Iglesia
"Quiero ser monja de clausura"
'Los domingos’, Concha de Oro en el reciente Festival de San Sebastián, recrea la historia de una joven de 17 años que decide ingresar en un convento de clausura. Como les sucedió a Fátima Sánchez Izquierdo y Carolina Martínez Soto, navarras de 21 y 31 años, ahora en las carmelitas Descalzas de Zarautz


Actualizado el 20/10/2025 a las 08:15
El monasterio de las Carmelitas Descalzas de Zarautz se erige en un caserón de piedra coronado por la torre de su iglesia. Construido hace 120 años, lo rodean ahora edificios de viviendas en altura, en el centro de la localidad costera, a dos calles del mar. Dentro conviven once religiosas. La mayor, María Dolores Mozo Alberdi, donostiarra de 95 años; las dos más jóvenes, son navarras. Carolina Martínez Soto, pamplonesa de 31 años, entró con 21. Y Fátima Sánchez Izquierdo, de Barañáin, la benjamina, sin cumplir los 18, en septiembre de 2021, terminada la selectividad y admitida en la universidad. Una historia paralela a la que relata ‘Los Domingos’, la película dirigida por Alauda Ruiz de Azúa que se llevó la Concha de Oro en el festival de cine de San Sebastián y que se estrena este 24 de octubre. Narra el largometraje la convulsión que supone en una familia una decisión contracorriente en los cánones de la sociedad actual.
La madre superiora también es navarra, de Tudela. Se llama Pilar Deán, tiene 58 años e inició la vida contemplativa en el convento de Zarautz nada más acabar la carrera de Farmacia. “Hay otra hermana enfermera. Así que nos faltaba una médica”, recuerda la hermana Pilar. Y llegó. En 2012 y con 37 años. También con ascendencia navarra. Es Akiko Tamura Ezquerra, de padre japonés y madre de Pamplona. Cirujana torácica criada en Madrid, estudio Medicina en Pamplona, fue MIR en el Hospital Princesa de Madrid, y ejerció durante años en la Clínica Universidad de Navarra. Hasta que el amor de Dios, pudo más.
¿DE VERDAD CREO EN DIOS?
Antes de entrar en el convento, lo único que Carolina Martínez Soto conocía de Zarautz era el camping. Graduada en Derecho, en la familia y en el colegio siempre le habían educado en la fe. “Pero nunca me planteé esto, quería casarme, tener hijos... Al empezar la carrera me planteé si esa fe que había recibido formaba realmente parte de mí, ¿De verdad creo en Dios? ¿Tiene sentido que busque un sacerdote para confesar?, ¿Que busque ratos para ir a misa? Vi que sí, que quería cuidar eso, mantener ese don. Aunque en la adolescencia había estado más a mi bola, ya en la uni empecé a buscar ratos de oración, a rezar el Rosario a diario”, condensa risueña al otro lado de la escueta ventana enrejada tras la que reciben a las visitas. “Ahora, entonces no, veo que en esos cuatro años yo no quería hacer mi vida pensando en lo que yo quería y a mí me salía, sino que él quería algo para mí y eso me llenaba de alegría. De primeras se me pasó: monja de clausura, pero no hice caso, porque no conocía monjas y era algo... raro”, sonríe. “Sí quería que Dios fuera lo primero en mi vida. No tenía una dirección espiritual, pero se lo comenté a un sacerdote porque me parecía algo irreal y yo me planteaba ya mi planning de trabajo, hacer la tesis y demás”, explica que al “hablarlo” con el sacerdote lo vio “cada vez más claro”.
¿Por qué de clausura? “Lo más conocido para mí en ese momento eran las Misioneras de la Caridad, pero no quiero estar en un sitio concreto ayudando a unas personas concretas, quiero que todo el mundo se acerque a Dios. No me sentía llamada a ayudar en una misión concreta, aunque por ejemplo me gustan mucho los niños... Quiero hacer algo para que este mundo sea mejor y creo que desde la clausura llegas a todas partes, es más expansivo, aunque toda vida entregada lo es”, reflexiona.
Aún le faltaba encontrar el camino. “Y pensé, a ver cómo me entero yo de esto. A través del sacerdote fui a ver a las monjas de Iesu Communio (instituto fundado en 2010 que reúne a 200 religiosas jóvenes en dos conventos de Burgos y Valencia), pero vi claro que no era mi sitio. Eran muy majas, me acogieron súper bien, pero dije no.
Lo hablé con una chica de mi clase que iba a ser carmelita. A mí eso no me sonaba nada. Me explicó la vida del Carmelo, ella conocía el convento de Zarautz, estábamos de exámenes, era un convento cercano, así que vine un día y en mi interior lo vi. No había visto nunca una reja. La hermana Purificación (la que atiende la portería) me dijo que avisaba a la madre y pensé: vendrá al otro lado, no aquí conmigo, me impresionó, pero lo que más me impresionó fue la naturalidad y en la comunidad lo mismo, la alegría”, describe resuelta. “Volví muy contenta, decidí entrar y le dije al director de tesis que no podía comprometerme cuatro años. Salí del despacho tan contenta que pensé: esto no puede ser más que de Dios. Siempre he querido hacer mi plan de vida, así que hablé con mi madre y se lo conté”, recuerda que en su casa lo aceptaron bien, tanto su madre, como su padre y sus cuatro hermanos. ¿Mis amigos? “No puedo evitar alegrarme por ti, me dicen al verme tan contenta y tan feliz, aunque les parezca muy fuerte”.
En el convento prescinden del teléfono móvil. “El primer día, por inercia, haces el gesto de sacar el teléfono y contar a tus amigas lo que has hecho durante el día y ya no lo tienes, pero es liberador desprenderse de él”, coincide también con Fátima. Pueden recibir visitas una vez al mes, aunque Carolina afirma que “este tiempo se alarga conforme las amigas se casan y en la familia cada uno emprende su camino”. “Es algo natural, aunque no les vea, estamos muy cerca”, afirma convencida.
“QUERÍA SER BIÓLOGA MARINA”
Fátima Sánchez Izquierdo es la mayor de dos hermanos. Estudió en el colegio Miravalles, vivía en Barañáin, recibía clases de violín en una escuela de música (siguió recibiendo clases dentro del convento) y, antes de encontrarse con Dios, le gustaba ver series en su tiempo libre. Una adolescente como tantas en una familia, la suya, católica y cercana a distintos movimientos en la iglesia.
El encuentro con los carismáticos, desvela, “fue el punto de partida” y después se intensificaron sus tiempos de oración, de voluntariado... Ella quería estudiar biología marina. o ciencias del mar. Le encantaba el agua. “Desde muy pequeña mi madre me llevaba a la piscina, me entusiasmaba nadar, bucear. En primero de bachiller empecé a ir a la renovación carismática y tuve un encuentro con el amor de Dios que me descolocó y que transformó completamente mi vida. A raíz de eso pensé que realmente Dios existe y me ama. Aunque a pesar de todo, en la adolescencia te distraes y lo dejas de lado”, sostiene. “Quería entregarme a Dios, no sabía cómo. Y pensé, bueno, monja. Pero no conocía a ninguna y busqué en Google, tipos de monjas, a ver qué encontraba. Salió una lista por orden alfabético: adoratrices, agustinas... me llamó la atención carmelitas descalzas, investigué un poco, empecé a hablar con un sacerdote del cole y a discernir si eso era o no lo mío.
Como veía mi vocación, descarté la biología marina, y se lo conté a mis padres. Me propusieron ir en verano a Iesu Communio, en Valencia, donde hay muchas monjas jóvenes, son muy majas, pero vi que no era mi lugar”, explica que a través de su director espiritual conoció al de la madre Pilar de Zarautz. No conocía Zarautz, salvo de pasada con una excursión del colegio a Getaria, pero vine con mis padres, con 16 años y sentí que era como mi casa. Les pedí volver de nuevo, es verdad que había confinamiento perimetral y no era fácil, además tenía exámenes, pero insistí y les pedí ir en mi cumpleaños, finalmente aceptaron. Fue una sorpresa, me quedé dos días con ellas. Justo vine con una sudadera en la que ponía Brownie, de esa marca, y me dijeron: qué curioso, acaba de nacer un pato y le hemos puesto de nombre brownie”, ríe simpática, como prácticamente en toda la conversación. Destaca el azul de sus ojos en un rostro muy joven de tez clara, el color del mar, sobre el blanco del hábito de postulante. “Mis padres también tuvieron que hacer un discernimiento. Porque entiendo que da miedo, un día en misa el sacerdote dijo que los padres tenían que dejar a sus hijos seguir su camino y creo que aquello les acabó de convencer.
Aunque en diciembre eran los exámenes previos de la Universidad de Navarra y me inscribí en Filosofía y en Literatura y Escritura creativa. Mi madre me apuntaba a todas las conferencias y puertas abiertas de la universidad”, desliza aquellos meses convulsos. “Fuimos a hablar con el obispo de Pamplona (Francisco Pérez) y él les dejó tranquilos. Les aconsejó: dejadle, si es su vocación va a ser muy feliz y si no, es muy joven, saldrá y se dedicará a lo que tenga que hacer”. Con esa premisa y un equipaje ligero, el 18 de septiembre hace cuatro años, dejaba para siempre Barañáin. El 22 de noviembre prometerá los votos temporales, es algo así como el ecuador de su noviciado. “Se han duplicado los plazos”, explica la madre superiora, “porque había muchos casos de exclaustración y secularización”. “También la gente se casa más tarde”, interviene Akiko Tamura, como una manera de explicar que tal vez haga falta más tiempo para madurar una decisión tan relevante.
"NO SABÍA CÓMO ERA UNA AGUJA DE GANCHILLO, NO HABÍA COGIDO UNA AZADA"
Las carmelitas de Zarautz se levantan a las 6.30 horas. Rezan la liturgia de las horas, siete rezos a lo largo de la jornada y también tienen ratos de oración en silencio. El trabajo en la huerta, las plantas medicinales, el cuidado de las gallinas y los patos, la cocina o el mantenimiento de la casa les ocupa buena parte de la mañana y un rato por la tarde. Tras la comida y después de cenar es cuando comparten, conversan, hablan. “El resto del día procuramos estar en silencio”, añade Carolina Martínez. Concede ella que no sabía ni cómo era una aguja de ganchillo, ni había cogido nunca una azada. Las labores y la huerta son ahora parte de su rutina. Como lo es la albañilería, la electricidad o la fontanería. “Nos apañamos nosotras para el mantenimiento de la casa, casi para todo”, añade la madre superiora.
Apenas salen para ir a votar o a renovar el carné de identidad. Es una ocasión para saludarlas en la calle. O para un abrazo. “Yo no lo necesito realmente. Sé que estamos unidos, y eso familia y amigos lo entienden, cuando tienen fe, si no ya es otro asunto, captan la unión que se da a través de la oración, yo no me siento lejos de mi familia y ellos me dicen lo mismo”, comparte la hermana Carolina.