Prostitución
Dentro de un club de alterne en Navarra: "Te vuelves una máquina que no siente nada"
Cientos de mujeres se ven obligadas a vender sus cuerpos en esta comunidad para poder sobrevivir. En un recorrido de varios días por cuatro clubes, tres víctimas y tres responsables de estos locales (dos mujeres y un hombre) deciden hablar sobre un negocio que se lleva a cabo a plena luz del día y que parece haberse normalizado.


Actualizado el 22/03/2025 a las 22:34
Michel supera los sesenta años y supervisa el tejado de un club de alterne situado junto a una carretera secundaria de Navarra. A pesar de que dos letreros amarillos anuncian que el local está abierto, una puerta azul da acceso a un interior decadente y abandonado: diez habitaciones con colchones cubiertos por sábanas, mandos a distancia y barritas de incienso conforman el mobiliario. El edificio también cuenta con una cocina y un salón presidido por una barra deteriorada por el paso del tiempo. No se escucha nada. En un lateral, una puerta comunica con una gasolinera abandonada, donde hay un coche aparcado con el maletero abierto. Un hombre retira tejas de manera automática. Al notar la presencia del periodista, desciende de inmediato por una escalera metálica. Se presenta con voz grave:
—Me llamo Michel.
Sus manos son grandes y fuertes.
—El cartel dice que está abierto —observa el periodista.
—Cerramos tras la pandemia, pero queremos reabrir antes del verano. Solo somos un bar de copas —responde.
—¿Y las camas con sábanas?
—Las chicas las alquilan.
—¿Sabe que la prostitución es una forma de violencia contra las mujeres?
—No tengo nada que ver con eso. Lo siento, tengo cosas que hacer.
Michel cierra el maletero, sube al coche y se aleja en dirección a Pamplona.
En Navarra, la prostitución fue reconocida como una forma de violencia de género en 2018, tras la modificación de la Ley Foral 14/2015. Sin embargo, la realidad es distinta. El negocio sigue operando a plena luz del día en pisos clandestinos, clubes de carretera e incluso en bajeras. Mujeres sin otra opción venden su cuerpo en una rutina diaria en la que la supervivencia lo es todo.


UNA CASA TIPO CORTIJO
Dos días después, el periodista vuelve al mismo punto de la carretera secundaria para intentar dar con Michel. Los dos letreros con la palabra “Abierto” siguen en su sitio, pero donde antes estaba aparcado un coche ahora hay una furgoneta. Tres jóvenes vacían su interior por encargo del propietario. “No conocemos a nadie que se llame Michel. Quizá te estés confundiendo de persona”, responden. No obstante, tras una breve descripción, no tardan en saber de quién se trata. “Te refieres a J. Lo encontrarás muy cerca de aquí. Regenta un bar de copas con algunas chicas en lo alto de una carretera, en esa dirección. Nosotros no tenemos nada que ver con ese negocio”.
Para llegar al supuesto bar de copas hay que desviarse de la carretera nacional, bordear un polígono y ascender por una pendiente asfaltada hasta tomar un camino de grava que conduce directamente al local. Desde la carretera general se distingue una estructura maltrecha que sostiene, a duras penas, un rótulo con letras grandes: “Club”. A la izquierda de la vía, una casa tipo cortijo ofrece espacio para dos o tres coches. Un arco de hierro y un nuevo cartel informan al visitante de que se encuentra ante un “Night Club”. Otro club de alterne.
Al cruzar el arco, lo primero que se distingue es un vehículo de alta gama y una mujer que fuma sentada en una silla de plástico junto a una mesita, también de plástico. Envuelta en una gruesa bata con los cuellos levantados, en pijama y zapatillas, M., de cuarenta años, levanta la mirada. “Esto es duro, muy duro. Intentas no pensar en lo que haces. Quieres creer que es un trabajo más”, dice, mostrando un rostro de cansancio y preocupación. Asiente con la cabeza al ver al periodista tomar notas. “No te puedes permitir pensar. Necesito el dinero. Tengo un hijo y una madre en mi país”. Se calla al notar la presencia de un hombre. ¡Sorpresa! Es Michel, o mejor dicho, J. Esta vez no estrecha la mano. “¿Quién te ha dicho que estaba aquí? No puedes hablar con las chicas”, espeta, visiblemente molesto. El periodista le pregunta si acaso las mujeres le pertenecen. J. se incomoda y regresa al bar. Dentro, un cartel advierte: “No se sirven copas de alterne”. Eso sí, la consumición mínima cuesta siete euros. Hace frío y la cocina despide un fuerte olor a comida. También a desagüe. En las paredes hay varias fotografías de mujeres. El techo, desconchado por goteras, evidencia desolación.
A mediodía, entra un hombre de avanzada edad. J. le sirve una copa mientras M. vuelve a encender un cigarro en el exterior. “Yo voy a durar poco aquí. Es algo temporal. En 2014 trabajé en este mismo local durante cinco meses. Luego encontré trabajo de ayudante de cocina, pero al quedarme en el paro, no me ha quedado otra opción. A finales de marzo me han contratado para trabajar en el campo. Me iré”. J. vuelve a salir con gesto de pocos amigos. Es hora de marcharse.


LA POBLACIÓN OCULTA
Miles de mujeres en España se encuentran en situación de prostitución, muchas de ellas atrapadas en clubes, habitaciones ocultas en edificios de viviendas o en la calle. Aunque algunos responsables de estos negocios insisten en que se trata solo de bares de copas y de que las mujeres son libres, “ellas deciden”, insisten, por el contrario, las cifras, los testimonios y las habitaciones revelan otras historias.
La pobreza estructural, las políticas migratorias restrictivas y la falta de alternativas laborales para muchas mujeres convierten la prostitución en una de las formas más brutales de violencia de género, tal y como la reconoce la Ley Foral. Algunos colectivos sociales piden políticas que penalicen a proxenetas y clientes, no a las mujeres prostituidas. “Mientras no se actúe sobre el origen, la compra de cuerpos y la normalización de esta violencia, miles de mujeres seguirán atrapadas en un mercado donde sus derechos son mercancía”, alertan estos colectivos. “Detrás de una mujer prostituida –que no prostituta, puntualiza la directora de cine y activista Mabel Lozano – hay mucho dolor, esclavitud, explotación, violencia, drogas... muchas cosas que nadie tendría que permitir en pleno siglo XXI y en un país como el nuestro, donde los derechos civiles son fundamentales. En la prostitución no hay voluntad ni sexo, hay poder de personas que pueden contra otras que no tienen alternativas”.


"HE MOVIDO ENTRE 200 Y 300 MUJERES EN OCHO BARES"
Dos días después, M. ya no está sentada en la puerta del club. En su lugar, dos hombres ocupan las sillas de plástico. J. no oculta su incomodidad ante la presencia del periodista. A su lado está I., de setenta años, jubilado de la hostelería. O eso dice. Su tono es directo, sin rodeos, y accede a hablar de un negocio que bien conoce. Desde los años ochenta ha regentado ocho clubes de alterne —él prefiere llamarlos bares de copas— por todo el país y calcula que ha “movido” entre 200 y 300 mujeres. “No tengo nada que ocultar. Hasta el teléfono me lo han tenido pinchado”, asegura. El negocio es aparentemente simple, según da a entender. Cobran sesenta euros por cada media hora de servicio y la mitad del dinero es para el club en concepto de alquiler de habitaciones. Eso sí, la salud física y mental corre por cuenta de ellas.
¿Desde cuándo se dedica a este negocio?
Empecé en 1983. Venía de una cafetería en San Sebastián. Decidí cambiar de sector y abrí un pequeño local de copas con habitaciones en Pamplona. Me lo quemaron y, desde entonces, me dedico a vender Coca-Colas y alquilar habitaciones.
¿Eso realmente es lo que hace?
Las señoritas son autónomas. Nunca he comprado a una chica para que ejerza. Ellas vienen por voluntad propia. Hoy en día te exigen una licencia de hotel para abrir algo así.
En Navarra, la prostitución es considerada una forma de violencia sexual.
Mira, en un piso privado no hay seguridad y sufren presión de todo tipo. Aquí estamos controlados por la policía continuamente. Hay revisiones, saben quiénes somos.
¿Cómo era este sitio en los años 90?
Una locura. Había que echar a la gente porque no se iban ni al amanecer. Algunos se quedaban días enteros.
¿Qué tipo de personas vienen?
Hay todo tipo de hombres. Algunos vienen solo a beber y charlar. Otros pagan por sexo. Son gente normal. Suelen venir cuadrillas a celebrar despedidas, incluso matrimonios que se llevan a una chica. Y claro, siempre hay algún loco.
¿Acumulan deuda?
Aquí, no.
M., que acaba de llegar, escucha y lo confirma con un gesto desde la puerta.
¿Tiene hijas?
No, solo hijos. Y nunca han participado en esto. No les he dejado.
Este mundo es muy sórdido.
¡Qué va! Aquí hay historias de todo tipo. Lo que ocurre es que se habla poco de la parte humana. Una vez tuve que entrar en una habitación porque habían maniatado a una chica y la iban a golpear. Lo he visto todo.
Se ha lucrado a costa de estas mujeres.
La chica es la que menos dinero deja. Los ingresos principales vienen de las consumiciones. Las copas son las que sostienen este negocio.
Si volviera a nacer, ¿repetiría?
Este negocio ya no es rentable y las chicas no lo pasan bien, eso es verdad. En las ciudades grandes puede que funcione, pero en una carretera como esta, no. Si volviera a nacer, finalizaría la carrera de Empresariales.
I. se levanta y entra en el local. Se apoya en la barra mientras observa a J., que sirve una copa a otro hombre mayor. M. va y viene, inquieta, cruzando la puerta como si estuviera vigilando.
“ES DURO VENDER TU CUERPO PARA PODER VIVIR"
M. vuelve a encogerse en la silla, abrigada con un albornoz de felpa, con los cuellos levantados hasta la barbilla. El humo del cigarro envuelve un rostro marcado por el cansancio y una mirada color miel. Con más confianza, rompe el silencio.
Está separada, dice. Y como ella, muchas de las mujeres que trabajan en estos clubes están separadas, y algunas no tienen papeles.
—¿Quieres saber por qué estoy aquí? Yo sí tengo papeles; soy europea, pero me quedé sin trabajo. A finales de marzo, empezaré en el campo, pero hasta entonces hay que vivir. Tengo que mandar dinero a mi familia. Lo hago por elección, sí, pero la necesidad me ha empujado.
Cobra 60 euros por media hora. De ese dinero, 30 se destinan al alquiler de la habitación y 10 más a las sábanas.
—Algunos clientes me tratan con respeto, pero otros piden cosas peligrosas que ponen en riesgo mi salud. Hay que ser muy dura, muy fuerte aquí —señala la cabeza— para no pensar en lo sucio que es este trabajo. Es duro vender tu cuerpo para poder vivir. Por suerte, para mí será por poco tiempo.
Suspira y cruza de nuevo los brazos sobre el albornoz.
—Me gustaría tanto sacar de aquí a las chicas..., pero no sé si tienen opción. Yo sueño con una vida buena, sencilla, feliz. Solo quiero mantener a mi hijo de diecisiete años. No pido mucho. Este trabajo es muy sucio. Solo quiero tener salud.
Y la salud, aclara, no es solo evitar contagiarse de algo.
—El estrés también es salud.
No es fácil dar con una cifra real. Los datos reflejan una realidad invisible, sostenida por la demanda de quienes consumen prostitución. Se estima que en Navarra hay entre 700 y 900 mujeres en esta situación. En toda España, el Macroestudio sobre Explotación Sexual, publicado por el Ministerio de Igualdad en 2024, cifró en al menos 114.000 las mujeres visibles en anuncios web, con una estimación real que podría superar las 180.000. La franja más golpeada es la de 18 a 24 años: “un mercado donde la juventud es un reclamo y la precariedad es la norma”, subraya el informe.
“ESTAMOS AQUÍ POR PURA NECESIDAD, NO HAY OPCIÓN"
El periodista cruza las puertas de otros tres clubes de carretera durante varios días este mes de marzo. Siempre por la tarde, da igual la hora: en el interior parece noche cerrada. Entre las luces tenues y la música enlatada, el tiempo queda suspendido. En la barra, espejos estratégicos amplían el espacio, pero encogen el ánimo. Mujeres, sentadas en banquetas o de pie, la mayoría pendientes de sus móviles, matan el tiempo mientras esperan. En cada uno de esos negocios hay una figura fija: la responsable. Dos son extranjeras y una, española. Solo dos aceptan hablar.
H. se presenta de inmediato. “Soy la encargada”, aclara desde un extremo de la barra. Habla rápido, como quien ha repetido el discurso otras veces. “Aquí nadie está obligada. Llegan por anuncios o referencias. Ahora somos como una familia. Hay cinco chicas”. Un hombre entra y ella le sirve. “¿Lo de siempre?”. Ni siquiera responde. Solo abraza a una de las mujeres por la cintura. H. desvía la mirada. “Tengo que cerrar unas cuentas con un par de chicas. Me llevará un rato”.
Entre las cinco y las seis de la tarde entran tres clientes, todos de edad avanzada. Uno pide una cerveza sin alcohol, se sienta frente a otra chica, L., y comienza un breve monólogo con ella. Cuando termina la cerveza, se marcha del club. Entonces, L. se acerca al periodista y empieza a contar parte de su historia. Entre susurros, dice que tiene 38 años y lleva una década vendiendo su cuerpo. “Tengo que hacerlo, no te queda opción cuando eres madre de dos hijos...”. Llegó sin papeles, se casó, se separó y se quedó sola con dos niños y un alquiler imposible de pagar. “Estoy sacando el carné de autobús. Quiero dejar esto”, se sincera, con una mezcla de esperanza y resignación. “Te vuelves una máquina que no siente nada”. L. necesita hablar. Se expresa encadenando ideas, dejando salir las palabras como quien se libera de un peso. “Es importante que se conozca cómo estamos. Somos libres, sí, ponemos límites, pero estamos aquí por pura necesidad”. El periodista toma notas y ella lo aprueba. Quiere que quede constancia. Entonces, revela que este trabajo la ha marcado a fuego. “Tomo pastillas para dormir, para la ansiedad, para el estrés”.
Fuera de este club sigue atrapada en una mentira. “Cuando conseguí los papeles traje a mi familia y ellos creen que trabajo en una fábrica”, confiesa. Cada tarde, a las tres, se despide de sus hijos y regresa de madrugada, silenciosa, midiendo cada gesto para que no sospechen. Pero el dinero nunca es seguro. “Nunca sabes cuánto vas a ganar y eso es angustioso. Hay meses que no llegas y la cabeza no para”. Sus ojos brillan cuando dice que quiere dejarlo. “Aquí dentro pongo todos los límites que puedo, pero esto es muy peligroso. Hay clientes que quieren de todo, que no quieren pagar, que se ponen agresivos. Y las enfermedades… siempre te piden más y tienes que frenarles”. La indefensión es una sensación cotidiana. “Te sientes sola. Nadie te ayuda. No hay ayudas para salir de aquí. Somos invisibles. Vivimos mintiendo todo el tiempo”. Si consiguiera escapar, sueña con una vida “pequeña y normal”. Le gusta el cine, la lectura, la playa. Pasear. Vuelve H. a la barra y L. regresa al otro lado del salón.
“AHORA VIENEN JÓVENES QUE PREFIEREN UN CLUB A UNA DISCOTECA"
La responsable recuerda su primer día en este club de alterne, en el año 2000. “Éramos cuatro trabajadores y trabajaban cerca de cuarenta chicas”. Ahora hay cinco. “El sistema tendría que hacer mucho más por estas mujeres”, sentencia. “Y los clientes claro que son puteros. No hay que olvidar que ellas están aquí por necesidad. Algunas mandan dinero a sus familias. Eso no se dice, pero es así”. El perfil de los hombres también ha cambiado. “Viene gente nueva. Ahora hay chicos jóvenes que prefieren esto antes que ir a una discoteca”. También distingue entre consumidores de club y de piso. “Los de los pisos no quieren que les vean”. Se hace un silencio. Entra alguien. H. le sirve y vuelve a la conversación. “Cerrar estos locales no eliminaría la prostitución. Se buscarían la vida en la clandestinidad y pasarían más cosas”. Se queja de la carga fiscal que soportan. “Nos asfixian a impuestos y en los pisos no pagan nada”. Su trabajo, explica, es una mezcla de gestora y figura materna: lleva el bar, los papeles, prepara la comida de las chicas que duermen en los pisos superiores. No quiere pronunciarse sobre lo que se gana y rechaza tajantemente la insinuación de que se está enriqueciendo con su vulnerabilidad. Violencia también ha vivido dentro de este local. “Amenazas, broncas, tipos que no quieren pagar”. Su consejo a las mujeres siempre es el mismo: “Poned límites, no os acerquéis si no lo veis claro”. Después de veinticinco años en este negocio, H. sigue por una “deuda personal”. Lo cuenta sin adornos. “Hay un por qué. Todo empezó cuando tenía veinte años”.


“EN PAMPLONA HAY DECENAS DE PISOS DONDE ABUSAN DE LAS MUJERES"
El recorrido por el negocio de la prostitución continúa por Pamplona y su Comarca. Falta una semana para el Día Internacional de la Mujer y un cartel anuncia en la puerta de un local que el 8 de marzo lo celebrarán con música en directo y una actuación pornográfica. El periodista entra y llega hasta la barra, donde la camarera le remite a la responsable del club.
—Habla con Raquel.
La contacta por teléfono de inmediato y la encargada acepta contestar esa misma tarde en el local. Al igual que I., el veterano empresario español, Raquel, de 60 años, asegura que no tiene nada que ocultar. Lo que le preocupa, insiste, es lo que sucede en los pisos clandestinos.
—En Pamplona hay decenas de pisos donde abusan de mujeres. Yo conozco al menos 22 donde se ejerce la prostitución. Ahí sí que están en peligro las mujeres. Y el sistema lo permite.
Raquel, como muchas otras responsables de estos locales donde se comercia con cuerpos, no se define como proxeneta. Prefiere verse como una gestora que ofrece un espacio, seguridad y un mínimo de control. En su discurso, la verdadera amenaza es la prostitución sumergida, la que no pasa por la barra y no paga alquiler. La que nadie ve.
Están preparando el Día Internacional de la Mujer dentro de un local donde las mujeres tienen que vender su cuerpo para vivir.
Sí, para sobrevivir.
¿Y qué siente usted? Es mujer.
Sinceramente, me parece horrible. Es jodido. Pero tampoco se puede generalizar. No todos los hombres que vienen aquí son violentos o maltratadores. En algunos lugares pueden pasar cosas malas, chicas obligadas y maltratadas. Aquí no lo he visto. Eso sí, una vez descubrimos a una menor.
¿Aquí?
No, en un piso. Con tanta organización y tantas leyes, al final las mujeres que realmente necesitan ayuda no la reciben.
La violencia se ejerce también dentro de estos lugares.
Aquí no están encerradas. Son libres.
¿Sabe que en Navarra se considera la prostitución una forma de violencia?
No lo sabía.
Están sacando provecho de la vulnerabilidad de estas mujeres.
No, para nada. Aquí no les quitamos nada. En algunos sitios sí lo hacen: les exigen parte de lo que ganan. Solo pagan un hospedaje.
Cuesta creerlo.
Pagan 60 euros: incluye desayuno, comida, cena, limpieza de la habitación, cambio de sábanas y seguridad.
¿Tiene hijas?
Sí, una de 26 años.
¿Se dedica a esto?
¡Cómo se le ocurre! ¡No, claro que no!
¿Y si lo hiciera?
Cada uno es libre de hacer lo que quiera con su vida, como los que se meten en drogas o los que roban. Es su elección.
¿Cómo llegó a España?
Vine hace 26 años con un contrato para trabajar en un hotel.
¿Y cómo pasó de un hotel a este negocio?
En el hotel conocí a una compañera que trabajaba media jornada y el resto del tiempo en un club. Me iba contando cosas y me daba curiosidad. Entonces, una mujer me dijo que alquilaban un local. Me animé, lo cogí, me hice autónoma y empecé. Al principio tenía dieciséis chicas. Recuerdo que una de ellas era una mujer que tenía una discapacidad. Me sorprendió porque nadie le daba una oportunidad en cualquier otro trabajo. Poco a poco fui conociendo las historias de esas mujeres, muchas de ellas madres solteras.
¿Cuánto tiempo estuvo al frente?
Nueve años. Y he seguido.
¿Las mujeres viven aquí?
Sí, ahora mismo hay diecinueve.
¿Cuáles son las condiciones?
Cuando llaman para pedir plaza, se les explica todo mediante mensaje de voz. Tienen que enviar la fotocopia de su documento y el nombre artístico que quieren usar. Aquí casi ninguna trabaja con su nombre real. Lo tenemos todo muy controlado: cada mes enviamos a la policía la documentación de las chicas. Cada veinte días, una organización viene a realizar controles de salud.
¿Cómo son las inspecciones policiales?
Lo único que pido es respeto. No es necesario entrar como si esto fuera un allanamiento. Pueden pedir documentación, hablar con las chicas, pero sin humillar. Si quieren preguntarles si están aquí por su voluntad o si les quitan el dinero, perfecto, pero con respeto.
¿Respeto? ¿Habla con ellas?
Les aconsejo cuando puedo, sobre todo con el alcohol o ciertas situaciones. Hay gente que piensa que queremos destruirlas, vender alcohol para sacar dinero. Aquí pueden hablar libremente, sin permiso de nadie. Pueden decir cómo se sienten, qué quieren, qué no. El 80% son madres de familia. No están aquí porque les guste. Están porque tienen que sacar adelante a sus hijos. Son madres en situación de vulnerabilidad. Mujeres que no han encontrado otra salida.
¿Qué tipo de hombres consumen prostitución en este club?
De todo. Aquí no hay un perfil único.
Si estas mujeres no estuvieran en esta situación de vulnerabilidad… ¿cree que lo harían?
No lo sé. Si una chica me llama para venir, yo primero le pregunto por qué quiere hacerlo. Si me cuelgan el teléfono es porque no quieren explicarse.
¿Cuál es exactamente su trabajo?
Que las chicas estén bien, seguras. En las reuniones les digo que no prometan a los clientes cosas que no van a hacer. Les advierto que no toquen carteras ni pertenencias para evitar acusaciones. Y que si un cliente entra sobrio a la habitación, tiene que salir igual. Si sale tambaleándose, es que ha consumido algo más. Esa es mi responsabilidad: protegerlas y evitar problemas.
¿Cuáles son los mayores problemas?
Hay clientes que vienen demasiado borrachos. Si los vemos muy pasados, dejamos de servirles. Si molestan a las chicas, interviene seguridad. Si no escuchan, llamamos a la policía. Hace unos días sucedió. Tuvimos que llamar porque unos chicos molestaban mucho y las chicas no querían bajar al bar mientras estuvieran ahí. Aquí no obligamos a nadie a bajar si no se sienten cómodas.
¿Cree que la sociedad da la espalda a estas mujeres?
Totalmente. En lugar de juzgar o querer cerrar estos lugares, deberían ofrecer formación, oportunidades reales. No basta con dar una ayuda económica. Muchas prefieren una salida real, un trabajo.
Formación y orientación laboral...
Exacto. Deberían venir más asociaciones a hablar con ellas, explicar qué opciones tienen, guiarlas. Algunas chicas ni siquiera saben por dónde empezar. Falta mucho por hacer en ese sentido. Necesitan orientación, formación, una oportunidad real para salir adelante y prepararse para otro tipo de vida. Aquí mismo, por ejemplo, debería haber especialistas que se sentaran con ellas para explicarles sus opciones, informar de sus derechos y orientarlas. Aquí vienen muchas personas, pero asociaciones que realmente entren y les expliquen cómo salir… eso no lo he visto. Hay muchas chicas que ni siquiera saben que tienen opciones. Pero hay un problema: en Pamplona hay más de 22 pisos donde se abusa de las mujeres.
¿Qué pasa en esos pisos?
A muchas chicas les quitan el 50% de lo que ganan. Pagan por la habitación, les sacan dinero de todo y se ven expuestas a todo tipo de cosas.
¿Cómo cree que se puede solucionar?
Si las autoridades quisieran, podrían hacerlo. Tienen medios para investigar, intervenir teléfonos, hacer seguimientos.
¿Y cuántas mujeres calcula que trabajan en cada uno de estos pisos?
Puede haber cinco. No llenan los pisos, pero sí hay movimiento. Pagan 300 euros por semana por una habitación y dentro venden bebida. No entiendo cómo no descubren eso. Si quisieran...
¿Qué diferencia hay entre un piso de prostitución y un club de alterne?
Aquí, si un cliente paga 65 euros por media hora, el dinero es de la chica, salvo la parte que cubre el alojamiento y los gastos. Hay transparencia. Incluso, si pagan con tarjeta, la chica firma un recibo y al día siguiente cobra su dinero. Pero en los pisos es otra historia. Ahí no hay control. Las explotan.
¿Quiere decir que las autoridades pueden hacer más?
Solo tienen que entrar y hablar directamente con las chicas. Si ellas confían, lo contarán todo: cómo llegaron, quién las trajo y en qué condiciones están. Se trata de confianza y seguridad. Si se lo propusieran, podrían desmontar toda la red.

iván benítez

“CIERRAS LOS OJOS Y CUENTAS LOS MINUTOS QUE FALTAN PARA TERMINAR"
El negocio de la prostitución y sus consecuencias no solo afectan a mujeres extranjeras. La pamplonesa B., 55 años y madre de dos hijos, tiembla al recordar lo sufrido durante cinco años en un club y en un piso clandestino de Pamplona. Debido a lo que ha sufrido, toma medicación contra la ansiedad y pastillas para dormir. Hace un tiempo consiguió un trabajo estable con el que puede llegar a fin de mes y, desde entonces, “ya no vendo mi cuerpo”.
La conversación con B. tiene lugar en un bar de la Comarca de la ciudad. Pide un pincho de tortilla y un refresco, y en sus manos sostiene un cuaderno donde suele pintar. Le gusta la naturaleza, pasear y, al llegar a casa, dibujar. “La naturaleza es mi refugio... y mis dos hijos”. Dos hijos que eran pequeños cuando su madre tuvo que prostituirse para alimentarlos. “Es algo que, si fuera necesario, volvería a hacer. Me quedé sin trabajo, me divorcié y tenía que pagar una hipoteca y una deuda que me dejó mi exmarido. Todo se juntó. Me quedé con 200 euros en la cartilla. Era la única salida que me quedó para poder obtener dinero rápido, pagar las facturas, darles de comer…”.
B. habla y mira a los ojos, una mirada verde oliva, acentuada con una diadema verde en el pelo y un abrigo claro. “Estuve cinco años. Es un trabajo que te puede volver loca si no marcas unos límites desde el principio. Las mujeres españolas podemos hacerlo, pero las extranjeras, que en su mayoría trabajan en pisos, vienen con una deuda y tienen que trabajar veinticuatro horas. Y hay muchas, muchas. Y los clientes abusan. Me han pedido hasta que les defeque y orine en la cara. Obviamente, dije que no. Se lo dejé claro a las mujeres que regentaban el club y el piso: no quería borrachos ni otro tipo de comportamientos de este tipo. Pero la mayoría de las chicas se ven obligadas... Quien viene a estos sitios es gente con dinero, no personas desempleadas”.
B. recuerda perfectamente el primer día. “Mis piernas temblaban, mi cuerpo temblaba, todo me temblaba... como ahora, al recordar. Iba al piso temprano por las mañanas y comía allí para volver a la tarde y estar con mis hijos. Cierras los ojos y no piensas. Solo cuentas los minutos que faltan para terminar”. Reconoce que no quiso exponerse mucho tiempo en un club por temor a ser descubierta por algún conocido y que lo supiera su familia. “Es lo que más miedo me ha dado”. Cada vez que alguien llamaba al piso, lo primero que hacía era comprobar por la mirilla. “Si era alguien conocido, me escondía en la habitación y le atendía otra chica. Quien viene a estos sitios es gente con pasta. Allí no van los parados”, recalca una y otra vez. “Al final, para obtener un jornal en un piso tienes que acostarte con muchos hombres, porque la mitad del dinero se lo queda la propietaria”. Se hace un silencio. Suena A Dios le pido, de Juanes. “Las mujeres que tienen deudas en los pisos están amenazadas de muerte”, sentencia. “Como están cerrando muchos clubes de alterne, muchas mujeres están empezando a prostituirse en bajeras”, revela. “Las instituciones lo saben. Solo podrán detener esto si ayudan a pagar las deudas. Las redes son muy grandes”.
Al hablar del posicionamiento de los políticos, sonríe con rabia. “No puedo hablar porque te destrozan si lo haces. No van a arreglar nada”. Sanfermines son días en los que se gana mucho dinero, destaca, “y cuando más aumentan los abusos contra nosotras”. Al plantear a B. que sorprende que haya mujeres detrás de este negocio, aclara que es lo que piden los clientes. “Siempre es mejor que te reciba una mujer, pero detrás hay un hombre, vigilando”. B. no siente miedo a que su pasado sea descubierto. “Mi familia lo sabe”, dice. “Respecto a los hombres, los miro con indiferencia. Tengo un escudo. No creo en ninguno. El amor no existe”.
Antes de despedirse, B. concluye con una nueva confesión. “No sé cómo no he enloquecido después de todo lo vivido. Se puede salir de toda esta mierda. El problema es cómo se sale psicológicamente. No es fácil vender tu cuerpo para vivir. En los pisos, la mayoría son extranjeras, madres con hijos, con deudas… Al final no lo hablas con nadie, no quieres que nadie lo sepa”. B. tiene que dejar de hablar. “Me tiemblan mucho las manos”.