario y cosía en el ropero para Caritas y las misiones. Era cuando salía a la calle dos veces, mañana y tarde. “Ahora dicen que es mejor estar más en casa, pero el paseo diario de la mañana no lo dejo, qué va. Aunque sea por donde hay menos gente, por la calle Gorriti, o por donde me lleven los hijos. Y a la tarde, en casa metidica”, apoya su relato en unos ojos claros que miran dulce.
La pandemia ha frenado algo, pero solo un poco, la vida activa de Concha Esparza Erviti, nacida en Enériz y vecina de Pamplona desde que llegó “a servir” con 17 años. Es la mayor en una familia con cinco hermanos. Viven ella y la pequeña, de 91. Trabajó catorce años de doncella en una casa de la Rochapea, con la familia Ochoa de Olza. En aquellos años conoció a Félix Salinas Oronoz, un mozo “bien peinado y algo chulico, pero siempre divertido”, rochapeano nacido en la calle Jarauta, que paseaba por delante de la casa. Tres años de novios y se casaron, Concha con 31, él algunos más, en 1952. La foto en blanco y negro cuelga en el salón de la casa, que se abre a un patio amplio con la cubierta del mercado en el centro. Félix trabajó de portalero, en los arbitrios y en el Ayuntamiento, en la imprenta. Se instalaron en el edificio del Mercado Nuevo, en la calle Olite, cuando la ciudad prácticamente acababa allí. Porque Concha nació con el Ensanche, en 1920 “y con Osasuna”, como le recuerda Mari Jose, una de sus cuatro hijos. Tuvo otro más que murió al poco de nacer.
A Concha le ha gustado mucho coser y de sus manos han vestido los hijos y los seis nietos y hasta el biznieto Lucas, que acaba de cumplir un año. Chaqueticas, gorros y zapatitos le ha hecho. Y eso que las manos ya no le siguen como antes. Ella las cruza y las acaricia, como si las protegiera. Concha es autónoma. Sus hijos y nietos la arropan, las visitan a diario, pero ella cocina, hace la compra, labor.... y muchas sopas de letra. Antes acudía a diario a misa, desde la pandemia va los domingos porque así se lo recomendaron los propios sacerdotes. Y el resto de la semana la ve en la tele, donde también le gusta Pasapalabra. Detesta los programas de cotilleos. “Mientras me valga yo, estoy contenta así. Luego ha de ser lo que Dios quiera”, subraya su fe Concha, que enviudó hace ahora trece años.
BUENA COCINERA
La hija Marijose y la nieta Irene, que le ayuda a limpiar la casa, revelan que no hay como los espaguetis de la abuela. Ni qué decir de las croquetas. “Qué va, eso lo dicen por hacerme la pelota”, se intuye una sonrisa pícara de Concha bajo la mascarilla. “Preparo cosas que les gustan. ¿Para Navidad?, calamares, filetes rellenos... todo lo comen a gusto”, explican que se turnan para visitar a la abuela y de este modo tampoco hay mucha gente por casa. “Pero ¿como una guerra?, no, no creo que esta pandemia sea como una guerra”, reflexiona.
Pasaron penurias, pero Concha se detiene más en los días claros. “¿Frío?, todo. En la casa que servíamos teníamos una palangana en la habitación y en invierno el agua se congelaba, los sabañones me acompañaban mucho”, relata que llegó a Pamplona en el último año de la Guerra Civil. “Escuchábamos las sirenas y pasaban los aviones, no vi caer bombas, pero sí nos teníamos que refugiar, una vez, recuerdo, en la Plaza del Castillo”, describe. Pero al poco regresa a los instantes que alimentan la felicidad, esa que no se puede estirar, pero siembran en el corazón flores con aromas perennes, como cuando los Reyes Magos dejaban aquellas onzas de chocolate Pedro Mayo, que apenas daban para cubrir un cuarto del pan, o la cajita con una anguila de mazapán y sus frutitas escarchadas. “Poco más necesitábamos, creo que no hace falta mucho para ser feliz”.
Nació en Enériz el 10 de diciembre de 1920, la mayor de los cinco hermanos que vivieron. Se casó con Félix Salinas Oronoz. Tuvieron cinco hijos, vive en la calle Olite desde se casó, en 1952. Le gusta coser y hacer punto.