De la dictadura a la democracia
"El posfranquismo ha comenzado"
Los aires de cambio eran una constante en las páginas de Diario de Navarra, donde autores que luego tuvieron un papel determinante en la Transición dejaban claro a los lectores que el futuro que se presentaba iba a ser muy diferente al pasado que quedaba atrás


Publicado el 22/11/2025 a las 05:00
"El posfranquismo ha comenzado”. Esta frase, un cintillo en la página 9 de Diario de Navarra del 22 de noviembre, es un resumen de las esperanzas que surgían tras la muerte de Franco, en la madrugada del 20 de noviembre de 1975. En paralelo al elogio de la figura de Franco, en páginas en las que se omitían las palabras dictadura o represión, las opiniones que aparecían en los textos que se publicaban esos días dejaban claro el anhelo de democracia que se vivía en esas fechas.
En las horas finales del dictador, la información oscilaba entre el diagnóstico clínico y la lectura política. “Franco: Ya no hay esperanzas”, titulaba el periódico el mismo día 20, al que se añadía a las 2:30: “Tensa espera de un desenlace inminente”. Unas horas después salía un número extraordinario: “Franco ha muerto”.
Las firmas de las crónicas y los comentarios de esos días eran un muestrario de los periodistas y políticos que protagonizarían la Transición, una palabra que ya empezaba a asomar en los textos, aunque todavía en minúscula: Pilar Cernuda, Amalia Sánchez Sampedro, Mariano Guindal, José Oneto, Manuel Jiménez de Parga, Francisco Umbral, Cándido, Fernando Ónega... En la sección ‘Con fondo y forma’ se reproducían textos de opinión significativos, procedentes en ocasiones de periódicos que hoy han desaparecido, como Nuevo Diario, Pueblo, Informaciones o Arriba.
Umbral recurría a Mingote para describir el momento. El humorista de ABC llevaba años dibujando a sus célebres trogloditas contrarios a cualquier cambio. En la viñeta citada por Umbral, el jefe arengaba a su tribu: “No podemos arriesgarnos a locas innovaciones después de haber alcanzado con tanto esfuerzo la estabilidad de que disfrutamos”. El escritor añadía: “No sabemos qué pasó después del chiste, pero aquel cavernícola debió ser arrollado por sus paisanos, ya que, si no, estaríamos aún en el dolmen, el hacha de sílex y el pedernal”. La metáfora hablaba sola: seguir igual resultaba casi tan improbable como volver a la prehistoria.


UN CLIMA DE IMPACIENCIA POLÍTICA
La prensa de referencia no era ajena a ese pulso. En ‘Ya’ se advertía del “espíritu de inmovilismo [del ex ministro Girón, uno de los representantes del llamado búnker] que, a nuestro juicio, trasciende de él y que se refleja en la defensa en bloque de todo un pasado frente a unos supuestos enemigos que, al parecer, se proponen aniquilarlo”. Más que un diagnóstico, era un aviso: en pleno vacío político, el bloqueo podía convertirse en un problema inmediato.
Las críticas procedían incluso de sectores que habían sido parte del sistema. En Pueblo, Cándido, seudónimo de Carlos Luis Álvarez, escribía el 19 de noviembre: “Muchos hombres de la derecha que llamaríamos progresistas exponen un pensamiento que está fuera y a la izquierda del Régimen, porque han agotado todas las vías interiores sin resultado alguno, y además porque esas vías ya no existen”. Era un síntoma del agotamiento de la arquitectura institucional construida durante casi cuarenta años.
También desde el interior de las propias Cortes se apuntaba la necesidad de cambio. El procurador por Baleares Josep Melià, tras un pleno celebrado en esas mismas horas previas a la muerte de Franco, afirmaba: “Lo más fundamental en este pleno es la acusada falta de vibración y de sensibilidad política. Este pleno es, en sí, una demostración flagrante de que el parlamento del inmediato futuro ha de ser muy diferente”.
En la misma línea, Joaquín Garrigues Walker señalaba en La Vanguardia: “La futura Monarquía tiene que plantearse los tres problemas principales que condicionan la vida pública: la relación entre regiones y Estado; un cauce permanente de entendimiento entre empresarios y trabajadores; y el replanteamiento de la vida política. Para consolidarse, la Monarquía debe asentarse sobre la voluntad de todos los españoles”. Horas después, el discurso de Juan Carlos I en su proclamación como rey incidía en esos mismos puntos.
Esa apelación al pluralismo se repetía en otras cabeceras. José María de Areilza escribía en Informaciones: “En la nueva etapa no se podrá negar un puesto en el debate nacional a todos aquellos sectores que […] reclaman justamente ser partícipes de las decisiones”. Y remataba: “Si de verdad queremos que la nueva maquinaria funcione, la invitación leal y sin reservas debe cursarse sin demasiada tardanza”.
MEMORIA, ELOGIO Y CONTRADICCIONES
El día 20, en el número extraordinario publicado por Diario de Navarra, convivían dos planos: la despedida del dictador y la anticipación del porvenir. La edición especial describía a Franco como “el general más joven de Europa”, repasaba su papel en el “Alzamiento”, el “Aislamiento” internacional y reproducía una página de la visita de 1952. A la vez, el editorial admitía: “El ‘franquismo’ como teoría de gobierno fue una concepción original suya y probablemente irrepetible en el futuro”. Y añadía: “No es la hora ni el momento de juicios, sino de emoción, de emoción profunda y viva, transida de dolor”.
Pero la tensión entre pasado y futuro era evidente. A través de una carta al director enviada por Miguel Flamarique se denunciaba la prohibición de un recital de Antonio Machado en Valtierra “organizado por la juventud”. La Delegación del Ministerio de Información y Turismo respondía al día siguiente, en un cierto tono de disculpa, que no había prohibición alguna y que la decisión correspondía a la empresa organizadora. El episodio mostraba hasta qué punto la cultura era también un terreno en disputa.
En paralelo, la vida cotidiana seguía su curso. Antes incluso del anuncio oficial del fallecimiento, la cartelera local ofrecía títulos como 24 horas de amor, Creezy. Mujer objeto, Consolar a la viuda italiana o El divorcio es cosa de tres. “¡La servidumbre del sexo en los hombres de poder!”, “¡Sensitiva, sensual!.. Ella tenía solo un día para disfrutar del amor de toda una vida”, “¡Igualdad a todos los niveles, incluso en la infidelidad conyugal!”, decía los pequeños textos de la cartelera, que no ahorraban los signos de exclamación.
Y en las páginas de publicidad convivían los anuncios de dos automoviles: una nueva versión del Renault 4 y el Seat 124D, que se fabricaba en la factoría de Landaben.
LOS OJOS PUESTOS EN JUAN CARLOS
El 21 de noviembre ya se anunciaba la proclamación del Rey Juan Carlos. Entre la expectación y la incertidumbre, la prensa adelantaba que el joven Felipe se convertiría en heredero de la Corona y señalaba: “Se supone que llevará implícito el título de príncipe de Asturias”. No se sabía aún qué significaría exactamente ese Rey que llegaba con la dictadura todavía activa, pero sí que se esperaba algo distinto.
En su mensaje, Juan Carlos decía: “Soy plenamente consciente de que un gran pueblo como el nuestro […] pide perfeccionamientos profundos. Escuchar, canalizar y estimular estas demandas es para mí un deber que acepto con decisión”. Y añadía tres ideas, anticipadas por Garrigues Walker, que después serían claves en el proceso político:
- “Un orden justo, igual para todos, permite reconocer dentro de la unidad del Reino las peculiaridades regionales”.
- “La Corona entiende como deber fundamental el reconocimiento de los derechos sociales y económicos que aseguren a los españoles el efectivo ejercicio de todas sus libertades”.
- “Una sociedad libre y moderna requiere la participación de todos en los foros de decisión”.
El editorial del 23 de noviembre Diario de Navarra subrayaba que “la nueva etapa ha comenzado con un estilo nuevo, directo y descargado de retóricas”. Y concluía: “El rey no ha invocado razones pasadas, sino urgencias de un futuro prometedor basado en las cualidades de las nuevas generaciones”.
MIRADAS DESDE FUERA
El interés internacional por España era inmenso. Las embajadas expresaban condolencias, las banderas ondeaban a media asta en Francia y hasta la Cuba castrista decretó tres días de luto oficial, en un reconocimiento de dictador a dictador. El hispanista Hugh Thomas escribía: “Si la transición es fácil y España se dirige hacia un sistema democrático occidental […], tendremos la misma ambivalencia. Muchos recordarán la represión que siguió a la guerra civil, mientras otros alabarán a Franco por haber tenido firmes las riendas mientras España se desarrollaba tan rápidamente”.
La frase sintetizaba el debate que ya había comenzado: memoria y modernización iban a coexistir, y no siempre en paralelo.
UNA SOCIEDAD QUE DESPIERTA
En esas jornadas también se publicaba un texto de Pío Cabanillas en ABC. “Como muchos, yo he sido de los otros”, escribía. Y precisaba: “Me refiero a que hemos sido franquistas de otro modo […] porque no le conocimos más que como realidad de un poder consolidado y seguro”. Reconocía una distancia que muchos españoles compartían: “Pensamos que todos debemos entendernos y pactar un tránsito civilizado”.
En la revista Posible, Juan Antonio Ortega Díaz-Ambrona invitaba a mirar aún más adelante: “La monarquía, a través de su primer Gobierno, debería asumir un papel activo en el reconocimiento y protección de las libertades públicas […] Un Decreto-ley de libertades públicas, previo a las elecciones, podría dar nueva confianza a los españoles y cristalizar un nuevo consenso”.
Era la expresión visible de una urgencia política: institucionalizar la libertad antes de que la calle la impusiera.
EL PAÍS QUE ESPERABA
Cuarenta y ocho horas después de la muerte de Franco, España vivía un tiempo suspendido. La prensa, que tendría un papel esencial en la transición, ofició su propio papel: honrar al jefe del Estado y, al mismo tiempo, dar voz a quienes comenzaban a pensar más allá del régimen.
Quizá por eso la frase de ese cintillo de Diario de Navarra sigue teniendo un valor documental tan fuerte: el posfranquismo había comenzado, pero no estaba escrito. En aquel noviembre de 1975 convivían la liturgia del final y la intuición de un comienzo. Las dudas eran muchas; la dirección, todavía incierta. Lo único claro era lo que decían todas aquellas voces, cada una desde su lugar.
España ya estaba mirando al futuro.