Obituario

José Antonio Pedroarena, un enamorado de las campanas

José Antonio Pedroarena, con los campaneros de la Catedral de Pamplona, en el Monasterio de Leyre.
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José Antonio Pedroarena, con los campaneros de la Catedral de Pamplona, en el Monasterio de Leyre
José Antonio Pedroarena, con los campaneros de la Catedral de Pamplona, en el Monasterio de Leyre.

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Miguel Ángel Bretos

Actualizado el 07/10/2024 a las 17:45

Los gruesos muros de la Abadía de san Salvador de Leyre, preservan a la Comunidad Benedictina del mundanal ruido, y hasta hace no muchos años de los cálidos rayos del sol en invierno, pero el saber que encierra el monasterio trasciende al mundo a través de la celebración de sus eucaristías y homilías, certeras como un dardo en el centro de una diana, y en amigable conversación cuando vas conociendo, poco a poco a alguno de sus monjes, bien por vínculo de amistad familiar como es el caso del atento y servicial José Ignacio Damborena, o el de su abad, Dom Juan Manuel Apesteguía, con quien compartí el aula de párvulos mayores y pequeños –cabíamos todos en el mismo cesto- del antiguo Colegio de las Madres Teresianas en la calle Mayor. También el del Padre Javier Suárez cuando imparte su clase magistral sobre canto gregoriano a los alumnos de Hª de la Música del CPM y CSM Pablo Sarasate, el actual prior Óscar Jaunsaras también cercano a la familia, y el recién ordenado P. Ignacio Esparza, entre otros. Cada cual con su habilidad, que como dicen los monjes, no hay que mostrar en comunidad.

Un refugio y oasis, huyendo de las prisas que la vida actual nos hace imponernos, la misa dominical en el Monasterio de Leyre, que así lo escribía Pedroarena. Y al terminar, imposible no saludar al que fuera su prior durante 17 de los 55 años en que profesó como monje y 47 ordenado sacerdote, y comentar cosas de Pamplona y su catedral. Así surgió una tertulia sobre una de sus pasiones, las campanas. Porque cuando se llega con tiempo, es fácil escuchar el consort bien afinado de las campanas situadas en la cubierta y torre del monasterio, convocando a la comunidad benedictina y al pueblo fiel. Así me explicó en cierta ocasión, una bella historia sobre la fundición de la primera campana, tras la restauración de su vida monástica, de la que su biblioteca tendría también su aparte, fundida con el cobre procedente de unas monedas –presumiblemente anteriores a los submúltiplos de la peseta- que un farmacéutico iba guardando en su botica, al que solo faltó añadir en su justa medida el estaño, para convertirlos en un instrumento musical. Fue tan poético el relato, que no pude evitar trasladar al grupo de campaneros de la catedral de Pamplona recién formado por Jesús Pomares, el interés por conocer esa historia y visitar su campanario.

“EL BADAJO DEBE BESAR LA CAMPANA”

En víspera de San silvestre de 2012, -un año en que casualmente se conmemoraban dos efemérides en la Hª del Antiguo Reyno de Navarra, de cuyos monarcas se conservan en la abadía sus restos mortales, que algún cronista de aquellos entonces, se atrevió a poner en duda, y según me explicó Pedroarena, oyó lo suyo-, tras una recepción y charla previa, el grupo de campaneros, accedió después a la cubierta del edificio pasando inevitablemente por la clausura, -por lo que las mujeres de la foto tuvieron que seguir la demostración a pie de calle-, para visitar con Pedroarena el grupo de campanas, cuya fundición y epigrafías fueron realizadas bajo su dirección, y el canje o fundición de una de ellas, que no acababa de empastar con el resto. Con una delicada motorización en el medio bandeo, que logra que el badajo de la campana vaya al encuentro de la campana, besando el bronce.

En febrero de 2020 escribí un artículo para PREGÓN siglo XXI sobre la campana Gabriela, con motivo de su 500º aniversario en julio de 2019, que vio la luz en enero de 2021 después del paréntesis obligado de la pandemia, al hilo de la finalización de la restauración del claustro pamplonés. Un ejemplar que poco después facilité a José Antonio en consulta externa en el CHN, para escribir él otro tanto sobre una campana de la Real Colegiata de Roncesvalles, pegada a su Burguete natal, que rivaliza en tamaño con la Gabriela.

José Antonio Pedroarena muestra su campanario a los campaneros de la catedral.
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José Antonio Pedroarena muestra su campanario a los campaneros de la catedral
José Antonio Pedroarena muestra su campanario a los campaneros de la catedral.

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El pasado 8 de septiembre, festividad de la Natividad de la Virgen, Aurelio Sagaseta interpretó con Julián Ayesa al órgano, en el ofertorio de Misa de 12, una melodía dedicada a la Virgen, que se canta en la Colegiata de Roncesvalles, Orriako Ama-Lurdeko lorea, compuesta por Pierre Narbaitz, canónigo y vicario general de la Diócesis de Bayona, y aún no sé muy bien por qué, me dio por grabarla de aquella manera. El asunto es que el lunes 9 de septiembre sabiendo que Dom José Antonio estaba malito, se la envié a su móvil para que la escuchara cuando tuviera temple, y al hacerle una visita breve en el CHN al salir de mi cercano lugar de trabajo, una vez tarareada me explicó que tres de sus estrofas estaban dedicadas a la Virgen de Lourdes y otras tres a la de Roncesvalles. El saber del monasterio trasciende sus muros. Con esa melodía y la oración de mi madre, madre de familia numerosa, que le expliqué rezaba de joven a diario en familia para que mis tíos fueran santos sacerdotes, capuchinos y misioneros, se quedó confortado recordando probablemente a la suya, antes de bajar al quirófano para una transfusión delicada. Me quedo con su amable recuerdo, y recia fe. De su vida monacal y sacerdotal intramuros hablará su Comunidad, faltaría más, de su capellanía en Policía Foral de Navarra y a los que ha casado, los que le han conocido prestando ese servicio, y de sus colaborativas vacaciones y convalecencia en Burguete, el prior de Roncesvalles. D.E.P. Dom José Antonio Pedroarena ante la maternal presencia de Santa María de Leyre, madre de la Esperanza. Las afinadas campanas del Monasterio de Leyre nos lo recordarán, domingo a domingo, en el eco de sus montes en Leyre, Sangüesa y Javier.

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