Reportaje
Un mecánico navarro en la mar
A sus 24 años, Iñaki Iriarte Aldaz lleva cinco como mecánico naval en un barco pesquero. Una afición que heredó de su padre


Publicado el 06/09/2026 a las 05:00
En Navarra no hay mar y, precisamente por eso, tampoco es común que un pamplonés termine dedicándose a la pesca. Sin embargo, a sus 24 años, Iñaki Iriarte Aldaz, nacido y criado en Pamplona, lleva trabajando en este sector cinco. “No hay ningún navarro que trabaje en esto. Yo soy el único que se dedica a la pesca cañera de bajura”, afirma el joven. Por eso, no es habitual que, sin tradición marinera familiar, un navarro acabe haciendo de la mar su profesión.
El joven lleva trabajando en el Arrantzale Hondarribia cuatro años, embarcación en la que desempeña un doble papel. Su responsabilidad dentro del barco es garantizar el correcto funcionamiento de la maquinaria y velar por la seguridad del pesquero y sus tripulantes, ya que su profesión es mecánico naval. Pero sus funciones no terminan en la sala de máquinas. “Como la tripulación es reducida, todos pescamos”, explica. “No se libra nadie, ni el cocinero”, cuenta.


Sin embargo, nunca imaginó que acabaría trabajando en alta mar. “En un principio, la idea que tenía era estudiar algo relacionado con la mecánica para trabajar con mi padre en el taller”, recuerda. Pero a mitad del grado superior de Mecánica Naval en el CIPF Blas de Lezo, cambió de idea. “Un compañero de clase fue un verano a trabajar a un barco y, cuando retomamos el curso en septiembre, nos contó su experiencia. Ahí me planteé probar a ver que tal”, relata el joven pamplonés.
La mecánica es algo que siempre ha vivido de cerca. Su padre, Jose Andrés Iriarte Diez, es mecánico y gerente de una empresa especializada en la reparación y venta de generadores, grupos electrógenos y motores industriales y marinos. “Lo he visto en casa desde pequeño y es a lo que siempre me he querido dedicar”, explica Iriarte. Sin embargo, la curiosidad que le despertó trabajar en la mar hizo que acabara dedicándose a ello. “Cinco años después, aquí sigo”, afirma convencido.
Pero Iriarte ve el final más cerca que lejos. “Al final es un trabajo sacrificado y, aunque se gana bien, me gustaría estar más en casa y cerca de los míos”, confiesa. “Este verano será, probablemente, el último que esté trabajando en el mar”, añade con pena. De todas formas, lo hará también para echar una mano en el negocio familiar. “Ha llegado un punto en el que mi padre necesita mi ayuda para que lleve el taller”, dice.
Aunque también hay escenas idílicas, de esas que solo puede ofrecer el mar y de las que le costará despedirse. “Hay momentos que parecen mentira y que sólo se pueden comprender si lo has vivido desde la cubierta de un barco”, subraya el joven. “Si nunca lo has visto, es difícil de imaginarlo”, continúa. Esos momentos a los que se refiere son los amaneceres. “Cuando el sol empieza a iluminar el mar y solo hay agua alrededor, es completamente increíble”, asegura Iriarte.


LA FAENA
“El trabajo en el mar empieza mucho antes de que salga el sol”, subraya el joven pamplonés.
Las labores de pesca empiezan arrancando el motor y encendiendo los sonares y el radar, que son los dos dispositivos que se utilizan para buscar el pescado. “Cuando ya está todo listo, y comienza la búsqueda, hay que ser paciente y estar muy atento”, reconoce Iriarte que, a pesar de siempre hacer lo mismo, hay días en los que el pescado aparece pronto “y otros en los que pueden pasar horas hasta encontrarlo”.
Pero una vez ya están los peces localizados, todos y cada uno de los marineros sabe qué es lo que tiene que hacer y a donde tiene que dirigirse. “Mientras unos mantienen el cebo vivo y lo lanzan agua para atraer al pescado, otros manejan las cañas sin descanso para intentar capturarlos”, explica Iriarte que, en la faena, su función es, aparte de encargarse del cebo, desenganchar los bonitos de la caña y llevarlos a la cinta transportadora que lleva a los peces hasta la bodega.
“El ritmo es frenético: lanzar, capturar, desanzuelar el pez y volver a lanzar una y otra vez”, comenta el pamplonés.
Pero este no es su único trabajo. Los marineros también tienen que colocar el pescado en hielo para conservar los bonitos lo más frescos posibles y revisar el material. “Si el banco desaparece, se vuelve a navegar en su búsqueda”, dice Iriarte.


Una vez pasado todo el pescado a la bodega, se da el trabajo por finalizado y la tripulación puede irse a descansar. Excepto el marinero que tenga guardia. “Cada uno hace una guardia de una hora y cuando ya la has terminado, se llama al siguiente que esta apuntado en la lista. Así hasta las cinco de la mañana, que es cuando el cocinero empieza a preparar el desayuno y el almuerzo”, asegura el joven.
Sin embargo la vuelta a puerto siempre es una incógnita. “Sabes cuando te vas pero nunca cuando vas a volver”, confiesa Iriarte. “Cuando está la bodega llena es cuando volvemos. Pueden ser entre siete y diez días, pero no es matemático”, dice.
JORNADAS LARGAS Y DURAS
“Las jornadas de trabajo a bordo son largas y el trabajo es físicamente muy exigente”, asegura Iriarte. “En un barco de estas características, prácticamente nunca hay tiempos muertos. Siempre hay algo por hacer”, dice.
Como muchos marineros afirman, son los peces los que marcan las horas de trabajar, pero ellos también mandan cuándo comer y cuándo descansar. Aunque también es un oficio agotador por las condiciones en las que se lleva a cabo la faena: “Se pasan muchas horas de pie soportando el constante movimiento del barco”, comenta.
El viento, el calor o la lluvia también son factores que afectan a la pesca. “Cuando hay mala mar tenemos que volver a puerto para evitar catástrofes. También para que todos estemos a salvo”, dice el pamplonés. “El mar es muy traicionero”, continua. Por eso, las condiciones meteorológicas son también un factor muy importante en la pesca de bajura.