Vivir en la calle (I)

La vida oculta en las calles de Pamplona al salir del albergue: "Es indignante lo que sucede"

Así es un día cualquiera en la vida de personas sin hogar en Pamplona. Una jornada con lluvia y niebla, desde las ocho de la mañana hasta las ocho de la noche, con el recuerdo de dos fallecidos por frío en nueve meses

Hassan, de 23 años, sueña con jugar a fútbol. Algunos de los chicos sin hogar se refugian en Pamplona en tiendas de campaña junto al río al salir del albergue.
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Hassan, de 23 años, sueña con jugar a fútbol. Algunos de los chicos sin hogar se refugian en Pamplona en tiendas de campaña junto al río al salir del albergue.
Hassan, de 23 años, sueña con jugar a fútbol. Algunos de los chicos sin hogar se refugian en Pamplona en tiendas de campaña junto al río al salir del albergue.

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Iván Benítez

Publicado el 21/01/2024 a las 05:00

Dos noches después del fallecimiento por hipotermia de una persona que dormía en un banco de una plaza de Pamplona, tres hombres de 27, 33 y 37 años eran expulsados del albergue de las Damas Apostólicas por haber guardado durante el día parte de su equipaje en las taquillas. “Estáis expulsados. Son las normas”, les recriminó la responsable del turno. Esa noche de lunes, 15 de enero, estaba presente el recuerdo de otra persona sin hogar que falleció por frío en la capital navarra la madrugada del 17 de abril en el túnel de Plazaola, muy cerca del albergue de Trinitarios. Mikel, de 44 años, murió sobre unos cartones y bajo un paraguas.

Un periodista de Diario de Navarra y un voluntario de Apoyo Mutuo, Pello Lasa, son testigos de la reacción de la trabajadora. Sorprendidos por lo presenciado, preguntan por su conducta.

-Hace dos días murió un hombre en la calle por hipotermia mientras dormía y ahora el albergue va a dejar fuera a tres chicos por dejar ropa en la taquilla.

-Lo siento, son las normas, aunque haya muerto una persona se quedarán en la calle.

- ¿Y no pueden acogerles en alguno de los otros dos albergues habilitados?

-No. Han sido expulsados.

Después de ser expulsados del centro, a las nueve de la noche, los tres afectados por la decisión de la empleada del hospedaje -un senegalés, un argelino y un español- deciden sentarse al otro lado de la acera y esperar. “¿Qué hacemos ahora? ¿Nos vamos a buscar un sitio donde dormir en la calle o nos quedamos?”. Se sienten abatidos. “No lo comprendemos. Nunca hemos tenido problemas con nadie, somos personas responsables y nos tratan como a animales. Nos echan sin tener en cuenta si hemos comido algo durante el día o si tenemos siquiera una manta. No comprenden que no podemos estar cargando con el equipaje mientras buscamos un lugar”.

Junto a los chicos, Pello Lasa hace un par de llamadas tratando de evitar que duerman al raso en una Pamplona que empieza a cubrirse de niebla. Y tras la segunda llamada telefónica desde la puerta del albergue, llega por fin un destello de cordura. “Os acogerán finalmente en el hospedaje Jesús y María del Casco Viejo”, les comunica el voluntario. Este alojamiento no incluye cena ni desayuno, como en el centro de González Tablas y el de Trinitarios, y los chicos no han comido nada. “No importa”, sonríen, alejándose entre luces y sombras. El cansancio puede más que el hambre.

Esta es la crónica de un día cualquiera para personas sin hogar, sin padrón y sin manutención, las más vulnerables, desde las ocho de la mañana hasta las ocho de la noche. Una vida oculta al salir del albergue, con el recuerdo de dos hombres fallecidos por frío en nueve meses.

Jóvenes sin techo del albergue acuden a la biblioteca municipal en busca de calor.
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Jóvenes sin techo del albergue acuden a la biblioteca municipal en busca de calor.IVÁN BENÍTEZ
Jóvenes sin techo del albergue acuden a la biblioteca municipal en busca de calor.

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"AL ALBERGUE LLEGAMOS AGOTADOS Y HAMBRIENTOS"

La pesadilla comienza al despertar. Los cuerpos aún no se han recuperado del día anterior y encima les comunican que se ha desactivado el protocolo de ola de frío. Eso significa que los usuarios deben abandonar antes el edificio, entre las ocho y las ocho y media. A esta hora, la humedad acuchilla a ocho grados. La niebla sigue latente y llueve con fuerza. Todo a la vez. Y solo han desayunado un café con leche y una magdalena. “Los días se hacen muy largos y no sabes dónde meterte. Solo buscamos espacios con calor”.

Nueve de la mañana. Algunos de los jóvenes han acudido a la biblioteca. En el interior, escriben en el ordenador y leen libros con el propósito de aprender castellano, sostienen. Hay quienes se quedan sentados con la mirada fija y se quedan dormidos. La mayoría lleva meses en Pamplona y todavía no han sido recibidos por una trabajadora social. Tampoco tienen padrón ni reciben ningún tipo de ayuda. Los más afortunados, solo tres de los quince que conforman este grupo en la biblioteca, dicen que pueden comer en el París 365. El resto no probará bocado en todo el día.

Salima, 54 años, enferma y agotada después de andar durante horas por la calle, se recuesta en una mesa en Geltoki. Trabajaba como administrativa en el Parlamento argelino.
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Salima, 54 años, enferma y agotada después de andar durante horas por la calle, se recuesta en una mesa en Geltoki. Trabajaba como administrativa en el Parlamento argelino.IVÁN BENÍTEZ
Salima, 54 años, enferma y agotada después de andar durante horas por la calle, se recuesta en una mesa en Geltoki. Trabajaba como administrativa en el Parlamento argelino.

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En un momento dado, confiesan que al hambre se suma el miedo que a veces sienten dentro del albergue. “Te sientes desprotegido. Sientes que eres un animal. Te están amenazando constantemente con sacarte fuera”. Y a este miedo se encadena el cansancio. “Llegamos agotados a la puerta del albergue y nos mantienen fuera dos horas hasta que nos permiten entrar. No somos animales”, reiteran. “Y cuando por fin entras y te sientas a cenar, si eres de los últimos te suele quedar muy poquita comida... Y con el hambre que llegamos”, coinciden todos.

Al impacto psicológico de emigrar de un país arriesgando la vida, en patera, bajo un camión o caminando, se suman las enfermedades. Algunos muestran dolencias gripales. “No queremos solo una cama, necesitamos desayunar y comer mejor, pero, sobre todo, queremos aprender bien castellano, formarnos y trabajar”. En el grupo destaca un nicaragüense de 32 años, que no duda en aportar algo más. “Los baños están sucios porque algunos no respetan nada. Propongo que desde el albergue organicen grupos de limpieza y nos encarguemos nosotros, así pasamos más tiempo activos”.

"CAMINAS SIN SABER DÓNDE METERTE Y SIN PROBAR BOCADO"

Una de la tarde. Sigue lloviendo con intensidad. El mercurio marca diez grados pero la sensación de humedad persiste. Dentro del edificio de Geltoki (antigua estación de autobuses), en una de las mesas de madera, Salima, 54 años, no puede más y deja caer muy lentamente la cabeza. Las manos amortiguan su cansancio. “Está enferma y muy cansada. Y nos han dicho que si se llena el albergue no podremos quedarnos más tiempo”, comenta Ismael, su hijo, de 24 años. Ambos llevan horas combatiendo el frío y la lluvia desde que dejaron el albergue de Trinitarios a las ocho y media de la mañana. Con un café con leche y un trozo de pan duro, cuentan que no volverán a tomar nada más caliente hasta que regresen a las nueve de la noche. “Mientras tanto, pasamos el día caminando en la calle. Por eso mi madre ha enfermado de la garganta. El peor día es el domingo. Todo está cerrado y no sabes dónde meterte”.

Relatan que llegaron el 5 de enero en ferry desde Argelia con un visado de turista. Ella es administrativa en el Parlamento argelino y él estudiante de Derecho; su sueño es conseguir que Ismael pueda realizar un máster. “En Argelia es imposible vivir. Yo cobraba 200 euros al mes en el Parlamento y los precios de los alimentos y de las viviendas están muy altos. Nos han dicho que a los jóvenes se les ayuda aquí con los estudios”.

En el albergue también han conocido a una mujer de Marruecos de 44 años, Fatna, completamente sola. En su caso, al morir su marido tuvo que buscar un empleo y se aventuró a viajar a España gracias a un contrato para recoger fresas. Al finalizar la recogida decidió buscar empleo en Navarra para poder alimentar a cuatro hijos que se quedaron en su ciudad con unos vecinos. “Allí no tenemos nada. En cuanto pueda ahorrar mandaré dinero a mis vecinos para devolver todo lo que están haciendo por mí”. Salima se incorpora, mira fijamente a Fatna y sus manos se engarzan con fuerza. “Ahora somos una familia”.

"ES INDIGNANTE LO QUE SUCEDE"

En la mesa también hay otras dos mujeres, de Perú, que se vieron obligadas a huir tras sufrir violencia por su identidad sexual y que estos días también han encontrado un lugar donde dormir en el albergue. “Hemos sufrido todo tipo de amenazas en nuestro país. No podíamos seguir allí más tiempo. Y no denuncias porque la policía se ríe”. Voluntarias de los colectivos sociales les informan y asesoran en el Puesto de Información para Migrantes (PIM). Y hay quien recuerda que por el hecho de no poseer papeles no se es ilegal sino irregular. “Es indignante lo que está sucediendo en Pamplona. No hay unos criterios fijos en los recursos habilitados para estas personas sin hogar”, se queja una de estas voluntarias. “No puede ser que los chavales tengan que salir a las ocho de la mañana del albergue, una vez que se ha desactivado la ola de frío, y se peguen hasta la noche deambulando sin saber qué hacer. No tiene sentido”.

Algunos de estos chicos coinciden al denunciar la falta de comida y el frío como el mayor de los problemas al salir del albergue. “El domingo es el peor día. Lo llevamos muy mal porque está todo cerrado y no sabemos dónde calentarnos”. Detrás de los números de la exclusión hay jóvenes con sueños.

Mehdi, de 30 años, duerme desde hace varios días en el albergue Jesús y María. De momento, como en este refugio no hay manutención, ha salido sin desayunar hacia Geltoki para que le ayuden a inscribirse en cursos. Le han admitido en uno de castellano y otro de cocina. Pero, para acudir a ambos puntos debe ir en villavesa y, sin recursos, son las entidades las que afrontan de su bolsillo los desplazamientos. “No se cuentan con medios suficientes y no estamos adaptando el sistema de protección para favorecer una sociedad de cuidados que no permita la exclusión administrativa y residencial de las personas que llegan a Navarra”, evidencia Tere González, coordinadora de Apoyo Mutuo.

Amar, 34 años, llegó en patera de Argelia.
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Amar, 34 años, llegó en patera de Argelia.IVÁN BENÍTEZ
Amar, 34 años, llegó en patera de Argelia.

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“Siempre es esperar, esperar, esperar. Pasamos mucho frío y nos metemos en la biblioteca o en autobuses”, detalla Ahmed, 21 años. “Sales con un café bebido y un trozo de pan del día anterior o una magdalena, si llega, porque no siempre alcanza. Y por la noche pasa lo mismo. A los primeros que entran se les reparte más ración que a los últimos. ¿Por qué no nos ayudan a formarnos? Solo queremos trabajar”.

Ibrahim (19), cuatro meses en Pamplona, viajó de Marruecos a Turquía y de allí caminando a Italia y luego a Navarra. “Necesito cambiar de vida, aprender español y formarme”.

Mohamed (26) estudiaba Turismo en Rusia cuando estalló la guerra. “Aquí llevo tres meses. Vine porque en Polonia conocí a una mujer que me aconsejó viajar a Navarra. Me contagié de sarna por dormir en la calle y no poder ducharme”.

Hassan (23) sueña con volver a jugar a fútbol. “Llevo cuatro meses en Pamplona y dos en el albergue. Pasas el día en la calle”.

A las ocho de la noche, los corazones palpitan frente a una nueva pesadilla. Decenas de personas sin hogar se concentran frente a la puerta del albergue de las Damas Apostólicas. A partir de este momento, con frío y lluvia, después de un día sin apenas probar bocado, comienza un protocolo de acogida que se puede demorar hasta dos horas.

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