Residencia

El milagro diario de las Hermanitas de los Pobres en Pamplona

Once religiosas, de ellas cuatro en activo y 40 personas contratadas atienden a 53 mayores en la residencia de la avenida de Guipúzcoa. Sin subvenciones, solo con pensiones mínimas y donativos

En primer término una de las cocineras, Toñi Arias, con las hermanas Isabel y Teresita. Detrás otra cocinera, Rosa Goñi, este lunes en la cocina de la casa.
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En primer término una de las cocineras, Toñi Arias, con las hermanas Isabel y Teresita. Detrás otra cocinera, Rosa Goñi, este lunes en la cocina de la casa
En primer término una de las cocineras, Toñi Arias, con las hermanas Isabel y Teresita. Detrás otra cocinera, Rosa Goñi, este lunes en la cocina de la casa.

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Pilar Fernández Larrea

Publicado el 17/10/2023 a las 05:00

El horizonte pinta gris este lunes 16 de octubre en un otoño que ha vestido de verano en Pamplona. La luz corretea a pesar de todo en el vestíbulo de la casa de las Hermanitas de los Pobres en la avenida de Guipúzcoa. Tras el cristal se ve un coche que aparca, el conductor abre el portamaletas y saca varias cajas cargadas con manzanas. “Es un bienhechor, uno de tantos que llaman a la puerta cada día. Solo queremos dar las gracias porque si ayudamos a los pobres el Señor bendecirá”, apunta la hermana Eva. “No tenemos apellidos aquí, solo soy sor Eva”, explica la más joven entre las once hermanas del hogar. Sevillana, cuenta 55 años y 35 años de vida de entregada que le hacen sonreír cada mañana, aún cuando le trasladaron a Pamplona hace cuatro meses. Hasta que llegó, no había probado el relleno. Está en el menú este lunes. Con tomate. Y de primer plato, sopa y porrusalda; para postre, yogur o fruta y después café, leche o infusión. Para cenar: sopa, verdura, croquetas; fruta o yogur; leche o infusión: “Comida tenemos. Muchas personas nos donan en especie, traen fruta con la que hacemos compotas, verduras para los purés, leche... y el 5 de noviembre será la Operación Patata”.

No falta alimento, pero los gastos se disparan para sostener un centro que atiende a 53 personas con pocos recursos, con pensiones mínimas, sin subvenciones, 40 personas en plantilla, y muchas facturas cada mes. Solo un ejemplo, la última de luz, la de septiembre, suma 9.853,16 euros.

La de Pamplona es una de las 25 casas de la congregación en España, además de las que tienen en África y América. Cada una de ellas es “un milagro diario”. Lo será también hoy, cuando se conmemora el Día Mundial de la Erradicación de la Pobreza. Cuesta a veces, ensartados en la sociedad individualista del s.XXI comprender el espíritu de estas religiosas, seguidoras de su fundadora, la francesa Juana Jugan y de San José. Solo aceptan en su casa a personas pobres. Es frecuente que llamen a la puerta otras con recursos, con una buena pensión, una vivienda o tal vez dos. “Ocuparían la plaza de alguien que lo necesite de verdad y pueden pagar una residencia”, argumenta la hermana Eva. ¿Pero si alguien ha ganado mucho dinero y lo ha derrochado, se ha quedado sin nada? “Aunque lo haya derrochado, es pobre, no indagamos en el pasado de nadie. Si acogiéramos a ricos dejaría de tener sentido nuestra labor. No podemos hacerlo y salir a pedir y parte de nuestro carisma es la colecta”, sentencia.

Asiente la hermana Teresita. Tiene “setenta y pico años”, anda ligero y mira transparente. Entró en la congregación con 14. “La vocación nació en mi casa, en Granada, con mis padres que eran muy buenos. Siempre ponían un plato a los pobres. Me costó despedirme de ellos, con lo madrera que yo era, pero todos los días de mi vida he sido feliz”, describe su periplo por Colombia, Puerto de Santa María, Jaén, Barcelona, Palma de Mallorca, las tres casas de Madrid, hasta recalar en Pamplona hace un año y dos meses. Tampoco ella había probado el relleno. Se encarga de la planta de asistidos. “Los más simpáticos”, dice mientras abraza a la veterana de la casa, Esther Fernández, 103 años. “Es canaria y entró con su madre, todavía en la casa antigua. No tiene a nadie y siempre da las gracias. Todos los días”, sostiene y descubre que hay además otras dos personas centenarias. Una es Blanca Sardina, cien años y una vida azarosa. Se desplaza ágil con su andador y despide a su hijo misionero en Ecuador, de visita estos días.

Junto a ellas, saluda la hermana Isabel, el rostro que sale a la calle a pedir donativos. “En los pueblos puerta a puerta, en la ciudad es diferente, vamos a casas de personas que colaboran con nosotros de manera habitual porque ya no encuentras a la gente en casa”, subraya que no quieren perder ese contacto directo con sus benefactores, a pesar de los nuevos tiempos en las donaciones, ahora mediante número de cuenta o Bizum. “Una persona me dijo que le da vergüenza pedir, pero ella se ofrece a llevarme en coche, es una manera de catequizar”, entiende la religiosa.

La hermana Isabel, natural de Cuenca, llegó en plena pandemia desde Talavera de la Reina. Es ya una más en Buztintxuri. En la puerta recibe a las enfermeras que acuden a los cuidados paliativos de un residente. “Nos cuesta tanto que se mueran en el hospital, es un tapiz en nuestras vidas cuidarlos hasta el último momento, esta es su casa”, dice y al poco saluda a una residente que le acompaña en su periplo por los pueblos. Y reparan en todas las personas que cada día cruzan la verja dispuestas a ayudar, como los tres médicos jubilados, pero todavía colegiados para poder ejercer la medicina con las personas que más lo necesitan. “Su labor es inmensa”, apostilla la hermana Eva: “Necesitamos muchos especialistas en enfermería, en fisioterapia, terapeutas, trabajadora social, además de personal en la cocina, lavandería...”

María Pilar Iturralde es una de las personas voluntarias. Plancha junto a Marian Sesma, dos veces por semana. “Qué bien y que a gusto estamos aquí. No hay residencia como esta, en el trato, no lucrativa”, apunta. “No la catalogaría como una residencia, sino como un hogar”, precisa Marian. “Es una familia, el anciano no es un número”, añade María Pilar.

El buen ambiente perfuma cada esquina de la casa. Sonríen las cocineras del turno de mañana, Toñi Arias y Rosa Goñi, sin olvidarse de su compañera de tardes, Marian Ruiz. “Puré para las personas asistidas y verdura preparamos a diario, hoy con calabaza”, explica Toñi. La planta para personas asistidas, las que más cuidados precisan, cuenta también con voluntarios “para dar de comer a la boca”. Y en la segunda están las habitaciones del resto. Pero hay hueco y hay explicación para ello. “Las personas alargan su estancia en casa hasta que no pueden más, cuando precisan de muchos cuidados, pero las plazas asistidas son limitadas y mucho más costosas y sin embargo tenemos plazas libres. Y, bueno, la gente de calle calle no quiere ingresar”, afirman en todo caso que el único requisito es haber cumplido 65 años y no disponer de recursos.

Hay esidentes que colaboran en las tareas. Lo corroboran Carmen González Luquin, Felipe Abruza y Jesús Biurrun mientras pelan decenas de cabezas de ajos. A unos metros la trabajadora María Pilar Beraza atiende las lavadoras que trabajan sin parar en un entorno de luz tenue. “La enciendo lo menos posible, hay que ahorrar”, sugiere. “Pero la ropa debe estar limpia a diario, los mayores se cambian todos los días”, tienen claro las hermanas.

De las once hermanas cuatro están plenamente activas. Las tres que hablan en el reportaje se suma la superiora, Rosa León, estos días de viaje. Duermen tranquilas, a pesar de la incertidumbre. “Nunca pensamos en el dinero. La providencia es cada uno de ustedes. La obra sigue y no somos ningún talento”, razonan inmersas en una labor que inician a las 6:45 y acaban sobre las 23:15. Empezamos con el Señor, laudes y meditación, y terminamos con completas”. “Los tiempos del Señor no son los nuestros”.

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