Pamplona
Vidas que han unido las huertas urbanas de Echavacoiz
En las huertas urbanas de Echavacoiz conviven los hortelanos ya veteranos con profanos que se adentran con ilusión y paciencia en el mundo de la horticultura. Esta agricultura a pequeña escala les ha unido y ahora son una familia bien avenida
Publicado el 29/08/2021 a las 06:00
Son las siete de la tarde en Echavacoiz y el sol concede una tregua en un día tórrido de agosto. Las huertas municipales de este barrio pamplonés están, para esas horas de la tarde, resguardadas por la sombra que proyecta una hilera de chopos, alineados frente al grupo Urdánoz. Y es entonces cuando las huertas se llenan de vida. Y no solo por las hileras de tomates, alubias verdes, calabacines, piparras, coliflores o brócolis que han convertido ese espacio antes yermo -otrora escenario de las hogueras de San Juan- en un floreciente terreno de cultivo en apenas tres meses. Los titulares de las huertas, 45 en total, adjudicadas por sorteo entre vecinos de Pamplona, se afanan en sus parcelas.
Las huertas les han unido y se ha creado un ambiente especial, de colaboración y camaradería. Muchos de ellos son profanos, sin apenas contacto previo con el mundo de la horticultura. Como María Sastre Arbaizar, pamplonesa de 47 años, que un día leyó en la prensa la noticia del sorteo de las huertas. “Me metí por casualidad. Lo vi en el periódico y, como siempre había querido tomates de huerta, decidimos apuntarnos al sorteo. Ni mi marido ni yo tenemos experiencia en una huerta. Tampoco somos el prototipo de horticultores. Pero esto está muy bien, es muy entretenido”, sostiene.
A una decena de metros de allí, en las piscinas de Echavacoiz, la música retumba entre los gritos de motivación de lo que parece un monitor deportivo. Desde las huertas, la técnica de Medio Ambiente del Ayuntamiento de Pamplona, Marina Jiménez, se felicita por el resultado de una oferta municipal que surgió tras la eliminación de varias “huertas okupas”, levantadas junto a la ribera norte del río Elorz. Aquel desalojo alcanzó el momento de mayor tensión cuando una joven que vivía en una de las huertas opuso resistencia pasiva al derribo. Hoy es una de las adjudicatarias de las parcelas municipales y aquello ya es cosa del pasado.
Marina Jiménez explica que el proyecto de las huertas urbanas de Echavacoiz se enmarca en la Agenda 21, “que aúna lo social, lo económico y lo ambiental. Este proyecto es uno de ellos”. La técnica del Ayuntamiento insiste en destacar el éxito de la experiencia, del ambiente de colaboración que se ha creado entre estos pequeños agricultores urbanos. “Se están haciendo unas relaciones maravillosas. Que uno lleva unos días sin venir. Pues riega su compañero. Incluso ya hay quien ha quedado para tomar algo y hasta quieren organizar una comparsa de gaitas”, relata.
“YO ME LOS COMÍA”
Claudia Cañellas Rubira es un argentina de 47 años que creció con la huerta de su padre, pero que jamás llegó a labrar. “Yo me lo comía”, dice entre risas. “Nos vinimos hace cuatro años a vivir a Pamplona desde Barcelona. Mi marido es de aquí, navarro. Como hay mucha verdura en Navarra, quisimos aprender. Vi el sorteo por internet. Me apunté a ver si había suerte. Fui la última en salir”, relata. Con dos hijos de 8 y 5 años, Claudia se confiesa una completa novata. Sus cultivos pasan por las cebollas, acelgas, lechuga, tomate, pepinos… “Hemos comido acelgas, algunos tomates, pepinos y tenemos ya cosechados unos calabacines pero todavía no los hemos probado. Es la alegría de tenerlos”, asegura.
Un par de parcelas más allá, se encuentra el matrimonio formado por Jesús y Mariaje -ambos prefieren no aportar más datos-, aficionados a la horticultura. Su huerto está ordenado y florido. “Me encanta la horticultura y tenía muchas ganas de tener un terreno en Pamplona”, expresa Jesús, ya jubilado. “La idea era no solo plantar, sino implicar de alguna manera a la familia”, continúa.
Al igual que el resto de adjudicatarios de las parcelas, Jesús y Mariaje tuvieron que limpiar de piedras el terreno. Los más veteranos aseguran que la calidad de la tierra no es la mejor. Pero sorprende que en apenas tres meses de actividad, los huertos ofrezcan un aspecto tan exuberante. En la parcela de Jesús, de 84 metros cuadrados, conviven calabacines, remolachas, pepinos, cebollas, borraja, acelga, pimientos, kale, coles, coliflor, escarola...
Son 45 los huertos urbanos repartidos en la parcela de Echavacoiz. Según las normas que ha puesto el Ayuntamiento de Pamplona, los usuarios deben pagar anualmente 40 euros (para las huertas de 47 a 60 m2) o 60 (paralas de 61 a 85 m2). Si durante tres meses no hay actividad en alguna de las huertas, el Ayuntamiento puede retirar la licencia de uso. En Echavacoiz solo hay una que todavía no ha comenzado con los cultivos. Se trata de un usuario que se encuentra convaleciente. Cae la tarde y los agricultores dejan sus aperos en los arcones situados a la entrada de cada parcela. Un buen día en las huertas.
Jokin Espinazo: “Este proyecto es para motivar a personas con discapacidad”


Jokin Espinazo González tiene 69 años y es el presidente de la Asociación Navarra de Fibromialgia, enfermedad que padece, pero que no le impide ir a una huerta con vocación social. “Los afectados tenemos que tener mucho control. Yo soy un paciente formado. De hecho, he estado dando formación a los sanitarios, derivando esa formación de los sanitarios a los pacientes. Tengo un control total sobre la enfermedad”, asegura. Nacido en Zizur, le diagnosticaron la enfermedad hace 19 años, cuando trabajaba en Volkswagen desde el comité de empresa de prevención.
“Estuve tres años de baja. Me dieron una incapacidad. Como tenían que recolocarnos, estuve cinco años más trabajando en la gestión de transporte. Llevo 19 años de presidente de la Asociación”, prosigue. La entidad que preside es una de las 15 que cuentan con una huerta y que fueron elegidas por el Ayuntamiento tras presentar un proyecto de trabajo con la tierra. El de la Asociación Navarra de Fibromialgia convertirá el huerto en un espacio en el que puedan trabajar personas con discapacidad. “Este es un proyecto para motivar a las personas de que se pueden hacer más cosas en la vida aunque estés así”, concluye.
Paco Rodríguez: “Las huertas son como las personas; si no las cuidas, no dan frutos”


“Si hace frío, la raíz se encoge. Si hace calor, la raíz se abre. La planta crece y madura de noche. De día, está durmiendo”. Francisco Rodríguez Arroyo, Paco, cordobés de 84 años, es el sabio de las huertas de Echavacoiz, la enciclopedia andante a la que acuden los usuarios menos experimentados. Paco lleva 64 años en Pamplona. Comenzó trabajando en la industria del caucho, trabajo que el afectó a los pulmones y que tuvo que dejar para dedicarse a la construcción.
Pero su vida siempre ha estado ligada al campo. “ Yo toda la vida he estado en el campo. Desde que nací. Mi padre tenía una huerta en Córdoba. Yo me vine aquí con 15 años y aquí estoy”, asegura este vecino del mismo Grupo Urdánoz y, por tanto, con la huerta a apenas unos metros de casa. Paco se queja de los muros que separan las huertas del parque. “Tendrían que quitarlos. Están en mal estado”, denuncia. A sus 84 años, asegura que va todos los días a la huerta -rebosante de hortalizas- y asume con agrado su papel de iniciado en el campo. “Con la gente me llevo de maravilla. Me llaman para preguntarme cosas. Las huertas son como las personas. Si no la cuidas, no la labras, no da frutos”, sentencia.
Khalid El Attar: “Tener una huerta en Pamplona es una auténtica gozada”


Menta y hierbabuena. En la huerta de Khalid El Attar no faltan estos dos ingredientes omnipresentes en las infusiones de nuestros vecinos marroquíes. “Lo llevamos en la sangre”, reconoce. Khalid lleva 16 años en Pamplona, ahora trabajando en una empresa de automoción. Él no es titular de la huerta que trabaja. “Es de un amigo, que ahora está de vacaciones”, asegura. Khalid está también de vacaciones. “Dos semanicas. Pero me he quedado en Pamplona. Así puedo venir a la huerta”, cuenta.
Khalid tiene algo de experiencia con la huerta. En Marruecos, su padre cultivaba una pequeña parcela y él le ayudaba en el cuidado. “Yo era muy pequeño. Fue hace muchos años. Pero tengo algo de idea”, relata en un casi perfecto castellano. En la huerta que cuida hay tomates, berenjenas, pimientos rojos, calabazas... “Está siendo una gran experiencia -continúa-. Tener una huerta en Pamplona es una auténtica gozada. Y el ambiente está muy bien. Aquí hay buena gente, muy buenas personas”, sonríe. Tanto le está gustando esta labor de agricultor que asegura que llegará a un acuerdo con su amigo, titular de la parcela. “Si no, me va a a dar mucha pena dejar la huerta”, confiesa.