Análisis
Diez claves sobre la inmigración
La inmigración ha sido el primero de los Desafíos de Navarra, un proyecto editorial de Diario de Navarra para generar debate y reflexión plural sobre los retos de futuro. Un desafío enriquecedor y útil para una sociedad envejecida, pero un fenómeno complejo que las administraciones son incapaces de ordenar y se limitan a gestionar. Estas son algunas de las claves y aprendizajes plasmados estas semanas


Publicado el 02/03/2026 a las 05:00
En estos momentos, uno de cada cinco navarros ha nacido en otro país. Son 135.000. Y 90.000 de ellos conservan su nacionalidad de origen y el resto, ya se ha nacionalizado. Si contamos sólo las personas de menos de 50 años, son ya una de cada cuatro las que son extranjeras de origen. Un fenómeno que se ha acelerado en las últimas dos décadas. La mayoría de los inmigrantes son latinoamericanos, seguidos por la población magrebí y la del este de Europa.
Una realidad muy poco uniforme
La realidad de la inmigración no es uniforme. Ni en origen ni en destino. Más de la mitad de la población inmigrante en Navarra viene de Latinoamérica, donde compartimos lengua y una tradición religiosa común. Y un 25% proviene del Magreb, norte de África, donde la población navarra no siente cercana ni lengua ni cultura religiosa. Esa es una brecha evidente que agranda las distancias hoy. Tampoco es uniforme el asentamiento inmigrante. Aparece mucho más diluido en Pamplona, por ejemplo, a pesar de su concentración en determinados barrios. Pero es mucho más visible en localidades medianas y pequeñas. Sobre todo del sur de Navarra, en la Ribera y Ribera Alta, donde se concentra la inmigración magrebí.
Un doble duelo
Los expertos lo señalan con claridad. Se produce un doble duelo en este fenómeno. El primero, por supuesto, el de los migrantes, que abandonan su sociedad para llegar a otro país. No hay más que recordar que en España hemos sido una sociedad de emigrantes y cómo recuerdan de dura su experiencia los que la vivieron. En la actualidad, muchos huyen también de la guerra y la persecución política. No sólo hay inmigración económica. Pero también hay otro duelo. El de los habitantes de los pueblos de Navarra que ven cambiar de forma acelerada y brusca su entorno social y lo viven con una mezcla de temor y pérdida de identidad propia. Una realidad que es especialmente visible en la Ribera, y que también hay que afrontar y comprender.
De coexistir a convivir
Existen magníficos ejemplos de integración de culturas distintas en Navarra. Con nombres y apellidos. Pero, en general, existen profundas carencias. Comunidades que viven separadas y se mezclan muy poco, salvo en la escuela y el trabajo, lugares de socialización obligatoria. Todos los esfuerzos para generar espacios de convivencia y entender “al otro” son positivos. Y es bueno contar con que existe un fenómeno nuevo que hay que gestionar, la doble identidad. Los inmigrantes, sobre todo las segundas generaciones, sienten una doble identidad (la de su país de origen y la de su país de acogida) que les hace sentirse diferentes al resto y, a veces, en una tierra de nadie. Una realidad compleja y no sencilla de asimilar. Pero un reto para una sociedad que debe aprovechar las asociaciones de jóvenes (como Al-Rissala) que actúan como “puentes” y que aportan nuevas perspectivas y valores, transformando la dualidad de sus identidades en una riqueza que fortalece la cohesión social y el diálogo intercultural.
Mirada realista del autóctono
La gran mayoría de los migrantes son sólo personas que buscan un mundo mejor en el que vivir. Y su presencia es muy positiva. Aportan la población que necesitamos en una tierra que envejece a pasos agigantados y donde siguen cayendo los nacimientos. De no ser por la inmigración, Navarra envejecería mucho más rápido. Y que trabajan, hay 40.000 extranjeros cotizando en la Seguridad Social en Navarra. En muchos casos, además, en sectores donde ya no hay manera de encontrar trabajadores locales, como el campo y la construcción. Navarra necesita la inmigración. Al mismo tiempo, el rápido cambio demográfico ha generado una fuerte polarización social y el auge de discursos de odio o prejuicios que criminalizan a todo un colectivo por actos de una pequeña minoría. Un proceso que deteriora la cohesión social y genera miedo e inseguridad tanto en la población autóctona como en la migrante.
Esfuerzo del que llega
También quienes arriban a Navarra, a España, es importante que sean conscientes de la necesidad de adaptarse a la cultura que les recibe, sin que eso signifique perder la suya. Aprender la lengua, por ejemplo, es elemental para la comunicación. Los migrantes, como los autóctonos, tienen derechos y también obligaciones. Sin olvidar la existencia de brechas culturales hondas que dificultan la integración. En un mundo europeo donde la igualdad de hombres y mujeres es básica, las barreras culturales con una parte de la comunidad musulmana son muy reales. Son debates que toca afrontar y toca hacerlo desde el sentido común y la búsqueda de soluciones.
Pobreza y desigualdad
La mayoría de la inmigración tienen unos recursos económicos muy por debajo de la media de los navarros. Ello genera bolsas de pobreza y exige un esfuerzo especial para las Administraciones, plasmado en instrumentos como la Renta Garantizada. Un desembolso económico muy notable del Gobierno de Navarra (111 millones en 2024), que reciben personas autóctonas (37%), pero sobre todo recibe la población inmigrante (un 63% de los fondos totales). Su valor como elemento de cohesión social (junto al Ingreso Mínimo Vital) es innegable y necesario. Pero exige también una gestión muy pro activa para impedir que una parte de ella se cronifique y pierda su función original. Existe un debate muy abierto en el mundo económico sobre la incongruencia de unas tasas de paro elevadas con la imposibilidad real de cubrir puestos de trabajo.
Reforzar los recursos y la acogida
Navarra necesita reforzar su capacidad para dar respuesta a las necesidades de la inmigración. Allá donde es masiva, las entidades locales se sienten desbordadas por el fenómeno y sin los recursos para ordenarlo. Y las entidades sociales que trabajan en este campo, también. Desde la escuela hasta el empleo. La Administración foral está haciendo esfuerzos en este sentido, pero claramente insuficientes y con una mirada muy parcial. La realidad exige respuestas mucho más globales, ajustadas a lo que se necesita en cada lugar, más rápidas y menos burocratizadas.
Cortar abusos
Ver el fenómeno en positivo no debe hacernos ocultar problemas. Localidades donde la dependencia de la Renta Garantizada es excesiva y la existencia de mafias dedicadas a importar inmigrantes de zonas muy pobres de Marruecos, por ejemplo, bajo el efecto llamada de una renta de la que vivir sin trabajar. Claro que no es la realidad mayoritaria, pero representa una minoría de abusos tan sangrantes que origina un hondo rechazo. Igual que algunos brotes de delincuencia ligados a jóvenes en situación de ilegalidad y abandono social. Y lo peor que pueden hacer los políticos y el Gobierno es no afrontar los agujeros negros del sistema, que existen, porque eso sólo lleva a la frustración ciudadana y además a engordar la extrema derecha.
Qué necesitamos
Es obvio que en España no se ha hecho una política migratoria de verdad. Recibimos inmigrantes sin control mientras el resto de Europa ha dado ya un giro completo ahogada por un problema que se desborda. De hecho, España es hoy una rara avis en el contexto de la UE. Ordenar la necesaria inmigración debiera ser una prioridad y una política de Estado. Y debe hacerse desde unos principios claros: desde la defensa de los derechos humanos, alejado de los cálculos partidistas y sin oportunismos ni tentaciones xenófobas que solo buscan contaminar el debate e incendian la convivencia. Pero también con criterio, para evitar los populismos, y que la gran mayoría de inmigrantes que suman a nuestra sociedad con su trabajo y comportamiento honesto, se vean perjudicados. Es necesario un análisis realista, exigente y asentado en datos para poder diseñar así políticas migratorias que funcionen de verdad. Cuando la integración falla, no solo sufren las personas migrantes; también se deteriora la convivencia, se tensionan los servicios públicos y ganan terreno los discursos simplistas. Y ese el camino que hay que evitar.