La vida del médico Manuel Mozota tras su grave accidente
Tras caer el ascensor en el que regresaba de una urgencia médica en Salinas de Ibargoiti permaneció ocho meses de baja, soportó una larga rehabilitación y en el puente de diciembre viajó con otros compañeros a los campamentos a colaborar


Actualizado el 24/12/2024 a las 09:13
Sostenía Manu Mozota Núñez (Pamplona, 1971) horas después de que una caída del ascensor en el que descendía junto a una médico residente, una enfermera y la hija de una paciente a la que habían acudido a atender de urgencia en Salinas de Ibargoiti le provocara fracturas y heridas en pies, esternón y una vértebra que había que “buscar el lado positivo de las cosas”. La máxima la mantuvo durante la larga recuperación que implicó semanas inmovilizado, un corsé, y meses en silla de ruedas y en rehabilitación. Ahora, a punto de cumplirse los dos años de aquel accidente que le ha dejado secuelas en forma de cojera y dolor en los pies, sigue con la misma filosofía de vida. La aplica como esposo, padre e hijo, en su trabajo como médico de atención primaria en el centro de salud de Noáin y en su labor como responsable de SEMG Solidaria, la rama destinada a cooperación de la Sociedad Española de Médicos Generales y de familia de la que es uno de los vicepresidentes.
Recién llegado de un viaje de diez días al Sahara, a los campos de refugiados en Argelia, Mozota trabaja de nuevo en el centro de salud de Noáin. En la pela por atender a los pacientes en su día a día y por mejorar su calidad de vida. Pero en su cabeza sobrevuela la experiencia vivida y el camino que le llevó hasta ella. Y en ese repaso agradece la ayuda de su mujer, Berta Lázcoz; de sus padres, José Ramón Mozota y Emilia Núñez; de sus hijas Claudia y Manuela, que tenían 9 y 12 años cuando sufrió el accidente en el ascensor. Y también de la terapeuta. Del “Ángel de la guarda” que encontró en la rehabilitación en Mutua Navarra, Edurne Larrasoain Cebriain. “Al final se rompe la dinámica que tienes y por eso pongo en valor lo que hicieron por mí. En las semanas inmovilizado, luego en silla de ruedas y en rehabilitación. Mi mujer tuvo que multiplicarse. Mis padres ayudaron y las hijas fueron una gran alegría. Y mi terapeuta me ayudó involucrándose en el proceso. Siendo parte del equipo. Dura, pero que me dio la sensación de no estar nunca solo” rememora aquellos meses. Entre febrero de 2023 y el final de aquel año.
Y vuelve en la conversación a esos lemas que le acompañan. A esos mensajes que dejan huella al escucharlos. “Busco siempre lo positivo y aquí veía que mejoraba. También es importante el ánimo y saber que de una desgracia, de los malos momentos, se podía aprender. Y además sentía el cariño de la gente. Personas que se acercaban al verme, porque es verdad que no me encerré en casa. También estoy agradecido al ayuntamiento y al servicio social de la zona de Noáin, donde estaba como concejal y presidente”, resalta sobre los meses de recuperación, de corsé para soldar heridas. De trabajo paulatino tras concluir la baja y las vacaciones. En ese tiempo sacó plaza como profesor asociado en el área de Medicina Preventiva y Salud Pública en el departamento de Ciencias de la Salud de la UPNA. Una de sus aspiraciones, ser profesor. En la SEMG pasó a ocuparse del área Solidaria y encontró una colaboración con la Agencia Española de Cooperación Internacional y Desarrollo que propició subvenciones para el trabajo médico en el Sahara. En el segundo de los viajes, ya en condiciones, se sumó con otros seis médicos de atención primaria, una enfermera y un técnico de proyectos. “Hay mucho por hacer. La de los campos de refugiados es una realidad muy dura. Nos hemos centrado en la formación y en la informática, que es importante para el día a día. Pero también en la atención. Y ha sido un lujo y muy bonito por el trato que nos han dado. También te das cuenta que nosotros damos demasiada importancia a lo material, cuando lo importante es lo que da alegría y poner humor a la vida. Así seremos más felices ”, aporta las enseñanzas del viaje allí donde apenas tienen medios materiales pero derrochan sonrisas y agradecimiento.
En su vuelta al trabajo, con el dolor como compañero habitual, también aplica esos aprendizajes. “Te replanteas cosas. Entiendes mejor a los pacientes, el dolor, al vivirlo. Sobre la vida y sobre la muerte. Y puedes afrontarla de dos formas. Entre críticas y viendo lo negativo o al revés. Ver lo positivo e intentar mejorar las cosas o colaborar para mejorar la sociedad. En mi caso Dios me dio una segunda oportunidad y vi que lo quería intentar”.