En primera persona
Familias con niños en la cola del hambre en un barrio de Pamplona: la otra vuelta al cole en Navarra
Mientras las aulas abrían sus puertas al nuevo curso, en la asociación Apoyo Mutuo se formaban dos colas del hambre: una de jóvenes sin techo, otra de familias con niños. Pedían pan, abrigo y cuadernos. Es el latido invisible de la ciudad que se esconde bajo la ciudad.


Actualizado el 15/09/2025 a las 13:02
"Buenos días, necesito dinero para comprar material escolar a mi hija”. La voz entrecortada de un hombre de unos cincuenta años sacude a las voluntarias de la asociación Apoyo Mutuo, en el corazón de la Rochapea. Es lunes, 1 de septiembre. Navarra despierta a su curso político, los colegios se preparan para abrir sus puertas y las familias ajustan relojes y rutinas. Pero, bajo esa apariencia de normalidad, late una realidad paralela: silenciosa, cercana.
Sucede aquí, en la llamada capital europea del bienestar. Invisibles para la mayoría, demasiadas personas sin hogar y familias en extrema pobreza dependen de pequeños bancos de alimentos para resistir. En un rincón de la Rochapea, esa vida al margen cobra forma dos veces por semana: los lunes, con más de 200 jóvenes sin techo, en su mayoría inmigrantes sin padrón; los miércoles, con más de 300 familias, muchas de ellas mujeres solas con hijos.
La semana pasada, los repartos coincidieron con el arranque del curso escolar, marcado no solo por unos precios que no dan respiro, sino también por el peso añadido del gasto en material. Así discurre septiembre de 2025 en la otra Pamplona. La ciudad bajo la ciudad. Esta es la fotografía de esas dos colas del hambre.


EL SONIDO DE UN CERROJO
A las nueve de la mañana, un grupo de jóvenes sin hogar ya aguarda frente a la puerta exterior. Algunos murmuran, otros permanecen en silencio, con la mirada perdida. De pronto, el chasquido metálico de un cerrojo rompe la quietud. Es la señal. El reparto está a punto de comenzar.
Los brazos se alargan como ganchos hacia la segunda puerta, en el interior del recinto. Las bolsas, entregadas con premura ante tanta desesperación, parecen volar. Se aferran a unos dedos finos y temblorosos, como si fuera lo último a lo que agarrarse. Dentro solo hay bollería industrial y plátanos. Lo justo para resistir dos o tres días. No hay leche, ni conservas, ni alimentos frescos. Es lo único que ha conseguido este modesto banco solidario, sostenido por un grupo de jubiladas y jubilados en los márgenes de una ciudad que se prepara para un otoño e invierno “muy duros”, avisan.
—Hoy han venido veinte chicos más —comenta una voluntaria—. Ya no sabemos cómo aliviar su angustia. Están desesperados.
Muchos de estos jóvenes acuden a clases de castellano con el estómago vacío, sin haberse aseado en días, en semanas, tras encadenar noches a la intemperie o en edificios abandonados, en medio de la basura. Casi todos cargan con el recuerdo reciente de un viaje a vida o muerte, atravesando a pie Europa desde Turquía, cruzando el Mediterráneo en patera desde Argelia o Marruecos, o escondidos bajo camiones.
Al hombre que pide dinero para material escolar le entregan una nota con algunas direcciones y le indican que en ese momento no tienen nada. Le citan para dos días después, cuando toca el reparto a las familias.
—Quizás te ayuden.
Él se marcha entre lágrimas. Una de las voluntarias no logra contener la emoción.
—Va a ser un inicio de curso muy difícil.
En una ciudad reconocida por su calidad de vida y sostenibilidad, donde la pobreza extrema no deja de crecer, no existe un plan integral de acogida que pueda servir de referencia. Tampoco hay un apoyo estable para muchas familias vulnerables, especialmente mujeres solas con hijos pequeños, atrapadas en viviendas compartidas.
Más de 300 hogares en Pamplona, por llamarlos de alguna manera, dependen de este pequeño milagro de barrio: unas mil personas en total. Aquí se distribuyen alimentos cada vez más escasos, ropa, calzado, material escolar… y, sobre todo, escucha.
La Encuesta de Condiciones de Vida del INE señalaba en febrero que uno de cada cuatro hogares navarros no puede permitirse vacaciones ni hacer frente a gastos imprevistos. Uno de cada diez arrastra retrasos en pagos de vivienda o compras a plazos. El 6 % llega a fin de mes “con mucha dificultad”. El riesgo de pobreza o exclusión social se sitúa en el 18,3 %, un punto más que el año anterior, por encima de Euskadi y Baleares.


PRIMERA COLA DEL HAMBRE, UN HOMBRE SIN PIERNA
Ese lunes, 1 de septiembre, en la fila del hambre están Omar, un marroquí bereber de 45 años, y Abdelkader, argelino de 48. Se conocieron en el albergue y, desde entonces, caminan juntos por la calle, como dos náufragos. La historia de Abdelkader es una sucesión de caídas y de pequeños gestos de coraje.
Llegó a Melilla en 2006, huyendo de la miseria tras la muerte de sus padres. En España trabajó en el campo sin papeles hasta conseguir la residencia y un empleo. Pero, cuando todo parecía encauzarse, un accidente en Argelia —durante un viaje en diciembre de 2014 para casarse— le costó la pierna derecha mientras ayudaba a un amigo en el campo. Allí se quedó encamado y no renovó su documentación a tiempo. Diez años después, en agosto de 2025, se embarcó en una patera con 37 migrantes. Sin pierna y sin saber nadar.
—No tenía otra opción —dice, mientras espera un saco de dormir.
Sin documentación, sin hogar y con dolores crónicos agravados por el frío, aguarda un empadronamiento que podría demorarse hasta seis meses. Mientras tanto, se aferra a un pequeño bolso donde guarda, como un tesoro, sus últimos medicamentos para la diabetes y el dolor.
A su lado, Omar le brinda compañía y también comparte un sueño: reunir lo suficiente para alquilar una habitación.
—Queremos dejar de ser invisibles —resume con una sonrisa.


Fina y Anabel inscriben a los chicos a clases de castellano que imparten Miren y María José o a cursos de formación para el empleo. La espera no la forman solo hombres. También hay una madre con su hijo pequeño, que lleva días durmiendo en un portal. En su mirada se mezclan desconfianza y agotamiento, pero también firmeza. En medio del abandono, ella sostiene el hilo más frágil y poderoso: la esperanza.
Son los otros invisibles: familias con menores, mujeres solas, jóvenes fuera de cualquier sistema de protección, que no llega. Y la burocracia no ha hecho sino agravar su situación. Desde junio, el Ayuntamiento de Pamplona amplió de tres a seis meses los plazos para validar el empadronamiento, dejando a más personas atrapadas en un limbo administrativo.
El Defensor del Pueblo de Navarra ya lo advirtió en abril y volvió a hacerlo en agosto: esa medida vulnera derechos fundamentales. Pero ha vuelto a suceder en septiembre.
—Ni siquiera son seis meses de espera —denuncia Tere González, coordinadora de Apoyo Mutuo—. En marzo decidieron ampliar el silencio administrativo de tres a seis meses, lo que provocó un retraso para 270 personas. Ahora, cuando ya se iban a cumplir esos seis meses, hemos recibido doce cartas denegando el padrón a las personas a las que les corresponde empadronarse. Y tememos que así seguirán llegando, progresivamente, a medida que se cumpla el plazo. No los van a empadronar.


SEGUNDA COLA DEL HAMBRE, UNA MUJER Y DOS HIJAS AMENAZADAS
Dos días después, miércoles 3 de septiembre, 48 horas antes del inicio del curso, una nueva columna del hambre vuelve a rasgar el corazón de Pamplona. Esta vez, familias con niños, niñas y adolescentes. Algunos pequeños llegan en monopatines, otros con muñecas y juguetes, de la mano de sus madres o en silletas. En el ambiente flota un olor a melón recién cortado y a lechugas frescas.
Desde las ocho de la mañana, voluntarios y voluntarias de la asociación —algunos son jóvenes magrebíes que un día también vivieron en la calle— colaboran en el reparto como forma de agradecimiento. Entre los voluntarios hay quienes aún duermen a la intemperie. Por ejemplo, Hicham, de 47 años. Él lleva un año y ocho meses en Aranzadi tratando de no perder la esperanza. Empuja un carrito con lechugas y sonríe, aunque su mirada está marcada por la calle.


Dentro del edificio, Dora prepara bolsitas con golosinas. Asun Senosiain y Tere González atienden a jóvenes que se agolpan en el exterior solicitando más comida, aunque hoy no es su día. A pocos metros, María Equiza conversa con Jazmín, una ecuatoriana sentada en un banco junto a sus dos hijas, de 15 y 9 años. Natxo, Fredim, Gonzalo y Ayoub reponen cajas con fruta y verdura. Brahim y Bentumia se encargan de ordenar y sacar cartón y basura. En el ropero se esmeran María Cumbicus, Nancy y Angelines. Soufian y Sallah ayudan a traducir.
—Se me cae el alma —asiente Equiza al preguntarle por la situación. Septiembre es un infierno para estas familias, que tienen que afrontar demasiados gastos con muy pocos recursos.
Jazmín escucha con los brazos cruzados y la mirada, a veces, perdida entre las cajas del reparto.
—Llegamos ayer a Pamplona. Vivimos en la sala del piso de una amiga. Hemos venido aquí a ver si nos pueden informar sobre cómo empadronarnos.


Su historia es una huida desesperada. Huyen de amenazas de muerte. Las pandillas, las maras, incendiaron el colegio de su hija pequeña y amenazaron con asesinar a los padres del centro donde estudiaba la mayor si no pagaban la “vacuna”, la extorsión diaria. Tras el asesinato de dos familiares y esas últimas amenazas, decidieron marcharse.
—En Ecuador hay mucha violencia. Las niñas y niños no pueden estudiar, es muy peligroso. Piden dinero tanto a las empresas como a cada casa.
La extorsión puede llegar a los dos dólares diarios, según el nivel económico. Sus hijas sueñan con estudiar diseño gráfico, pero aún no han podido escolarizarse.
—¿Aquí los libros se pagan o son gratis? —pregunta Jazmín.


Mientras las voluntarias terminan de distribuir los productos procedentes del Banco de Alimentos de Navarra y de Huertas Amigas —melones, patatas, lácteos, bollería… y 800 lechugas—, la pequeña Mirud, de 2 años, juega con un carro de la compra, y otros niños recorren el patio en sus patinetes. Una mujer de Tánger, recién llegada con sus hijos adolescentes de 15 y 16 años, explica que duerme donde puede, sin especificar si en la calle o en una bajera. Sus hijos comienzan el instituto y no tienen material.
—No tenemos dinero para comprar cuadernos ni bolígrafos.
Muy cerca, Rahmuna, madre de tres hijos —de 11, 8 y un bebé—, pide pañales, cuadernos y bolígrafos. Explica que los cinco miembros de su familia comparten una habitación muy pequeña por la que pagan 550 euros al mes.
Las historias se encadenan sin respiro. Fadhila, argelina de 52 años, duerme con su marido debajo de un puente en la comarca de Pamplona.
—No duermes, solo vigilas —susurra con la voz cansada.
A las 11:15 entran dos policías municipales, comprueban algo y se marchan. Se cruzan con Bridget y sus tres hijos de 10, 8 y 6 años.
—Trabajo media jornada y recibo una ayuda para completar, pero al inicio del curso no podemos afrontar todos los gastos. Pagamos 700 euros de alquiler y apenas queda dinero para comer.
Paulina, de 62 años, se apoya en el carrito de la compra con el peso del cansancio.
—Tengo una hija de 26 años muy enferma —susurra—. No puedo dejarla sola, no puedo trabajar. Esta comida ayuda un poco...
Junto a las cajas de melones, Maribel cuenta que tiene tres hijos —de 13, 10 y 6 años—, y que septiembre la hace temblar.
—Nos piden en el colegio que paguemos hasta el zumo y el agua que beben. No puedo dejarles en el comedor. Además, las excursiones… si no pagas, no van. Cobro una renta, pero solo nos quedan 200 euros para comer... y pagamos 900 de alquiler del piso. Entre los materiales del colegio, las excursiones y las extraescolares, se van 300 euros (100 por hijo). Muchas veces se quedan llorando en el centro porque no puedo pagar la excursión. Cuando ven subir al autobús a sus compañeros, ellos se quedan atrás...
Aladin vive con su mujer y tres hijos en una sola habitación.
—Tampoco tenemos material escolar ni podemos pagarlo.


JUANJO ARAGÓN URTASUN, MAESTRO JUBILADO Y EXDIRECTOR DEL COLEGIO SAN JORGE: "SIN DINERO NO HAY LIBROS Y LOS NIÑOS QUEDAN EXCLUIDOS"
Juanjo Aragón Urtasun, maestro jubilado y exdirector del colegio de San Jorge, observa de cerca todo lo que sucede en el entorno, asesorando a las familias.
—Cuando no puedes ni mantener a tu familia ni pagar una vivienda, las barreras para acceder al sistema educativo son innumerables —afirma con vehemencia—. Una clase es necesaria porque es el lugar de crecimiento personal en compañía. Pero muchos niños y niñas en Navarra retrasarán su formación por ser pobres. Muchos no podrán costear este curso el material escolar, los libros o participar en excursiones. Eso los hará sentirse discriminados. Y los marcará de por vida.
En diciembre de 2024 ya lo expuso en Comisión Parlamentaria.
—¿Qué se ha hecho desde entonces? Nada, absolutamente nada. Solo algún parche en los comedores de dos centros.
Aragón recuerda que ya entonces advirtieron de que en Navarra se está excluyendo del sistema educativo a familias sin recursos.
—¿Por qué? Porque las ayudas no se otorgan en función de los ingresos familiares. El centro escolar pasa un listado de materiales y libros que debe tener cada alumno. Si la familia no los compra, se quedan sin ellos, salvo que el profesorado, a nivel particular, los consiga o los pague de su bolsillo.
Entonces, estas familias, sobre todo mujeres solas con hijos, quedan a merced de prestamistas.
—¿Qué tipo de prestamistas? ¿A cambio de qué? ¿Qué sucede si no pueden devolver el dinero? Este tema me preocupa mucho, porque estas mujeres no pueden devolverlo.
Desde Apoyo Mutuo llevan años reclamando medidas concretas: gratuidad de libros, material escolar, comedores y ayudas para excursiones y actividades complementarias.
—Todo esto debería ser gratuito, según la Ley Foral 6/2008 y el artículo 88 de la Ley Celaá. Los ayuntamientos aportan lo que pueden, pero los criterios son muy distintos. Y esto es insostenible. Si añadimos que muchos no comen bien...
El comedor escolar se ha convertido en un recurso esencial para más de 2,2 millones de niños y niñas en riesgo de pobreza y exclusión en España, según datos de la ONG Educo. Sin embargo, solo la mitad accede a este servicio, que en muchos casos representa su única comida completa y saludable del día.
—¿Qué sucede con los comedores? ¿Cómo es que no llegan las ayudas para estas familias?
Aragón aclara que en pocos casos la Administración aporta ayudas completas.
—Un niño que asiste a un comedor comarcal, en los que hay transporte escolar, come por poco dinero y, si es pobre, podemos decir que no paga nada. Un niño que quiere comer en un comedor ordinario, los gestionados por la APYMA, deberá pedir ayuda al ayuntamiento, y este le dará una ayuda que, para hacernos una idea, será de dos euros diarios, como mucho, para un coste de siete.
Se hace un silencio. Los niños siguen jugando en el patio de Apoyo Mutuo.
—Las familias llegan a septiembre aterradas. Lo que más les duele es ver a sus hijos excluidos. Para ellas es durísimo. Esta exclusión estalla en septiembre. No es lo mismo ir a clase sin un libro y un cuaderno o quedarse fuera de una excursión. La marginación está ahí. Lo grave es que la exclusión la perpetra la propia institución encargada de protegerlos. Igual que con la inmigración y con las personas sin hogar. Si no se visibiliza, parece que no existe. Que un alumno no tenga las mismas oportunidades por no tener dinero es una barbaridad.
Aragón compara la educación con un ascensor... y un incendio.
—Pero en este ascensor solo suben quienes tienen dinero. Los demás lo hacen por las escaleras, y cuando llegan a la ESO están agotados. Para muchas familias, septiembre es un incendio. Y no hemos hecho nada para prevenirlo. Eso es lo más indignante: que empecemos otro curso ignorando la situación económica de las familias. Cuando se dice que la escuela es inclusiva... ¡una mentira!
No esconde su pesimismo.
—¿Qué pasará este año? Que la sociedad civil volverá a hacer de bombero, apagando cada incendio familiar.
Antes de despedirse, lanza un mensaje claro.
—Que nuestros gobernantes se tomen esto en serio. El año pasado les dije en el Parlamento que ellos también educan. Sus conductas se imitan. Y si lo que se normaliza es el insulto y la falta de respeto, el maestro no puede hacer nada. El profesorado está sometido a leyes inestables, a ocurrencias normativas irracionales y a una burocracia paralizante.
Aragón menciona que la Administración entra en una paradoja cuando monta programas educativos en valores, contra el acoso o planes contra el suicidio, pero luego actúa contrariamente a los principios y formas que quiere establecer en las escuelas.
—Gastamos un dineral en programas que dicen defender valores, mientras seguimos dejando atrás a quienes más los necesitan.
Critica también los eufemismos: “familias en riesgo”, “desfavorecidas”... porque tratan de negar la pobreza.
—La pobreza existe y la escuela no puede ser su verdugo.
A las 15:00 horas, Aragón recibe un mensaje de una madre que, a su vez, ha recibido de un colegio:
Estimadas familias de Primaria: Os informamos de que, a partir del lunes 1 de septiembre, podéis pasar por la secretaría del colegio para comprar los libros que no entran en gratuidad: inglés y modelo G (talleres). El pago debe realizarse en efectivo.
Un saludo.
—Si no pagan, no hay libros. ¿Puede un colegio vender libros cuando no es un establecimiento? Creo que las librerías o papelerías podrían denunciar el hecho.
Juanjo Aragón hace una pausa. Observa de nuevo a su alrededor: madres con carritos, niños comiendo uvas y trozos de melón.
—Y lo peor es que seguimos empezando el curso como si todo esto no existiera.
La cola del hambre no es una emergencia puntual, sino la evidencia de una herida estructural. Allí conviven Abdelkader y Omar, que se sostienen en la calle; Hicham, que sonríe pese a casi dos años a la intemperie; Jazmín y sus hijas, recién llegadas huyendo de la violencia; Rahmuna, Bridget, Paulina, Maribel, Aladin y otras muchas personas atrapadas entre alquileres imposibles y gastos escolares inasumibles. Frente a ellas, voluntarias y voluntarios de Apoyo Mutuo resisten con solidaridad lo que las instituciones niegan.Y la voz de Juanjo recuerda que la exclusión escolar no es un rasguño. Marca de por vida.