María Teresa Aldaz Querejeta, rochapeana y trabajadora social

María Teresa Aldaz Querejeta
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Juan-Cruz Alli y Loli Turillas

Actualizado el 28/08/2024 a las 09:32

El día 7 de agosto falleció a los 82 años María Teresa (Tere) Aldaz Querejeta, hija de Ángel y Jesusa. A sus hermanos María Ángeles, Joaquín, Evaristo, Juancho, Jesús y Merche, y a su amiga-hermana Sagrario Morell Tejedor la condolencia de sus amigos.

Desde que su hermano Jesús me transmitió su delicado estado de salud recordé el origen de nuestra antigua relación en nuestra infancia en la Rochapea. Mi abuela materna, tías y tío vivían en la “casa de Aldaz”, que había construido su abuelo Alejo para los trabajadores de los curtidos; era fama que se había hecho con piedra de sillares procedentes del derribo de las murallas. Su hijo Ángel, padre de Tere, la convirtió en fábrica de jabones finos (“Koken”) y domésticos (“El Gaitero”). Formaba parte de un pequeño núcleo industrial que, junto con la fábrica de botones de Castells, los semilleros de Manuel y Vicente Huici, la chatarrería-trapería de Estremera y los talleres de Arrieta de la calle dedicada al vecino Joaquín Beunza llegaban hasta la avenida de Marcelo Celayeta. A su alrededor los cultivos de plantas y huerta suministraban alimentos, flores y semillas a la ciudad.

En mis estancias en casa de la abuela Juliana los vecinos José Luis, Alfredo y María Esther Yoldi, cuyo padre Anastasio, trabajaba en la fábrica, me llevaban a casa de los Aldaz a jugar con María Ángeles y María Teresa (Tere ya para toda su vida), a montarnos en la galera de transporte que tiraba la yegua “la chata” y subía mercancías de la fábrica a la ciudad; íbamos a la “novenica del Niño” en El Salvador, a ver los terneros de Vicente Huici, llegando a veces hasta la orilla del río donde había barcas para pescar barbos y madrillas, que se vendían en el mercado de Santo Domingo. Para un chico de la calle Mayor y la Taconera bajar a la Rochapea era entrar en un espacio rural integrado por una gran familia de vecinos que se conocían y trataban por sus nombres propios.

En ese mundo conocí a Tere, perdiendo el contacto hasta reencontrarnos y reconocernos, ya adultos. Desde la infancia las hermanas Aldaz eran dos personalidades muy distintas. María Ángeles era la belleza serena y angelical y Tere una guapa abierta y espontánea. Al cabo del tiempo, seguía siendo la chica simpática y encantadora de nuestra infancia, cuyo rostro expresaba su vitalidad, alegría y coraje de vivir.

Tras sus estudios en las Ursulinas, fue una de las primeras alumnas de la escuela diocesana de “asistentes sociales”, que se estableció en “La Providencia” y dirigió la peraltesa Sor María Ángeles Brun. En ella, con su ya íntima amiga Sagrario Morell Tejedor, de la familia de la fonda de la estación, coincidieron con quien sería mi activa y paciente esposa y madre de mis hijos, Loli Turrillas Roldán.

La especial sensibilidad para conocer y tratar de resolver los problemas de las personas la manifestó Tere colaborando con su parroquia rochapeana hasta que Cáritas diocesana organizó un sistema social que las tenía como unidades básicas de detección, conocimiento y gestión de las soluciones. En este modelo Tere y Sagrario trabajaron, vivieron y se comprometieron en Echavacoiz, entonces núcleo con problemas de integración de la inmigración, y Loli en San Agustín con cuestiones similares.

Las primeras “asistentes sociales” fueron protagonistas del cambio socio-cultural y de la sensibilidad que afectó a su transformación en “trabajadoras sociales” y al compromiso público con los problemas sociales hasta establecer el Estado Social de Derecho y Bienestar propio de los países europeos. Su formación pasó de la “escuela diocesana” a ser universitaria, inicialmente en la Universidad de Navarra y actualmente en la Universidad Pública, demostrando la importancia de su función en nuestra sociedad.

El cambio más profundo que introdujeron las pioneras fue superar la idea de aplicar la “caridad” para resolver cuestiones que exigían practicar la justicia y la solidaridad colectiva a la vida social. Si en los primeros tiempos el canónigo consiliario de Cáritas presentó a las “asistentes sociales” como “profesionales del amor” caritativo, se convirtieron por necesidad en “trabajadoras sociales” capaces de aplicar los medios personales y colectivos a la mejora de la vida de los desfavorecidos, por el estudio integral y científico del caso concreto sin paternalismos ni otros condicionamientos.

Contribuyeron a dar una dimensión intersubjetiva a la responsabilidad social, basada en la dignidad e igualdad de las personas, en la íntima relación de la justicia social y los derechos humanos, la prosocialidad y la ética de la distribución responsable de los bienes. Y aportaron su experiencia para que los poderes públicos transformaran la “beneficencia” en prestaciones del “servicio público” con la gestión del “bienestar social”.

Tere Aldaz fue una de ellas, sirviendo su convicción, vocación y compromiso con sonrisa, diligencia y sentido de la justicia. Sagrario Morell fue la primera asistente social del Ayuntamiento de Pamplona. Otras compañeras lo hicieron en la Diputación Foral, como María Dolores y Elena Aranguren, en la Casa de Misericordia y en algunas empresas importantes.

Tejieron la primera red de la detección, estudio y tratamiento de las atenciones sociales, que es parte sustancial de nuestra sociedad.

En los momentos finales Tere demostró, una vez más, su personalidad decidida. De entre las soluciones que le ofrecía la ciencia médica optó por dejar actuar a la naturaleza, consciente de que el dolor propio y ajeno es menor cuando es conocido y previsto. En su vocación y entrega al servicio de los demás sabía que “el alma vence…/ al ángel de la muerte y al agua del olvido” (A. Machado). En su muerte fue congruente con la sencillez, reciedumbre, magnanimidad y sentido del deber y la justicia que caracterizó su vida. Descansa en paz, amiga.

Los autores eran amigos de la fallecida

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