Historia

El exilio de ida y vuelta de una pamplonesa de 97 años

El regreso de Venezuela devuelve a Mari Carmen Yárnoz Húder a la experiencia de revivir su condición de refugiada tras la Guerra Civil. Es biznieta y sobrina nieta de quienes proclamaron la I y II República en Pamplona

Mari Carmen Yárnoz
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Mari Carmen Yárnoz con la placa de la calle dedicada en Pamplona a su madre, Mª Carmen Húder CarlosenaCEDIDA
Mari Carmen Yárnoz

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Natxo Gutiérrez

Actualizado el 30/11/2025 a las 08:06

Un relato de un “exilio de ida y vuelta” es el que brota de la voz e ilumina la mente de Mari Carmen Yárnoz Húder. Madrid es hoy la última escala del periplo de una mujer de 97 años de edad que, iniciado el nuevo milenio, regresó sobre sus pasos para acompañar a su marido, Óscar Rodríguez, en sus últimos años de vida en España. Fue empeño personal regresar de nuevo a su país de acogida, Venezuela, por reencontrarse con el entorno conocido donde creció, ensanchó su bagaje intelectual y formó una familia de seis hijos. El problema es que, como tantas acechanzas de la vida que no siempre van acompañadas de la benevolencia necesaria, “la situación económica y social” y más bien la preocupación creciente entre sus descendientes por “no llegar a tiempo” si le asaltase una necesidad acuciante en una noche de tiniebla permanente le empujó en 2018 a establecer su lugar de residencia definitivo en el país que le vio nacer. 

Quien se asomó al mundo en la calle José Alonso, número 2, de Pamplona, vive hoy en Madrid, arropada por cuatro de sus seis hijos: Carlota, María Carmela, Susana y Raúl. El hilo afectivo recorta la distancia kilométrica con Costa Rica, morada de los otros dos: Enrique y Óscar. Se despidió de Venezuela en el camino de vuelta del exilio por la devaluación de su pensión de jubilada que le correspondió como docente de universidad. En su faceta educadora, aleccionó a alumnos en los vericuetos de la ingeniería que domina. 

Su habla delata una educación culta. Se enorgullece de haber acudido al Vassar College, de Estados Unidos, en su etapa de estudios superiores, previos a los universitarios. Se trata de una institución académica de prestigio –como reconoce–, que representó su madre, Mari Carmen Húder Carlosena antes de que la Guerra Civil le empujase a abandonar el país, junto a su marido, el arquitecto Javier Yárnoz. Y he aquí, junto a sus padres, cuando comenzó la historia de un peregrinar de doble sentido entre España y Venezuela. Al poco de estallar la contienda fraticida fue detenido Marino Húder Carlosena, a la sazón tío de la hoy depositaria de la historia familiar de 97 años de edad. El árbol genealógico descubre la figura de un médico de profesión, siguiendo la línea formativa de antepasados, destinado en un primer momento en Ochagavía para luego regresar a Pamplona. “Fue –a decir de su sobrina nieta-el que asistió a mi madre en el parto, porque mi tío Marino era partero”. Si el pasado familiar de médicos y abogados había ejercido influencia en la elección de su profesión a partir de la consigna la educación como pilar de desarrollo humano y social, no menos importante en la definición del destino del tío Marino fue la ideología que regó las ramas de su árbol genealógico. 

Militante de Izquierda Republicana, acompañó en actos públicos de relevancia a su tío, Serafín Húder Lasala, el mismo que el 14 de abril de 1931 participó en la proclamación en el Ayuntamiento de Pamplona de la II República. Y puestos a escalar a un nivel superior de la ramificación familiar, Serafín Húder era ni más ni menos que hijo de Francisco Nieto Húder San Román, quien como alcalde recién nombrado entonces, anunció la I República en 1873. Con clara convicción ideológica, asentada y depurada en el seno familiar, la inclinación política de Marino Húder estaba poco menos que prefijada desde su cuna. Y en esto, que a los dos días de la sublevación militar, aparecieron en su hogar “unos hombres” que, a los ojos de una niña de ocho años, “tenían un aspecto un poco raro”. 

No es difícil imaginar el desconcierto de aquella escena, a todas luces incomprensible para una inocente Mari Carmen Yárnoz Húder. “Intuyo que se lo llevaron”. Su mente lúcida, realmente llamativa por su avanzada edad, retrocede a aquel episodio envuelto de motas de niebla. A finales de agosto, Marino, junto a otros 52 detenidos, fueron conducidos a Valcaldera, cerca de Valtierra. Logró salvarse uno de ellos, de nombre Honorino Arteta, al que el destino escrito en una carta unió a la familia Húder. Durante 84 años, el original, que escribiera el propio Honorino Arteta con lo sucedido en aquel fusilamiento en masa, permaneció conservado en Venezuela en casa de Mari Carmen Yárnoz Húder. Hace cuatro años, con motivo de un homenaje de recuerdo en Elizondo a los republicanos caídos, llegó a manos de un descendiente del autor. “Llevamos años intentando dar con algún familiar suyo porque tenemos una carta escrita a máquina y firmada de su puño y letra, que él (Honorino Arteta) le entregó a mi bisabuela, cuando supo que era la madre del médico (mi tío Marino) que él recordaba de ese grupo” de fusilados. El deseo de contacto partió de Carlota Rodríguez Yárnoz, hija de Mari Carmen Yárnoz, y como ella hoy exiliada en Madrid.

LA MUERTE DE MARINO

Por el recuerdo conservado en la familia, la muerte de Marino Húder causó gran impacto emocional en su hermana, Mari Carmen y su cuñado, Javier Yárnoz, que –a decir de su hija- “no era político. No entendía nada de lo que estaba sucediendo. Sufrió tanto”... Marido y mujer –padres de la custodia de su memoria- se entregaron a la causa republicana, con desplazamientos a Barcelona o Valencia, mientras la pequeña quedaba en Bayona bajo la protección de su abuela, Romana Carlosena, la misma que recibió la carta de Honorino Arteta.

Con cierta periodicidad, la hoy nonagenaria recibía la visita de sus padres. “Había un mitin en Pau y ahí que estaba mi madre”, evoca. Años atrás, Pamplona dedicó una calle con su nombre: Mari Carmen Húder Carlosena. La unión familiar se materializó en Francia a la conclusión de la Guerra Civil. 

En ese momento, “comenzaron a organizarse” salidas hacia América. Entre los destinos escrutados, Venezuela. “Había un conocido de la familia en su organización y nos embarcamos hacia Venezuela”, con la incertidumbre que depara todo destino desconocido. Durante el viaje, “me lo pasé bien porque estaba con otros niños”. Javier Yárnoz y Mari Carmen Húder hicieron todo lo posible para entretener a su hija y obviarle la crudeza del exilio. 

“¿Ha visto usted ‘La vida es bella’?”, interpela a su interlocutor una de sus hijas. “Pues eso es lo que hicieron nuestros abuelos con nuestra madre”, responde. Décadas después, la misma niña protegida de las atrocidades compró un billete de vuelta de su azarosa vida, “muy intensa”, como dice, pero también “muy interesante”. “Ha habido alegrías y dolor”, se sincera. Los azares de distinto signo y emoción no le han impedido disfrutar de “una vida plena”.

LA ANÉCDOTA CON FEDERICO GARCÍA LORCA

El álbum familiar de los Yárnoz Húder contiene una anécdota protagonizada con Federico García Lorca. Coincidió con Mari Carmen Húder Carlosena en Madrid en su época formativa y de afición común por la interpretación en los escenarios. Cuenta su hija que en cierta ocasión su madre y el poeta se cruzaron en la calle. Se reconocieron por coincidencia en círculos intelectuales. Al detenerse, el poeta le largó un papel con una creación suya. La reacción de su interlocutora, maestra de profesión, derivó en una sonada carcajada, que, por lo que dice Mari Carmen Yárnoz, no suscitó precisamente una respuesta conciliadora. El encuentro se resolvió con una conclusión, leída con los años con cierto humor en la familia Húder: “A ti lo que te gusta es lo que escribe Campoamor”, por la política y defensora de los derechos de la mujer Clara Campoamor.

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