Entrevista

Julián Quirós: "Si no se vigila al poder, el resultado siempre es pésimo"

El periodista y director de 'ABC' relata los entresijos periodísticos, judiciales y políticos de unos años en los que salen a la luz numerosos casos de corrupción, con las luces y las sombras de todos ellos

El director de 'ABC', Julián Quirós, durante la presentación en Civican de su novela 'El último brindis'
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El director de 'ABC', Julián Quirós, durante la presentación en Civican de su novela 'El último brindis'Eduardo Buxens
El director de 'ABC', Julián Quirós, durante la presentación en Civican de su novela 'El último brindis'

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Beatriz Arnedo

Publicado el 18/04/2026 a las 05:00

El periodista Julián Quirós Monago (Guareña, Badajoz, 1969) vivió en primera línea el estallido público de los casos de corrupción en la Comunidad Valenciana, ya que fue director del periódico Las Provincias entre 2009 y 2020. Fruto de aquella experiencia ha escrito una novela que ayer presentó en Pamplona, 'El último brindis'. El hoy director de ABC refleja en su historia los entresijos periodísticos, judiciales y políticos, con sus luces y sus sombras. 

Un hombre cercado por el presunto regalo de unos trajes, presidente de una comunidad que tiene en su capital a una alcaldesa carismática… ¿Cuánto hay de ficción y de realidad en su libro?

Es un libro de ficción, porque me tomo muchas libertades, pero los hechos políticos son reales, juzgados y condenados. Ahí sí he sido muy escrupuloso, al repasar sentencias y expedientes, para que lo que allí se dijera, aunque no hubiera nombres, se correspondiera con los hechos. Se puede decir que es una crónica novelada. Es una recreación del pasado donde me he tomado libertades, aunque siempre acercándome a la historia de la manera más veraz y cercana a cómo ocurrió y lo vi.

¿Qué es lo que más le impactó de aquellos años?

Todo se sucedía con aceleración. Además de ocurrir cosas inesperadas, noticias que provocaron grandes escándalos, los responsables del poder actuaron en general de manera errática, improvisada y con cierta sensación de angustia. Frente a todo ello había una sociedad perpleja, que al principio no daba crédito. Luego pasó a haber una gran indignación y, al final, y tras tantos casos, ya te podías creer cualquier cosa.

Cuenta una historia de corrupción política y empresarial, con medios de comunicación en trincheras, investigaciones policiales con la dirección marcada… ¿No se salva ningún estamento?

No es un libro de buenos y malos, sino de grises. En el libro he intentado no juzgar, sino retratar. Al acercarme lo máximo a la realidad, salen siempre zonas un poco sucias, pero creo que si se examina cualquier ámbito del orden humano, habrá luces y sombras. Todos tenemos que ser vigilantes con nuestro trabajo y con el de los demás, porque la impunidad, la falta de exigencia, lleva a la degradación de cualquier servicio. 
Eso es lo que trataba de contar.

¿Cómo puede escalar la corrupción a esos niveles y durante tanto tiempo no se sepa nada?

Muchas veces los casos los destapan los medios de comunicación, especialmente los periódicos, la prensa. En una sociedad siempre se oyen cosas, pero pueden ser ciertas o no, hay mucho infundio. Ahí lo que hubo es una acción fiscal muy intensiva. Se abrieron muchos procedimientos, dando veracidad a todas las sospechas, encargando informes policiales a la Guardia Civil, a la Policía Nacional... Se produjo un efecto de acumulación y hoy sabemos que tuvo también su parte negativa.

¿A qué se refiere?

Así como hubo casos bien investigados y justificados, hubo muchos que no se sostuvieron y que al final archivaron los tribunales.

¿Los involucrados llegaron a creer que nadie se iba a enterar?

Al final esta historia, que se podía haber contando sobre otros lugares de España, va sobre el desgaste del poder. Si se eterniza, tiende a corromperse y a abusar. Y, además, se desgasta. Cuando pasan años y a nadie se le ha puesto contra las cuerdas, sí hay una sensación de impunidad. El caso más claro es el del que llamo el presidente fundador. No doy el nombre, pero es Eduardo Zaplana. Se oían muchas cosas, pero nunca se vio nada. Tardó casi dos décadas en activarse su investigación judicial, lo que es muy extraño.

Los empresarios involucrados en casos de corrupción, ¿sobreviven y siguen en primera línea como refleja usted en su novela?

Sí, se ve en el libro, porque esto fue verdad. Fueron nueve, siete empresas, pero en algunas había dos juzgados y condenados porque eran hermanos. Esos fueron los grandes corruptores, pero en vez de ir a prisión, pactaron con la Fiscalía a cambio de señalar a otros, y les cambiaron las penas de cárcel por multas irrisorias para el patrimonio que tenían. Pero lo más sorprendente de todo es que estos señores, cuando llegó la nueva administración, siguieron siendo los principales contratistas. Es increíble y toda una lección de cómo funciona el poder.

¿La corrupción se llevó también por delante el nombre de personas que eran inocentes?

Sí, en el libro quise hacer un epílogo con lo que yo llamé los santos inocentes. Eran concejales, directores generales, asesores, técnicos... Estamos hablando de dos centenares de personas. No habían hecho nada, pero se vieron arrastrados, fueron imputados y estuvieron en procesos que duraron 8, 10 años... Perdieron su trabajo, fueron señalados públicamente y muchos de ellos vendieron o hipotecaron sus viviendas para pagar a los abogados. La mayoría de esos casos fueron archivados. Estuvieron en el sitio y el momento equivocado y pagaron un precio durísimo. Para mí son los grandes maltratados de esta historia.

Hay funcionarios que logran sacar a la luz lo que no se está haciendo bien, pese al riesgo incluso de sufrir represalias.

Sí, denunciar a los que mandan puede hacerte mucho daño. Luego está el proceso contrario, cuando se desata una dinámica de sospecha general y hay una inercia de culpabilizar a todos. Cuento el caso de una jueza admirable. Fue la primera que metió en prisión a un consejero en la historia de la Comunidad Valenciana. Le condenó por la desaparición de un dinero de su consellería que iba a ser para cooperación internacional. Cuando esta misma jueza no vio responsabilidad penal en ciertos cargos en un accidente en el metro, se le hizo toda una campaña en contra.

¿Qué aprendió de aquellos años tan vertiginosos para el director de un periódico?

Por un lado, que en cualquier sociedad son muy importantes las instituciones, no podemos depender de las personas, de los caudillos ni de los líderes. Por otro, que el poder corrompe y no es por la condición humana. 
Tiene un riesgo potencial de abuso y, por tanto, es muy importante la vigilancia, los organismos de fiscalización, la labor de los periodistas, una justicia independiente auscultando y un sistema de opinión pública. Tiene que haber un sistema de transparencia y supervisión. Cuando no lo hay, cuando hay relajación o a la sociedad no le importa, el resultado siempre es pésimo. Es una enseñanza que va a valer para siempre. Si no, volverá a ocurrir. De hecho, sucede en cuanto fallan los mecanismos de vigilancia institucionales.

¿No hay un riesgo en que los partidos coloquen a todos los suyos en los cargos, y no siempre a los mejores, en cuanto gobiernan?

Sí, porque, además, ahí hay una dinámica justo en el sentido contrario de lo que yo digo, de crear muros, de tapar. Por eso es también muy peligroso que los votantes de derecha ignoren o no quieran ver la corrupción cuando sale de la derecha y que los de izquierda hagan eso mismo cuando sale de la izquierda. Tendría que ser al revés, deberías ser mucho más inflexible cuando te engañan los tuyos, porque a la corrupción o al robo se le añade el engaño.

¿Es el motivo por el que a veces los votantes no castigan la corrupción en las urnas?

La corrupción no es penalizada nunca en las primeras etapas, ni en la derecha ni en la izquierda. 
Lo que nos ha dicho la experiencia es que al principio su base social no lo cree y cuando lo hace, le resta importancia. Por eso, no es habitual que caiga un gobierno por un caso de corrupción pronto. Cae cuando no queda más remedio, cuando arrastra.

¿Alguno de los protagonistas de lo que sucedió en Valencia ha leído el libro y le ha dicho algo?

Nada ni pregunto (sonríe). 
Los amigos del que fue director del Washington Post, Ben Bradley, contaban que él decía siempre que estaba habituado a perder amigos, según publicaba noticias. Tenemos que asumirlo como parte de nuestro trabajo.

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