Obituario
Paloma Sagüés Lascas, la última del Hawai
Dos años después de cerrar el bar de la calle Navarro Villoslada, ha fallecido quien fue su alma desde 2014 y quien desplegó en este local sus dotes de gran anfitriona, cocinera y escuchadora de amigos, familia y clientes


Publicado el 23/09/2026 a las 05:00
"Tengo una leche frita especial para ti, que sé que te va a gustar”. “Me han traído unos pimientos que los he guardado para ti”. “Te voy a sacar un queso que ya verás cómo te gusta”. Paloma Sagüés Lacasa (Pamplona, 2-4-1964/21-9-2026) tenía eso, que te hacía sentir especial, pero no por sus dotes comerciales (que también las tenía y en cantidades ingentes), sino porque sabías que lo decía de verdad. Al escucharle, no tenías duda de que había pensado en ti al preparar esa leche frita, esos pimientos o al guardar ese queso que “a ti te gusta”. Tenía esa credibilidad, que es un don ganado a pulso reservado a muy pocos y del que hemos podido disfrutar muchos. Acaba de morir, cuatro días antes de cumplir los dos años del cierre del bar Hawai, ubicado en la calle Navarro Villoslada, al lado de la plaza de la Cruz.
Había tomado las riendas de este histórico bar en 2014. Si bien le ocasionó grandes disgustos (“la hostelería es una actividad dura, difícil y poco reconocida”, me dijo en una entrevista publicada en Diario de Navarra), supo hacer del Hawai un lugar con encanto y atractivo donde acogedora recibía a todos. “He tenido la mejor clientela de Pamplona, educada, cariñosa, agradecida. Sé que en los complicados comienzos muchos venían para apoyarme”, relataba en la mencionada entrevista.
FAMILIA NUMEROSÍSIMA
Nació en el seno de una familia, no numerosa, numerosísima. Fue la octava de 11 hermanos e hija de Joaquín Sagüés Amorena, alcalde de Pamplona entre 1969 y 1972, cuando no se cobraba por serlo, le gustaba recordar a su hija, y de Carmencita Lacasa Martínez-Guardamino, una madre que esperó a dejar de tener obligaciones familiares para apuntarse a Artes y Oficios y desplegar su faceta artística.
Estudió en el colegio Sagrado Corazón y, después, Formación Profesional en Administración y Finanzas. Cuando contaba 16 años, la vida le arrebató en un accidente de coche a su querida hermana Espe. Y, más recientemente, a su hermano Juan Ignacio (Eneko). Todas las piedras que la vida le iba poniendo en el camino, Paloma las iba retirando, con esfuerzo, pero sin cejar en ello, para que no le impidieran seguir adelante. Así lo hizo con las dificultades personales, familiares y también con las profesionales y siempre con la compañía permanente de su sonrisa.
Gran parte de su trayectoria profesional la desarrolló en la Caja de Ahorros Municipal de Pamplona (CAMP), en la Obra Social y Medios de Pago; después pasaría, cuando la entidad cambió de manos, a ser gestora de empresas y, posteriormente, gestora de atención al público en Caja de Ahorros de Navarra (CAN), Banca Cívica y La Caixa. Trabajadora incansable desde su juventud, antes de su etapa en las entidades financieras, estuvo empleada seis temporadas en el Balneario de Fitero, en reservas y facturación, y cuatro veranos como monitora en el campamento Montejurra de Ulzama, donde su hermana Leti fue compañera inseparable. A todo ello añadió su experiencia como cocinera en San Fermín en el bar Bodegas Riojanas o en contabilidad en Óptica Rouzaut.
Al finalizar su relación laboral con La Caixa, buscó incansablemente un trabajo, lo que le llevó, antes que quedarse parada, a vender lavadoras para un centro comercial y a dedicar tiempo a la Cruz Roja como monitora voluntaria. Porque Paloma Sagüés, además de ser un ejemplo en aceptar las dificultades laborales reinventándose, siempre estaba dispuesta a ayudar con una empatía infinita con el sufrimiento ajeno.
Desde niña se forjó una personalidad única que combinaba una adecuada dosis de rebeldía con una visión propia del mundo y de las relaciones libre de prejuicios y convencionalismos, como me recordó hace poco una de sus amigas que fue su gran apoyo en, entre otros temas, los laborales. La libertad fue la condición para lograr su felicidad y en todo momento se mostró fiel a sí misma. No era fácil manifestarse así en aquellos tímidos años que compartimos, lo que le hizo ser una persona especial a la que todos hemos considerado cercana y confiable en todo momento. Fue, con su hermana Leti, de las primeras mujeres que comenzaron a jugar a pala en el Club de Tenis, cuando el deporte era exclusivo de hombres. Pero es que a Paloma no se le ponía nada por delante. Las dos hermanas se colaban en el trinquete del club para jugar, ayudadas por su hermanos, especialmente por Manolo, que fue quien luego promovió el equipo de trinquete de chicas en el Club de Tenis. En esto, su padre tuvo gran parte de ‘culpa’ porque fue quien enseñaba a jugar a fútbol y a pala a sus hijos, independientemente de su género. “Si tengo un equipo de fútbol (por los 11 hijos) no lo voy a desaprovechar”, solía decir. También la famosa Huerta de los Martínez-Lizarraga tuvo mucho que ver, ya que en su frontón fue donde comenzaron a jugar las hermanas Sagüés. Esas fueron las razones para que con casi 40 años entraran a formar parte del equipo del club.
En las dificultades Paloma se crecía, con inteligencia y decisión. Por eso se lanzó en 2014 a coger el Hawai sin experiencia en hostelería. Pero la tenía en todos los demás órdenes de la vida. No es que lo hiciera sin miedo, sino que había aprendido que, en caso de existir, debía superarlo. Y así lo hizo.
LA COMUNIDAD DEL HAWAI
En el Hawai, un bar que tuvo su origen en 1960, consiguió Paloma Sagüés formar una especie de ‘comunidad’ con antiguas compañeras del colegio y de “la Caja”; con hermanos, amigos de todos los ámbitos y amigos de los amigos…, y también con personas del mundo de la política, de la cultura... Personas de todas las edades y, como se suele de decir, de toda condición. Por todos los sitios por los que pasó dejó grandes, numerosas y perdurables amistades. En el bar trabajó con su marido, el arquitecto Jesús Urdánoz, compañero y cómplice desde la adolescencia. Tuvieron dos hijas, Amaya, que ha seguido la profesión de su padre como arquitecta, y Maite, enfermera, que le ha cuidado hasta el extremo. De las dos hablaba con orgullo y satisfacción.
Sus dotes de gran escuchadora, su generosidad, su humor incansable y su excelencia como cocinera hacía que todos quisieran reservar mesas en un lugar donde su admirado Tintín fue ganando terreno a los motivos taurinos de los anteriores propietarios. Quienes nos acercábamos al Hawai lo hacíamos para degustar una tortilla de patatas exquisita rectangular (no en vano fue merecedora de varios premios y tuvo el honor de figurar entre las mejores tortillas en listados de prestigio), las albóndigas, la ensaladilla rusa, los pimientos rellenos de bacalao o carne, las manitas de cerdo… Pero el motivo principal de acudir al Hawai era para disfrutar de su anfitriona. El gran reclamo de Paloma era ese don, tan esencial como difícil de encontrar, el de saber escuchar, tan ligado a la empatía. Como, además, gozaba de una memoria prodigiosa, no había detalle que olvidara de sus clientes/amigos. Por su puesto, a todos llamaba por su nombre y los que formábamos parte de esa comunidad (con orgullo puedo decir que yo estaba incluida) teníamos la suerte de marcharnos con sabios consejos sobre cualquier aspecto relacionado con nuestras vidas: desde una receta para las carrilleras al asesoramiento profesional o familiar. En el Hawai el tiempo no pasaba, el tiempo se disfrutaba, se saboreaba, detenido y estirado como un chicle, y se compartía entre albóndigas, ensalada de pimientos, cuajadas… y recuerdos de una infancia y adolescencia compartida.
“Un agua con gas, ¿no? ¿O una infusión?”, preguntaba al llegar. Se sabía los gustos de su fiel clientela (se queda corta la palabra para describir la relación de con quien estaba al otro lado de la barra); sus nombres y los de sus hijos y los de sus hermanos y los de sus amigos. Conocía sus problemas, sus preocupaciones, sus alegrías, sus logros…, y se alegraba y se entristecía con ellos, con ese sentir generoso que le acompañó hasta en sus últimos días.
Al cerrar el bar, recibió diferentes ofertas relacionadas con la hostelería cercana, sabedora de su buen hacer. Pero ella tenía otros proyectos. Cuando la enfermedad le sobrevino preparaba varias oposiciones, para Servicios Generales de la Administración y para Emergencias Sanitarias.
Paloma, gran organizadora, dedicó sus últimos días a, entre otras cosas, dejar todo atado y bien atado. Era una 'autotarea' impuesta que deseaba dejar terminada antes de marcharse. Porque era así. Porque hasta el final te seguía preguntando por todos los que te importan, tus hijos, tus amigas, tus proyectos, tus libros pendientes (“¿Llegaré a verlo?”, me dijo cuando le conté que estaba preparando uno). Todo sin perder un ápice de interés. Hasta el final siguió escuchando y aconsejando. Antes de dejarnos, encargó regalos personalizados para el personal sanitario, después de pensar qué era lo más adecuado para cada uno.
Al cerrar el Hawai, muchos son lo que se quedaron sin tus pimientos rellenos o calamares en su tinta que encargaban en Navidad. Las pequeñas tertulias del Hawai, pequeñas porque siempre tenías que atender el trabajo, y los encuentros en la barra del bar los empezamos a echar de menos hace ya dos años. A partir de ahora, además, te vamos a echar de menos a ti. Somos muchos quienes nos hemos quedado sin una amiga en el sentido más amplio de la palabra. Junto con la gratitud por lo que inmerecidamente hemos recibido de ti, viviremos echándote en falta.
La autora es amiga de Paloma Sagüés.
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