Gastronomía

Tradición carnicera en Huarte

La chistorra navarra tiene "rey" en este año 2025. La carnicería Iriguíbel, con matriz en Huarte y sedes en Villava y Mutilva. Ángel Mari Iriguibel Mateo, padre y abuelo de los gestores actuales, enseñó la receta e inoculó el oficio y la vocación

Ángel Mari Iriguibel Mateo recibe el abrazo de tres de sus seis nietos. Detrás su mujer, María Lanceta Eusa
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Ángel Mari Iriguibel Mateo recibe el abrazo de tres de sus seis nietos. Detrás su mujer, María Lanceta EusaSergio Martín
Ángel Mari Iriguibel Mateo recibe el abrazo de tres de sus seis nietos. Detrás su mujer, María Lanceta Eusa

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Cristina Aguinaga

Publicado el 22/10/2025 a las 05:00

Cuando Ángel Mari Iriguibel Mateo estaba detrás del mostrador en la carnicería de Huarte las bromas y piropos no faltaban. “Habrías comido pescado”, replicaba a quien le desvelaba algún percance de salud que le había alejado de su comercio unos días. “Era muy zalamero. Y un pieza. Pero le quiere todo el pueblo. Nos enseñó tres reglas y la primera era la atención al cliente. También la calidad del producto que ofrecemos y saber hacer equipo” , resume su familia su forma de hacer. De estar en el trabajo y en el negocio al que llegó por tradición familiar y que se mantiene ocho décadas después, tras no pocos avatares y mucha dedicación y esfuerzos compartidos detrás.

A punto de cumplir 82 años, una enfermedad degenerativa prácticamente le impide expresarse y le dificulta la movilidad. Pero mantiene intacta su memoria, el cariño al oficio y a la familia. También las emociones. Sus lágrimas y sonrisas cuando hace dos semanas su hijo Carlos le calaba, a modo de reconocimiento y agradecimiento, la txapela que le acredita como ganador del XIX Concurso Navarro de Chistorra fueron fiel reflejo de esa emoción y de la forma de ser y trabajar que ha inculcado a sus dos hijos, Roberto y Carlos, y a su hija, Maribel, que junto a Adrián, el mayor de los nietos, mantienen el negocio. Ahora suma una plantilla de veinte personas repartidas en cuatro locales: dos en Huarte, un tercero en Villava y el cuarto abierto hace un año en Mutilva.

A Ángel Mari dedicaba su hijo Carlos el premio y recordaba su papel. De él aprendió una receta artesana que mantiene la esencia pero que han adaptado a los nuevos gustos. “Es nuestro oro naranja, pero ha cambiado. De un artículo de aprovechamiento a producto casi de capricho. Con menos grasa y que, en nuestro caso, no repite y guarda el equilibrio y es muy suave”.

Se ríe, sentado en su silla de ruedas y con un ejemplar del libro en el que resumió sus memorias para sus seis nietos cerca, cuando su mujer, María Lanceta Eusa, y su hijo mediano, Roberto, dicen que también era estricto. “Quería que las cosas estuvieran bien, pero era encantador de cara al público”, aclaran esa rigidez. Él se esfuerza para poner en valor, con sus propias palabras, el premio obtenido que tanto le emocionó. El tercero en la historia del concurso. “Yo participé pero no gané. Es difícil y tiene mucho mérito. Y era duro trabajar en nuestros tiempos. Ir a comprar los terneros por los pueblos, directamente a los ganaderos y buscar el que nos gustaba; cuidar a los corderos y ovejas (llegó a tener 1.600 cabezas entre Sarriguren y Gorraiz), matar los corderos, limpiar los menudos, matar conejos...”, desentraña sus palabras María.

También las pesetas que sacaba de joven, casi un niño, cuando en el matadero veían su destreza. Empezó a trabajar con catorce años. Atenta a lo que necesita y a lo que dice, con María, que nació en Uroz pero se crio en Huarte, ha celebrado “tres bodas”. “Así lo quiso. La primera, las de plata y las de oro”. Después cuidaron en la casa familiar a los seis nietos: Adrián (25 años), Noelia (22), Claudia (21), Saúl (17), Aitor (16)y Hugo (14).

Mari Iriguibel, como le conocen todavía en el pueblo, es de Galipienzo, que aún visita con su hermano menor. La familia llegó en 1944 a Huarte y allí ha vivido toda su vida. Su padre, Santiago, se hizo cargo de la carnicería municipal y más tarde abrió otra, germen de las actuales. Sólo y con sus hermanos emprendió otros negocios, pero se jubiló detrás del mostrador de la carnicería. Por motivos de salud y con el relevo asegurado que tan feliz le hizo y le hace. Tenía sesenta años. “Fue el mejor maestro y lo vivimos y seguimos con esas reglas de atención al cliente, calidad del producto, casero, con el que trabajamos y el equipo. Roberto y Carlos en la carnicería y Maribel en la administración. El nieto mayor, graduado en ADE, también está empezando a colaborar”, explican una de las claves de su trabajo, junto al cariño que también les inculcó Mari.

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