Reportaje
Historias de una N-240-A abandonada: "El parking del Gure Kaiola siempre estaba lleno"
Así se encuentran las cunetas de los 5,5 kilómetros que hay entre Berrioplano y Sarasa


Actualizado el 26/05/2024 a las 10:51
Estas fotografías se han tomado en los márgenes de la N-240-A, en los 5,5 kilómetros que hay entre Sarasa y Berrioplano. Instantes que se podrían haber captado hace años, puesto que nada ha cambiado en esta arteria que corre paralela a la AP-15 y a los nuevos kilómetros de la Vía Verde del Plazaola. Un paisaje “abandonado”, lamentan algunos vecinos de esta cuneta en la que se distinguen restos de un hotel y una sala de fiestas que fue referente de la movida navarra. Imágenes de casas antiguas de piedra –una de ellas de 1830– y grandes naves que desprendían olor a imprenta, pan, gallinas e incluso a concesionario. Maribel Sarasa y su hijo Álvaro Aizpun, de 83 y 47 años; Javier Lumbier (70); y Sabino Vallejo (77) recuerdan sus vidas tras estos muros arruinados y apuntan a la pasividad de la Administración como el origen de tal desolación. “Solo reaccionarán cuando terminen de hundirse y suceda algo”.






"AQUÍ VENÍAMOS DE CHAVALES A COMPRAR GALLETAS"
En la primera casa con grafitis de esta primera serie fotográfica vivían dos hermanas que alquilaban las naves industriales correspondientes a la segunda imagen. “Naves que albergaron todo tipo de negocios”, detallan dos vecinos de Berrioplano. “Una de las hermanas murió y la otra ingresó en una residencia. Y nunca más se supo. Creemos que un fondo buitre se quedó con todo a la espera de un plan urbanístico”. Respecto a la casa del tejado hundido, “aquí comprábamos galletas de chavales. La llamábamos casa estanco”.


"EL PARKING DEL GURE KAIOLA SIEMPRE ESTABA LLENO"
Álvaro Aizpún pasea con su perro por el recién acondicionado camino del Plazaola. La intención es perderse por esta vía verde hasta Pamplona. Para ello, tendrá que pasar por delante de la mayoría de los edificios abandonados que aparecen en este reportaje. Primero, lo hará por el que fue el hotel y restaurante Gure Kaiola, del que le llegan momentos de encuentros familiares en torno al vermú, y luego caminará por delante de la que fue una sala de fiestas a la que solían acudir sus padres, Maribel Sarasa y José Aizpún. Fue un vecino de la misma localidad, Sarasa, quien edificó primero el hotel y luego la discoteca. “Yo tendría 14 años. Recuerdo que este aparcamiento estaba siempre lleno. Era una maravilla. Es una pena verlo así. Creo que tienen intención de derribarlo”.


"ESTE EDIFICIO ERA UNA SALA DE FIESTAS, AQUÍ CANTÓ MARI TRINI"
En los años 80, un autobús amarillo trasladaba a la gente de Pamplona con ganas de fiesta desde las inmediaciones del Hotel Tres Reyes a la discoteca Gure Kaiola en Sarasa, a unos 12 kilómetros de distancia. Una sala de fiestas, cuentan, que se adelantó a su tiempo. “Organizaba conciertos en directo e incluso suelta de vaquillas”. Hoy, sus tabiques han quedado engullidos por la vegetación. Se puede comprobar su estado en uno de los tramos recién acondicionados del Plazaola en la N-240-A.
Allá por el año 2009, este mismo periódico denunció su abandono. A la discoteca le siguió un asilo que llegó a contar con un centenar de plazas. Sin embargo, el Gobierno de Navarra se vio obligado a cerrarlo al detectar fallos en la estructura del lugar que no fueron subsanados. Y, diez años más tarde, en febrero de 2019, varios incendios terminaron por sentenciarlo.
Maribel Sarasa, de 83 años, y su marido, José Aizpún, llegaron a disfrutar de algunos de sus conciertos. “Solíamos ir a bailar a la discoteca”. Aún rememoran a Mari Trini y a Sergio Dalma, y que la sala de fiestas abrió un Jueves Santo. “Y mi padre se puso...”, ríe al mencionar la anécdota. “Vino muchísima gente y el aparcamiento se llenó. También recuerdo que el hotel se abrió en 1971 porque me casé ese mismo año”.


"EL ÚLTIMO COMPRADOR QUISO REHABILITARLA Y NO SE LO PERMITIERON"
Sabino Vallejo, de 77 años, reside a pocos metros de la N-240-A. Concretamente, en la trasera de la conocida como casa Zamargin, ubicada en el mismo arcén. Sus muros se levantaron en 1830, dice el arco de piedra de una fachada arruinada por grafitis. “La familia que la construyó tenía tanto poder que llegó a traer a Navarra dos segadores desde América”, esgrime Vallejo con seriedad. “El problema es que la casa ha pasado por varias generaciones y compradores. El último quiso rehabilitarla y creo que por la ley de Carreteras no se lo permitieron”.


"EN SU ORIGEN ERA UNA PANADERÍA Y AHORA UNA GRANJA AVÍCOLA EN RUINAS"
“Esta otra casa abandonada de Añezcar (fotografía superior) la compró un médico catalán que luego amplió con naves anexas para criar gallinas”. Lo cuenta Javier Lumbier, vecino de Añezcar de 70 años. El mismo que posa sentado en la parada de autobús amenazada por la espesura de la fotografía principal de este reportaje. “Aquel hombre lo vendió todo a un vecino de la muga con Francia, que siguió montando otras naves para gallinas. Al final, se deshizo de todo y se lo vendió a dos hermanos de la comarca de Ultzama. Todavía hay gallinas, pero está todo en ruinas”, observa, sentándose en la marquesina. “Deberían desbrozar la maleza. Aquí paran autobuses de la Burundesa y la Mugiroarra”.
Este tramo de la N-240-A atesora historias que le sobrevienen rápidamente al recordar. “En apenas siete meses murieron aquí seis personas en seis accidentes de tráfico y de ahí que pusieran los autobuses amarillos desde Pamplona”. Lumbier jugaba a rugby y, cada vez que podían, se reunía con la plantilla en una sociedad de Añezcar para continuar “la juerga” en el Gure Kaiola. Ríe. También alude a la ley de Carreteras para hablar del abandono de estos edificios. “Están dejando que se hundan”.