Eclipse

Pamplona también mira al cielo

A pesar de que el eclipse no era total, cientos de personas optaron por quedarse en la ciudad

Pamplona
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Expectación por ver el eclipse desde PamplonaJ.C.CORDOVILLA
Pamplona

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Irune Abadía Esain

Publicado el 13/08/2026 a las 05:00

Por fin, este miércoles llegó el día. Sí, el eclipse. Día en el que muchos, a pesar de que en Pamplona no era total, a diferencia de en la Ribera, optaron por quedarse en la capital. Las razones variaban desde la comodidad hasta el miedo a la avalancha de gente que esperaban en la sur de Navarra. Fuera el motivo que fuese, puntos como el Caballo Blanco, la Taconera, el Archivo o la plaza de la Virgen de la O estaban tomados por quienes no querían perderse el fenómeno aun quedándose en Pamplona. Todos, con gafas homologadas.

En uno de los miradores del Caballo Blanco, Irune Rodríguez Eguiguren, de 34 años, llevaba allí desde las seis de la tarde junto a su madre. “Llevo esperando este día desde enero, cuando me enteré. Me parece una cosa única, espectacular”, contaba Rodríguez. Su interés por el eclipse nacía de una gran afición por la naturaleza. Madre e hija sabían que el acontecimiento no empezaba hasta las 19.32 horas y 34 segundos, pero aguantarían la espera con agua, tuppers de sandía y uvas y un paraguas para protegerse de los rayos.

Cerca de ellas, Ane Villanueva Moriones, de 24 años, esperaba junto a los hermanos Óscar y Catalina Calvo Eizaguirre, de 19 y 24 años. Reconocían que su primera idea era desplazarse, pero el miedo a los atascos y a las noticias que circulaban por internet les hicieron quedarse en Pamplona. “Más cerca de casa nos da tranquilidad”, explicaba Catalina. “Como es una experiencia que se vive cada mucho y que encima ha tocado en España, por eso hemos venido”, detallaba Villanueva sonriente. Razonamiento por quedarse en la ciudad que compartían Daniel Montoya Irigoyen, de 59 años, y Sandra Santesteban Murugarren, de 51, vecinos de Pamplona, que acudieron a verlo junto con sus tres hijos.

A las 19.16, Fidel Calvo de la Fuente, de 85 años, y su pareja, Ascen Jiménez Jiménez, de 77, llevaban ya casi una hora en ese mismo lugar. Calvo se declaraba un apasionado de la astronomía desde pequeño. “Si yo hubiera tenido dinero, me hubiese dedicado a esto”, decía, a la vez que recordaba que, de joven, se quedaba embobado mirando al cielo los satélites desde su pueblo -San Adrián del Valle, en Castilla y León-. Ellos argumentaban que habían escogido esa zona porque, según sus cálculos, el sol se vería con claridad.

EL DURANTE

En el entorno del Archivo, a las 19.32, coincidiendo con el inicio del fenómeno, estaba Rolando Barradas, de 52 años, llegado desde las cercanías de Oporto. Se encontraba de paso hacia el Pirineo cuando decidió detenerse en Pamplona al enterarse del eclipse. “Siempre me han gustado los astros y a veces hago vídeos como este”, contaba, mientras ajustaba un teléfono móvil con filtro sobre un trípode. Aunque parecía preparado, confesaba que había llegado sin la cámara ni el filtro que hubiera necesitado. Pero aún, sin agua. Al menos no le faltaban galletas y una batería externa, por si acaso.

En la plaza Virgen de la O, estaban las mellizas Gabriela y Teresita Grocin Arriazu, de 79 años, sentadas en unas sillas de madera que, según aseguraban, tenían “el mejor sitio para ver el eclipse”. “Yo vengo cantidad de veces a ver la puesta de sol y nunca he tenido tanta preocupación de que me pudiera hacer daño ni nada”, contaba Gabriela. Les sorprendía que hubiera menos gente de la que esperaban.

Tras la totalidad, ya en La Taconera, el ambiente se relajaba y la mayoría de los reunidos decidían marchar. Entre ellos, a las 20.35 horas, se encontraba Muriel Ollivrin, francesa de 48 años, que disfrutaba del momento junto a su marido Gilles y sus hijos Sophia y Alexis, de vacaciones en Pamplona durante una semana. No sabían que coincidirían con el eclipse cuando planearon el viaje, pero la sorpresa fue una alegría. Unos amigos les habían prestado gafas y recomendado dónde colocarse. “La gente nos ha parecido muy “cool” y la atmósfera ha sido buenísima”, decía Muriel, muy satisfecha con el recuerdo.

Gabriel Arribas Soler, de 42 años, cerraba la jornada desde la misma localización junto a su hijo Adi, de 5 años, que habían llegado preparados con esterillas. Adi era el más envidiado de la zona con unas gafas homologadas al estilo casero, las llevaba metidas en un plato al que le habían puesto un cuerno de unicornio, que él había pintado. No había ningunas iguales. Explicaba Gabriel que la idea les había llegado a través de un grupo del colegio, que recomendaba ese sistema por ser más seguro para los niños, al taparles más la cara. Aunque les había gustado la experiencia, sí reconocía Arribas que eso de que “iban a bajar un montón las temperaturas” no se había acercado nada a la realidad. No obstante, será una tarde que no olvidarán.

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