Pamplona

Arrinconar a hombres que han hecho Navarra

Los nacionalistas vascos ansían apropiarse de la herencia política del reino de Navarra para justificar sus objetivos independentistas, pero lo hacen de una forma pintoresca

Estatuas de García Ramírez el Restaurador, a la izquierda, y Felipe III de Evreux en el paseo de Sarasate
AmpliarAmpliar
Estatuas de García Ramírez el Restaurador, a la izquierda, y Felipe III de Evreux en el paseo de Sarasate
Estatuas de García Ramírez el Restaurador, a la izquierda, y Felipe III de Evreux en el paseo de Sarasate

CerrarCerrar

Javier Fortún

Publicado el 24/08/2025 a las 05:00

Quienes observamos la vida pública desde la Transición, hace ya medio siglo, conocemos bien dos obsesiones del nacionalismo vasco respecto a Navarra. Una es el territorio: sin Navarra una Euskadi independiente (apenas 7.200 km cuadrados) es inviable, carece de masa crítica para ser un Estado independiente y, además, Navarra es un hinterland o periferia rural para desahogo de la urbanizada población vasca. Por eso llevan medio siglo intentando anexionarla a Euskadi. Pero además Navarra y su historia encierran un preciado tesoro político para el nacionalismo vasco: fue un reino independiente y, si estuviera engullida por el País Vasco, legitimaría a los nacionalistas para reclamar la independencia como un derecho histórico que tenían que recuperar.

Sé que este planteamiento puede parecer ilusorio o quimérico en una sociedad como la española y la europea del siglo XXI. Pero la política no funciona mediante el análisis ponderado y ecuánime de principios teóricos y realidades prácticas. En muchos casos (y este es uno muy significativo) se deja guiar por consignas y ensoñaciones con las que conducir al pueblo a la meta que se pretende alcanzar.

Y si no, que se le digan a Sabino Arana. Estableció el mito de la independencia de Vizcaya hasta la ley de fueros de 1839 y lo hizo basándose en una supuesta batalla legendaria del siglo IX y tres batallas libradas por la posesión del señorío en el siglo XIV, que no eran otra cosa que escaramuzas feudales dentro del reino de Castilla.

Un siglo después sus dogmas políticos e históricos siguen cautivando a una parte de la sociedad, que cree en la supuesta independencia histórica de Euskal Herría, y pretenden imponerse a la otra parte. Es un mito político, pero el nacionalismo vasco lo sigue explotando y extendiendo en la sociedad: le es muy rentable.

Un reino sin reyes

Los nacionalistas vascos ansían apropiarse de la herencia política del reino de Navarra para justificar sus objetivos independentistas, pero lo hacen de una forma pintoresca. Tratan de asumir un reino, pero prescindiendo de sus reyes, como si el reino de Navarra hubiera sido una especie de emanación del pueblo vasco, una resurrección de la tribu de los vascones, que después de sufrir 1.000 años de romanización y visigodos, resurge en el siglo IX. Y para enlazar con la idea contemporánea de revolución popular, prescinden o tratan de arrinconar a los reyes y a cualquier estructura política o religiosa; sería además un reino cuyo soporte básico sería la perduración de una lengua.

Nada más lejos de la realidad. Un reino es una construcción política compleja, que requiere muchos factores sociales, económicos, culturales y políticos para consolidarse como una entidad independiente y ser reconocida con esa categoría por sus vecinos. No es sólo fruto de la raza, de la lengua o de la tribu. No hay tiempo para explicar este fenómeno complejo, pero puedo afirmar, sin ambages, que requiere inexcusablemente una estructura social y política, una dinastía real y un programa político. Es decir, que sin reyes no hay reino: en Navarra o en Nepal.

Convencidos del mito del reino sin reyes, los abertzales (es decir, los miembros de la izquierda patriótica vasca) reivindican el reino de Navarra y arremeten siempre que pueden contra sus reyes. Ya lo hizo en su primer mandato el alcalde Asirón, cuando retiró del ayuntamiento los retratos de los reyes Austrias y Borbones, escondiendo a sus partidarios que el sucesor directo y heredero de los derechos de Juan III y Catalina, los últimos reyes privativos de Navarra, es Felipe VI de Borbón rey España y de Navarra, por mucho que les moleste.

Ahora, en su segundo mandato, el alcalde Asirón y el gobierno abertzale que dirige Pamplona (Bildu, Geroa Bai y Contigo-Zurekin) arremeten de nuevo contra los reyes, incluyendo en este caso a dos reyes privativos de Navarra. Pretenden quitarlos del centro de Pamplona y relegarlos a un lugar secundario y poco transitado como el parque de la Taconera, con el secreto designio de que pamploneses y navarros nos olvidemos de los nuestros reyes y asumamos, lenta y naturalmente, que formamos parte de una tribu que, como fue reino, tiene que ser independiente y estar guiada por dirigentes que sólo son una humilde emanación del pueblo.

Uno puede ser monárquico o republicano, porque vivimos en una sociedad libre y pluralista, pero no puede ser ignorante, máxime si el poder que disfruta (que considero legítimo) se debe, en parte, al trabajo de hombres que, aunque cometieron el “pecado político” de ser reyes, contribuyeron a forjar Navarra y Pamplona o asentaron los fundamentos del régimen foral. Por eso voy a dar algunos brochazos de dos reyes que no merecen ser arrinconados en un parque, cuestión que extiendo a los otros cuatro ignominados monarcas que los acompañan. No defiendo una visión meramente gloriosa o edulcorada de los reyes, pero me niego a olvidar sus aportaciones a nuestro presente.

Navarra no existiría hoy sin García Ramírez

No es el lugar para hacer una evaluación global del reinado de García Ramírez el Restaurador (1134-1150), pero sí quiero aportar tres rasgos del personaje que, en mi humilde opinión, le hacen merecedor del reconocimiento de Navarra entera y de Pamplona en especial, lejos de cualquier arrinconamiento como el que se pretende.

El primero se refiere a su acceso al trono en 1134. Al morir Alfonso el Batallador, como explicó luego una crónica aragonesa, “se alzaron los navarros y erigieron un rey”. Los aragoneses ya habían elegido a Ramiro II el Monje. Para preservar la unión de la monarquía navarro-aragonesa se llegó a un pacto en Vadoluengo (Sangüesa, enero 1135): Ramiro sería el titular de la soberanía y García Ramírez sería su heredero y la ejercería. El pacto era un regalo para García Ramírez, pues se aseguraba un reino muy amplio. Pero cuatro meses después prefirió quedarse sólo con Navarra e iniciar una aventura política: restaurar la que comenzaba a llamarse Navarra como un reino separado y con personalidad política propia. Fue un empeño que sólo culminó su hijo Sancho VI el Sabio casi medio siglo más tarde y después de un esfuerzo titánico.

El segundo elemento consustancial a la identidad actual de Navarra es la aportación de la Ribera Tudelana al entramado del reino. Hoy nadie entiende Navarra sin Tudela y su Ribera. Cuando fueron reconquistadas en 1119, pertenecían al reino moro de Zaragoza y hubieran seguido su destino. Pero en 1134 eran señorío particular de García Ramírez a través de su mujer Margarita, heredera del conde de Perche. De esta forma, todo el distrito de Tudela quedó unido a la renacida monarquía pamplonesa y durante un siglo Tudela fue sede predilecta de los reyes navarros. Novecientos años después no podemos arrinconar al rey que configuró definitivamente el mapa de Navarra.

En tercer lugar, García Ramírez exaltó el papel teórico de Pamplona como sede originaria de la monarquía y asiento simbólico de su poder. No revirtió el señorío del obispo sobre la ciudad, concedido por el rey Sancho el Mayor y reforzado por el rey Sancho Ramírez. Lo hizo con inteligencia, reforzando el carácter de su nueva catedral (consagrada en 1127) como escenario de la monarquía. Entonces quedó consolidada la tradición de que nuestros reyes fueran jurados y coronados en ella, como siglo y medio después recogió el Fuero General de Navarra. Y también se convirtió en panteón preferente de sus monarcas. Hoy García encabeza la lista de siete reyes allí sepultados hasta 1423.

Felipe III de Evreux asentó el pacto entre el rey y el reino

Dos siglos después, en 1329, Felipe III de Evreux se convirtió en un rey providencial para la supervivencia de Navarra y su régimen. Después de medio siglo de dominio de los reyes franceses, Navarra corría el riesgo de terminar siendo un trozo de Francia. Aprovechando una crisis dinástica capeta, los navarros ofrecieron la corona a Juana II, hija de Luis I el Hutín, y a su marido Felipe III, conde de Evreux y primo del nuevo rey francés.

Felipe III (1329-1343) aceptó la corona navarra y así logró el provecho de ser rey, pero no lo hizo de la misma forma que sus predecesores franceses, que habían gobernado Navarra desde una distancia y un centralismo que había sublevado al reino. Juana y Felipe aceptaron los planteamientos de las Cortes, que para acceder al trono les exigieron el juramento mutuo entre el rey y el reino: fueros a cambio de fidelidad. El doble juramento quedó reconocido como fundamento del régimen foral de Navarra. Con todas las transformaciones que se quieran, ese pacto entre el Rey (desde el siglo XIX sucedido por el Estado) y el Reino (hoy personificado en las instituciones forales) sigue siendo la clave de bóveda de la vida política y social de Navarra. Y en todo ello la moderación de Felipe III fue fundamental. Si alguien tiene dudas al respecto, le recomiendo que lea un magnífico trabajo de José María Lacarra, maestro de mi maestro, sobre el juramento de los reyes de Navarra.

Seguro que todo el gobierno de Felipe no fue totalmente aceptable y sin duda cometió errores, pero su contribución a la pacificación del reino y su estabilidad institucional no le hacen acreedor de un arrinconamiento en el parque de la Taconera. Y otro tanto podría decirse de los otros cuatro reyes desconocidos que le acompañan; con sus luces y con sus sombras fueron necesarios, porque lo realmente ingenuo o, según se mire, perverso es imaginarse un reino sin reyes.

Conclusión a pie de calle

Si estuviéramos en la barra de un bar, yo resumiría así este artículo: si Chivite puede gastar al año 6.000 millones de euros y si Asirón gobierna una prestigiosa capital es, en parte, por hombres que ahora pretenden arrinconar, reyes que han hecho Navarra como García Ramírez el Restaurador y Felipe III de Evreux.

Por eso pido que no se arrinconen en un parque, que se restauren y limpien sus estatuas y que sigan estando en el centro de Pamplona, en el paseo de Sarasate, a medio camino entre el poder ejecutivo y el poder legislativo de Navarra que ellos contribuyeron a forjar, para que los políticos de hoy reflexionen cuando se pasean de la Diputación al Parlamento y para que todos los sigamos contemplando día a día, de tal forma que políticos y ciudadanos sepamos de dónde venimos y a dónde vamos.

Continuar

Gracias por elegir Diario de Navarra

Parece que en el navegador.

Con el fin de fomentar un periodismo de calidad e independiente, para poder seguir disfrutando del mejor contenido y asegurar que la página funciona correctamente.

Si quieres ver reducido el impacto de la publicidad puedes suscribirte a la edición digital con acceso a todas las ventajas exclusivas de los suscriptores.

Suscríbete ahora