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Prostitución

Bajo los escombros del negocio de la prostitución

Vecinos de Berriozar describen lo que sienten a los pies del derribo del club Carioca, que se llevó a cabo esta semana

Ampliar La demolición del edificio del Carioca en Berriozar (comarca de Pamplona) comenzó el lunes a las 10.30 horas y finalizó el jueves a las 17. 45 horas.
La demolición del edificio del Carioca en Berriozar (comarca de Pamplona) comenzó el lunes a las 10.30 horas y finalizó el jueves a las 17. 45 horas.iván benítez
Publicado el 22/05/2022 a las 06:00
Colchones, ecografías, pañales, ropa de niño y niña, silletas, documentación, álbumes familiares, incluso de una boda, peluches, preservativos, una postal del antiguo Hotel Maitena. Todo esto es lo que los operarios de la empresa de demoliciones Erri Berri pudieron rescatar de las habitaciones del club Carioca, en Berriozar, dos semanas antes del derribo del edificio, que comenzó el lunes a las 10.30 horas y finalizó el jueves a las 17.45.
El chillido de la cadena de la máquina y la sonoridad de las golondrinas marcan el inicio de la demolición a las ocho de la mañana. Primeros brochazos de un diario de contrastes en la misma falda del monte Ezkaba. Desgarros y miradas furtivas a pie de valla de obra. Gestos de felicidad e impotencia. Suspiros a 30 grados. La garra presiona, tira, arranca, hasta alcanzar cada una de las treinta habitaciones en las que miles de mujeres han ejercido la prostitución durante 21 años. “Eran víctimas de explotación sexual”, dejan claro algunos de los vecinos presentes. “¿Qué habrá sido de ellas?”, se pregunta un operario. “Da la sensación de que tuvieron que salir corriendo porque hemos sacado de todo ahí dentro”. No hay tregua. La demolición avanza, Explosión de colores: rosa, amarillo, rojo y azul. “He visto a hombres de todas las edades entrar ahí dentro, incluso a las mujeres que vivían en el club con sus hijos”, interviene Marta, que lo veía todo desde la ventana de su casa. “Si se permite algo así en el centro de un pueblo, no quiero imaginar lo que sucederá en pisos de prostitución”. Junto al derribo hay un parque infantil y una niña columpiándose. La pieza de demolición impacta una y otra vez desde la base de escombros que ha ido formando a paladas para tomar altura. Un operario riega, evitando así la polvareda. Desde los aleros se distinguen lágrimas de ferralla. Se resisten a caer. Suena el quejido de las tejas. “Ahí estaba la peluquería y eso era la cocina”. Se escucha decir a dos mujeres, extrabajadoras. “Mira, la pala está tirando ahora el depósito donde guardábamos camas”. Llegan más vecinos. No quieren perderse este momento “histórico”.
La fachada principal del Carioca, minutos antes de caer
La fachada principal del Carioca, minutos antes de caer IVÁN BENÍTEZ
Muy cerca está también Ángel Arteta, de 55 años. “Siento felicidad porque se está derribando un lugar donde se explotaba sexualmente a mujeres”, incide. “Antes de un prostíbulo era el hotel Maitena, un símbolo para el pueblo y para la cuenca de Pamplona. Aquí se han casado muchas parejas”. En la acera, apoyada en un coche, sonríe Raquel Martínez. “¡Adiós, Carioca, adiós! ¡Qué ganas teníamos!”. Bocanadas de felicidad e impotencia. “En lugares como este siempre se practica la explotación sexual. ¿A quién le gusta trabajar en algo así? Pero, claro ¿quién saca tajada de todo esto y por qué se permite algo así?”. La fachada principal supone la mayor complejidad del derribo por la fragilidad de la cornisa. La intervención requiere movimientos lentos, quirúrgicos, este es el objetivo, explican. Y el edificio no puede desplomarse. Desde una sombra, Tomás Ayllón disfruta del proceso. “La demoledora se asemeja a un dinosaurio. Parece una película”, esboza. “En cualquier caso, qué alegría se siente. Todo esto se va a convertir en una urbanización con una plaza y niños jugando. Menudo cambio. Aquí se explotaba a las mujeres...”. Pedro Valenzuela pasea con su perro. Se detiene, observa, y se remonta al Maitena, a la cena de jubilación que organizaron a un compañero en 1985. “Años después nos abrieron esto en medio del pueblo y nos perjudicó mucho al ambiente”. Sorprendentemente, se persona en coche el propietario del club. “Que quede claro que aquí las mujeres eran libres”, reprueba, al trasladarle la opinión de los vecinos. “¿Por qué los periodistas no os metéis con los pisos? ¡Allí sí están esclavizadas!”. Conversación fugaz, pero acepta a ser entrevistado.
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