125 años de las Blancas en Lezkairu
Las Franciscanas Misioneras de María fundaron en 1900 el convento del Soto de Lezkairu, ahora casa de descanso para 55 religiosas, con una media de edad de 89,7 años. Mujeres que han recorrido los cinco continentes y atesoran biografías de novela


Publicado el 06/09/2025 a las 05:00
Lola Beroiz camina ligera sus 100 años sobre un andador en el patio del edificio más antiguo del barrio de Lezkairu de Pamplona, el de la monjas Blancas. Mirada azul y rostro amable, es una de las 55 franciscanas misioneras que residen en la casa, la primera que la congregación abrió en España y que este 4 de septiembre ha cumplido 125 años de historia. En este tiempo han pasado por la comunidad 1.873 religiosas en la que fue casa de formación y ahora es lugar de descanso, de mujeres que abrigan historias de novela en su misión evangelizadora por todo el mundo. Como Lola Beroiz en Burkina Faso (África). Sorprende la media de edad de las habitantes de la casa en el barrio más joven de Pamplona: 89,7 años.
El convento de las religiosas, popularmente conocidas como las blancas, se fundó en 1900 y se acabó de construir dos años después, fue la primera casa en España de la congregación. “Primero estuvieron en lo que era fonda San Julián, ahora hotel Europa, pero salía caro y alquilaron una habitación en la Casa de Baños, hasta que se hizo esta”, recuerdan, ahora rodeadas de modernos bloques de viviendas. “Viven 6.000 familias, dicen, antes todo era campo”, explica Pilar Arregui, 85 años y una mente lúcida. Es de Artajona y se apoya en la vida sencilla de una congregación con vocación internacional.
Junto a ella, asiente la superiora y hasta hace poco la más joven en la casa, Lourdes Rey Urdaci, nacida en Elorz hace 67 años. Tira también de humildad y parece disculparse por lo discreto a la celebración este jueves: una eucaristía “entrañable en la que se recorrió la historia por los cinco continentes y en especial la vida de algunas hermanas, como Irene García Goyeneche, roncalesa de Vidángoz, que fue asesinada en el Congo belga”. Oficiaron cuatro sacerdotes locales y cuatro africanos, asistieron las hermanas, las cuidadoras que atienden a las enfermas y los auroros de Santa María de Pamplona que pusieron música a la ceremonia. “Ni siquiera avisamos a nuestros familiares, ni a la diócesis de manera especial, estábamos unas cien personas, queríamos algo sencillo, aunque se llenó la capilla”, explican. La misma que familias del barrio llenan en la misa dominical, como templo adscrito a la parroquia de Cristo Rey. “Nos consideramos misioneras y continuamos nuestra misión con la gente que nos rodea”, apuntan en el jardín de una casa llena de vida, donde mañana y tarde las hermanas que precisan de una silla de ruedas para desplazarse descansan en el patio, soleado este septiembre. Al lado tienen “el edificio de colores”, marrones y naranjas como ocres que anuncian el otoño. “Si viene alguien le decimos que estamos junto a este bloque y así nadie se pierde”, sonríen. Lourdes repara en la importancia de rescatar el humor, también cuando la salud no acompaña.