Pamplona

La ilusión de empezar a escribir con 85

La covid se llevó a su mejor amiga, Merche Asurmendi. Se habían conocido en la Casa de Misericordia, donde el taller de escritura le ha ayudado a elaborar el duelo

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La ilusión de empezar a escribir con 85Eduardo Buxens
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Pilar Fernández Larrea

Actualizado el 03/06/2021 a las 06:00

María Jesús nunca se ha comprado una joya. “No me han interesado”, apoya en la mesa sus manos desnudas, trazan delicado como las de una muñeca. Dos episodios han marcado la vida de esta pamplonesa que hoy cumple 86 años. Y ambos sucedieron cuando tenía 13. La muerte de su padre y “tener que dejar la escuela” cuando lo que más quería ella era estudiar. Desde el primer sueldo en el comercio Navasal del Paseo de Sarasate, su único “capricho” han sido los libros. Tal vez no es el sustantivo adecuado porque los relatos encuadernados poco tienen de antojo, sí acaso dosis de deseo. Han sido amigos, le han acompañado y le han dado resuello como la mejor de las terapias en los peores momentos, también en 2020 cuando María Jesús Eraso Istúriz perdió a su mejor amiga en la Casa de Misericordia. Se la llevó la covid y con ella se quedan los recuerdos de una amistad “de las que se encuentran contadas”. “La quería muchísimo”. Ahora ella ha tomado la pluma entre sus manos: “Con 85 años, me he dado cuenta de que me gusta escribir”.

La voz de María Jesús Eraso parece moldeada para aliviar males, escucharla calma un día en marejada, tenue como si acunara cada frase. Relata que nació en la calle Zapatería de Pamplona la menor de tres hermanos y que está “muy orgullosa de ser del Casco Viejo”. Su padre, Lucio, vino de Azoz, “mecánico de coches cuando casi no había coches ni existían autoescuelas”. “Pero era el futuro y él lo supo ver. Trabajó en talleres Doria”. La madre, Antonia, era cocinera de fogones de renombre. “Qué buenos eran mis padres.

Mucho. Pero él murió joven. Tenía 49 años, no era hora de morir, y yo 13 añicos”, describe que no les faltaba de nada, y al morir él se quedaron sin paga. “Mi madre con tres hijos y sin ninguna entrada de dinero, entonces no había pensión de viudedad, pero era una mujer inteligente y conocida por su profesión, empezó a cocinar en casa para restaurantes... y nosotros los tres a trabajar rápidamente, el mayor en una tienda, de maca; el segundo de fontanero y yo en el comercio Navasal, el más grande de Pamplona entonces, en el departamento de sastrería, cuando los comercios de tejidos los llevaban hombres y las mujeres únicamente eran cajeras”, aporta.

Estuvo contenta María Jesús, siempre la trataron bien, “aunque de usted”. Uno de los dos socios murió joven, y el que quedó abrió otro comercio en la calle Arrieta. Ocho años trabajó allí, hasta que cesó el negocio y se quedó en la calle con 40 años. “Comenzó el pret a porter y el trabajo de las modistas se venía abajo”, explica que una amiga le habló de un curso de Auxiliar de Enfermería. Se presentaron cien y lo superaron quince. Con el título entró en la clínica Ubarmin, hasta la jubilación. “No te puedes imaginar lo feliz que fui allí, porque trabajaba en lo que me gustaba”, apunta. Soltera “por decisión”, vivía en aquel quinto piso de la calle Zapatería, con su madre. “Intenté comprar otro porque se hacía mayor y no había ascensor y estábamos alquiladas, pero no quiso saber nada de salir de allí”. Luego María Jesús, ya sola, se mudó a Orvina, cerca de sus hermanos, donde vistió lento las paredes con libros. “De todo me ha gustado leer, siempre”. Hace cuatro años cambió de nuevo de hogar, esta vez a la Casa de Misericordia. “Y lo bien que se vive aquí”, confiesa en una estancia que da a uno de los cinco jardines, donde las calas y las rosas colorean una primavera que recupera su esencia, aquella que la pandemia borró hace un año. “Murió mucha gente”, nunca olvidará María Jesús la última vez que vio a su querida Merche Asurmendi, una maestra pamplonesa de la calle Estafeta, que falleció el 2 de mayo de 2020, a causa de la covid. “Primero me contagié yo, la última semana de marzo. Lo pasé mal, mucho, pero hay quien ha estado peor. Mucho”, desnuda el sufrimiento. Lo desliza sin sangrar la herida, con la dignidad que confiere la humildad.

“Cuando entré en esta casa me dieron habitación en la cuarta planta y la de ella estaba enfrente, ese día coincidimos en la mesa en el comedor, empezamos a tratarnos y no sé, sin darnos cuenta, es una empatía, conectamos y nos hicimos muy amigas, las cosas salen porque tienen que salir, si te empeñas no. Íbamos por ahí de paseo, en fin... “, porque sostiene María Jesús que “cuando eres joven tienes mucha facilidad para hacer amigos, de mayor no”. “Conoces a todo el mundo, te saludas, pero caminamos ya con una mochila de la vida, somos diferentes y eso se nota”, determina. ”Yo estaba encantada con ella, era graciosísima, muy culta, excepcional. Por la noche se asomaba a la ventana de mi habitación y me describía cada estrella, siempre con la mente inquieta”, recuerda que Merche fue maestra en muchos pueblos, a los que al principio llegaba a pie, y que se jubiló en Pamplona. Casada y sin hijos, enviudó ya en la Meca”, desliza con pinceladas biográficas su pequeño homenaje. “La quería muchísimo”, rescata ese último día en que se vieron. “Una tarde estaba en la siesta, abrieron la puerta y era Merche. “Que estoy muy malica”, me dijo. Se la llevaban a la enfermería y dejaron que nos saludáramos. Ya no regresó. Nos hablábamos algo por teléfono, pero estaba muy débil, y yo ya bien, aunque seguía dando positivo. Todo esto fue impresionante, esos pasillos sin alma”, subraya María Jesús que se refugió en la escritura, en el taller al que se apuntó con otras ocho personas. “El duelo es igual, lo mismo que por un familiar. Siempre hay personas buenas en la vida..”, reflexiona. Transcribe ahora, “a raticos”, en el coqueto cuaderno que le ha regalado una de sus sobrinas los textos que ha escrito en el taller, relatos de prosa amena y un vocabulario prolijo.

Conserva a pesar de los años una caligrafía elegante. “Dice la persona voluntaria que ha dado las clases que valgo para escribir, no lo sé”, duda ella y se convence de sacar los textos del cajón. Los lee. “Ella nos ponía un tema, por ejemplo, este: Pensad en un alpinista que tiene un accidente, está sujeto a una cuerda y tardan tiempo en rescatarlo”. Soñaba con coronar el Everest lo tituló ella y antes de redactarlo fue a la biblioteca para consultar bibliografía en torno al tema. “Desde niña he estado ansiosa por leer, me sentía pobre intelectualmente y con los libros me parecía que tenía un tesoro”. A buen seguro, lo tenía.

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