Camino de Santiago
Vidas en el Camino en Navarra: "Mi madre estaba en muerte cerebral, nos pidieron desconectarla... y despertó"
Entre Roncesvalles y Zubiri, en el alto de Mezkiritz, hay un portillo de madera fabricado en 2010 por un carpintero de Loizu por el que han cruzado 308 peregrinos de 31 países solo en los primeros doce días de este mes de noviembre


Actualizado el 18/11/2024 a las 08:31
"Mi madre se encontraba en muerte cerebral y despertó. Estuvimos a punto desconectarla, nos pidieron hacerlo... y ahora habla y camina. ¡Sí, sí, espectacular!”. El viento del norte barre un sendero de ocres y emociones en el alto de Mezkiritz. “Prometí que si ella salía adelante haría el Camino”. Confesiones y miradas a cero grados de una peregrina catalana, Estefanía Arvelaez, de 33 años, una de las primeras en empujar las tablas gruesas de madera de pino de una puerta de 1.10 de alto y 1.20 de ancho que erigió en 2010 un carpintero de Loizu llamado Iker Jaukikoa Pascal, encargado también del mantenimiento de la ruta jacobea desde Valcarlos a Viana.

El carpintero coincide este miércoles 13 de noviembre en este cruce de vidas con la peregrina catalana y con el desafío personal de otro caminante, Gerlac Asens, a su lado, a quien la tarde anterior tuvieron que auxiliar dos policías nacionales de Valcarlos al desviarse de la carretera hacia el monte y terminar desorientado. Estefanía y Gerlac se conocieron en un taxi que les trasladó de Pamplona a Francia y al día siguiente partieron por separado en la primera etapa. Ha sido un poco antes de llegar a esta puerta de madera donde el azar les ha vuelto a juntar. “Yo lo hago como reto personal”, explica él. “ Estaba en un momento de mi vida que no sabía muy bien hacia dónde tirar y, bueno, pensé que en el Camino me encontraría...”. Después de un día y medio caminando aseguran que están encontrando “paz” y “tranquilidad” entre los senderos. “Siempre dando gracias”, añade ella, despidiéndose con una sonrisa. Pisadas de hojarasca en dirección Lintzoain, alto de Erro y Zubiri.


Cada peregrino trae consigo un eco de historias personales, voces y rezos que parecen flotar en el aire de estos caminos milenarios. Se escucha el viento en el umbral del otoño, graznidos de urracas y el motor de los camiones subiendo por el puerto. Según los datos del albergue de Roncesvalles, entre el 1 y el 12 de noviembre, un total de 308 caminantes han pasado por esta puerta correspondientes a 31 países. El año pasado, en este mismo periodo, fueron 266. La mayoría de los que han cruzado Navarra este mes proceden de España (103), Corea (41), Francia (45) y Estados Unidos (19). También han llegado hasta aquí caminantes de Irán, Venezuela y Singapur. Algunos vienen buscando una experiencia espiritual; otros, una pausa vital. Aunque el número ha crecido levemente estos días respecto al año pasado, esto no es más que un espejismo. La tendencia en los dos últimos años muestra que los peregrinos están eligiendo rutas alternativas. Si en 2023 atravesaron Navarra 49.269, este año han sido 46.641. Es decir, 2.628 menos.


DE INFORMÁTICO A CARPINTERO
El carpintero de Loizu cuenta que esta puerta de madera la fabricó por encargo del departamento de Medio Ambiente del Gobierno de Navarra hacia el año 2010 con la función de delimitar los ganados de un sitio y de otro. “Había problemas con los portillos, con los muelles, que no terminaban de funcionar bien”, explica.
“Normalmente tratábamos pino y ahora acacia, más rústico”. Al preguntar a Jaukikoa por el trabajo de una carpintero en el Camino, aclara que principalmente está formado como informático y que dejó su trabajo en este sector para montar su propia empresa de mantenimiento de caminos rurales, en la que hoy trabajan cuatro personas. “Este año le vamos a dar un repaso muy fuerte a la señalización en el Camino. La zona más conflictiva es la subida de Lepoeder”.


Poco a poco, el Camino se puebla de voces, de historias que se entrelazan en el murmullo del hayedo. Aparecen nuevos peregrinos en el portillo de madera. Josep y Biel, hermanos de Mallorca, empujan las tablas. “Caminamos hasta Logroño porque queremos vivir intensamente estos días juntos, como hermanos. Nos estamos encontrando una alfombra preciosa de colores y olores, la gente es encantadora, muy hospitalaria”. Por detrás, la belga Mulleners Sandrine y el francés Arnaud Ludlovic se han conocido hace tres días. Ambos hablan de terapia emocional. “Estamos sintiendo muchas emociones y espiritualidad caminando por estos senderos”.
A lo largo de los siglos, la puerta ha sido más que un simple acceso físico; ha simbolizado oportunidades, separación, y en muchos casos, ha sido un artefacto de estatus y belleza. Para los entusiastas de la carpintería, la puerta es un lienzo en el que se mezclan funcionalidad y arte. Precisamente, como si de un lienzo se tratara, los peregrinos siguen alejándose enmarcados por un telar de ocres. Una peregrina surcoreana grita en inglés sin detener el paso: “¡Camino sola porque en Corea trabajamos mucho, muchísimo. Necesito tranquilidad!”.


El muelle de la puerta sigue plegando historias hacia el corazón del otoño. Sergio, vecino de San Sebastián, emprendió esta aventura personal “por curiosidad y para experimentar”. A unos metros del guipuzcoano, Pierre, un francés de 65 años habla de “cura de juventud”, explica. “Lo hice una vez en primavera y después de 46 día caminando me sentí mucho mejor, más fuerte… Mi cuerpo cogió fuerza y juventud. No es fácil. Es muy cansado, me gusta ir despacio observar la naturaleza”.
Al final, cada cruce de la puerta se convierte en un acto de introspección. Quizás porque el Camino, en sus infinitas aristas, no es solo un lugar físico, sino un espacio de transformación.

