Inundaciones
La Rochapea afronta el barrido de las peores consecuencias de la riada
Comerciantes y vecinos se empleaban en limpiar el interior de los locales inundados por el Arga la víspera


Publicado el 12/12/2021 a las 06:00
Parecía distinta. Casi ajena. La imagen que reverberaba ayer en el barrio de la Rochapea daba paso, apenas 24 horas después, a una estampa completamente diferente a la vivida este viernes 10 de diciembre. La fecha, como ya aventuran muchos de los vecinos, quedará grabada a fuego junto a las fuertes inundaciones de 2013. Aunque con un agravante más: “Esta vez, ha sido peor, mucho peor”. Y no, no es que lo constataran los datos, que también, sino que el agua había hecho su irrupción sin ni siquiera llamar a la puerta.
Era alcanzar la calle Río Arga y la impotencia se hacía dueña del lugar. A cada paso, un vecino, comerciante, propietario de bajera o simplemente conductor protagonizaba una historia. Su historia. La de intentar salvar “todo lo posible”. Era el caso de Julián Marcelo Yuso. Con katiuskas y escoba, trataba de poner en orden en una lonja en la que el lodo era el rey del espacio. Papeles tirados, sofás escurriendo, una televisión “para tirar” y decenas de pósters y fotografías que ya tenían remedio. Mojadas de principio a fin, este vecino se lo tomaba con humor. “Cuando recoja todo, remodelaré”, sonreía en un pequeño impass a su tarea.
LIMPIEZA EXHAUSTIVA EN EL LOUISIANA
Evidentemente que no era una competición, pero, si lo hubiera sido, la cervecería Louisiana hubiera vencido por goleada. Apenas eran las diez de la mañana y el bar, ese que esperaba poder atender a sus clientes casi de inmediato, se encontraba limpio. Un adjetivo complicado de repetir en cualquier otro local. “Los dueños vinieron ayer (por el viernes) y en cuanto las alcantarillas empezaron a tragar agua, esperaron a que el nivel del cauce se retirara de la terraza y empezaron a limpiar”, explicaban dos empleadas, fregona en mano. “Hoy ya solo queda un repaso, serio, pero un repaso”, añadían con energía. Eso sí, todavía no les había dado tiempo a probar las máquinas. “No sabemos qué funcionará y qué no”, advertían. Entre las muchas anécdotas que recordar, el hecho de que las dos primeras mesas que conforman la terraza “se fueron flotando hasta mitad de la carretera”. “Increíble”, reiteraban.
GÉNERO INSALVABLE EN LA SIDRERÍA AUZMENDI
Con positividad se lo tomaba Nera Auzmendi, gerente de esta conocida sidrería de la Rochapea. Sin haber tenido tiempo a evaluar daños en maquinaria o cámaras refrigeradoras, Nerea admitía que todavía no había sido capaz de comprobar el estado del género. “No quiero casi ni pensarlo”, se lamentaba. Preguntada sobre las inundaciones de 2013, Nerea estaba convencida que estas habían sido “mucho peores”. Con decenas de manos intentando ‘barrer’ un cóctel de barro y agua, amigos y empleados trataban de hacer inventario. “Hemos venido tan temprano que no teníamos luz y hemos tirado un cable desde el Louisiana para poder empezar a limpiar”, compartía, asumiendo que, aunque el miedo de que el río vuelva a desbordarse no desaparecerá nunca, sabe que el Arga no se puede controlar. “La naturaleza es así”.
DESPACHOS Y ARCHIVO EMPAPADOS
La sede del sindicato LAB tampoco había quedado ajena al paso de la riada. Aunque “por los pelos” tuvieron tiempo de poner algún ordenador encima de los mostradores, eran muchas las cosas que se habían estropeado. Entre papeles, documentos, un pequeño frigorífico (para la gente que se queda a comer) y decenas de enchufes, la montaña de enseres se agolpaba dentro del inmueble. “El agua entró directamente a los despachos que tenemos al fondo, ya que están a una altura inferior que el resto de la sede. Fue como un pequeño estanque. Esas son las partes más afectadas”, indicaban Iñigo Orella e Izaskun Juárez. Desde las ocho de la mañana estaban limpiando. “Y lo que queda”, consensuaban muchos de los socios. Por fortuna, los documentos y archivos de más valor se localizan en el piso superior, donde el agua no consiguió llegar.
MEDICAMENTOS INSERVIBLES EN LA FARMACIA
Volvía a llover, levemente. Eran las once de la mañana y en la famarcia Beatriz Arbizu Ros, en la calle Bernardino Tirapu, intentaban organizar el caos que el Arga había sembrado dentro de su establecimiento. “Se fue la luz a las siete de la mañana y no pudimos levantar la persiana ni abrir la compuerta para acceder”, explicaban. Con fuerte impotencia, vieron cómo el agua entraba en su local. Sin poder hacer nada salvo esperar. “Calculamos unos treinta centímetros, lo que ha estropeado cajoneras enteras de medicamentos, biberones, chupetes, el mostrador completamente abombado... La lista es larga”, admitía Beatriz. “La última vez (por 2013) nos entró menos, pero esta vez...”, suspiraban a la espera de que el seguro les cubra.
LA ACERA COMO ALMACÉN DE SILLAS DE RUEDAS
Era una de las estampas de la mañana. Material acumulado por buena parte de la acera, tratando de organizar y evaluar daños para poder dar parte al seguro. “Es importante inventariar bien y aquí hay cosas de mucho valor, es muy complicado, a la vez que te sientes completamente impotente porque apenas nos dio tiempo a salvar nada. El agua llegó tan deprisa...”. Era la reflexión de Silvia Iriarte, trabajadora en Fisio Medica Actual, establecimiento especializado en rehabilitación, material de fisioterapia, medicina deportiva y ayudas técnicas para la autonomía personal. “Justo nos dio tiempo a subir en altura los ordenadores, pero hay cantidad de cosas que han quedado inservibles”, se lamentaba la empleada tratando de poner orden a la hora de tomar fotografías para poder dar parte al seguro. “Nos han dicho que las vendas las podemos tirar, pero el resto hay que ordenarlo, y el agua alcanzó la altura de tres cajoneras. Es mucho material”. Era la plaza Sancho Abarca y apenas se veían los adoquines.
UN MOTOR QUE NO SUENA BIEN
Junto a los corralillos del gas, Samuel Villar trataba por todos los medios de poner orden en su jeep. “Para cuando llegué a por el coche, ya no me dejaron pasar. El agua alcanzó el motor y, aunque arranca, hace unos ruidos extraños”, explicaba en plena revisión. Este vecino de Joaquín Beunza y con cierta habilidad para la mecánica no se imaginaba que el cauce se iba a desbordar hasta semejantes dimensiones. “Moví el coche porque nos llegó el mensaje de alerta de la policía, pero lo que pasó fue por demás”, alegaba.
LA TORTILLA QUE SE QUEDÓ EN LA BARRA
Fue la historia de Nekane Cibiriain Basterra, propietaria del bar Arga, la que sin duda demostraba cómo la fuerza de la naturaleza es imparable. Eran las seis de la mañana del viernes y se encontraba preparando una tortilla de patata para vender con cafés y desayunos. Pero no pudo ser. El Arga decidió desbordarse a tal velocidad que la tortilla se quedó en la barra. “Así pasó”, señalaba Nekane, quien daba instrucciones a amigos y familiares para intentar poner algo de orden a un bar estampado de barro, agua y lodo. Una mesa repleta de comida, utensilios y bebida intentaba poner algo de normalidad en una mañana que para nada lo era. “En 2013 ya me pasó”, recordaba. Tanto es así que tras aquella riada de junio, Nekane decidió pintar un mural con el Arga anegando la Rochapea. El mismo que ahora distingue su local. “Tenemos todas las máquinas estropeadas, qué pena”, repetía. Y a pesar de ello, la sonrisa no le faltó.
GARAJES ACHICANDO MILES DE LITROS DE AGUA
Motobombas a pleno rendimiento. Achiques de agua por doquier. Como sucedía en un garaje comunitario para las calles Bernardino Tirapu, Joaquín Beunza y Río Arga. “Dicen que igual queda algún coche dentro, pero la verdad que no lo sabemos y, tal y como está todo, tampoco lo podemos averiguar”, comentaban a los pies de la rampa los vecinos Juan Miguel Olaetxea y Fernando Herrero. A pesar de que el subterráneo seguía sin luz, las casas sí tenían electricidad. “Para antes de las siete nos llevamos los coches”, relataban.
PORTALES DE COLOR MARRÓN
La imagen se repetía casi a cada paso. Vecinos que iban y venían. Escobas, fregonas y grandes cubos de agua intentando borrar el nuevo color marrón que habían adquirido portales y cristales en los accesos a sus viviendas. Una tarea que era claramente complementada en el exterior con los servicios de limpieza del Ayuntamiento de Pamplona. Trabajadores municipales que no paraban de arrojar agua con mangueras a presión, así como llevar a cabo labores de desciegue de alcantarillas y drenajes. “En cuanto las alcantarillas volvieron a tragar, la casa mejoró mucho”, afirmaba Liliana Galarreta, vecina del parque de los Enamorados.
AUZOLÁN DE LIMPIEZA ENTRE COLECTIVOS
Unidos por ese sentimiento de pertenencia hacia su barrio, diversos colectivos de la Rochapea llevaron a cabo durante la tarde de este sábado un auzolan de limpieza para, tal y como rezaba la convocatoria que corrió deprisa por los grupos de whatsapp, “hacer frente a los daños causados por la inundación”. Para formar parte del grupo solamente fue necesario llevar algún material de limpieza. El punto de encuentro fue el bar Arga, también afectado.