Iglesia
El cura pamplonés que estudió Física en Hungría
Ramón Díaz Perfecto, de 29 años, fue ordenado sacerdote en Roma en mayo. Antes de entrar el seminario había estudiado Física en Hungría y allí iniciará en enero su camino en el sacerdocio. El martes celebró su primera misa en Pamplona


Actualizado el 19/09/2025 a las 23:31
Ramón Díaz Perfecto sonríe continuamente. Pamplonés de 29 años, fue ordenado sacerdote en mayo, en Roma. Este martes celebró su primera misa en su ciudad, en la iglesia de San Lorenzo y tras una estancia en Valencia, el próximo enero recalará en su destino: Hungría. Conoce el país. Allí se graduó en Física en la universidad de Eötvös Lorànd. Desglosa su biografía como quien describe la vida de un amigo. El mayor de cinco hermanos, uno de ellos monje benedictino en Madrid, tiene además dos tíos sacerdotes y una prima carmelita descalza. Vivió en Tudela hasta los 10 años, tiene abuelas en Peralta y en Cáseda.
Explica Ramón Díaz que con 18 años decidió “formar parte del Opus Dei, ser santo, entregar a Dios un corazón célibe, entero”. “Me hacía ilusión compartir toda la fe que había recibido por parte de mi madre, en el colegio, en el club Alaiz... con otras personas fuera de Pamplona, donde hiciera falta y pudiera echar una mano. Preguntó y supo que una opción era Hungría. Carecía de vínculos con el país. Lo primero que hizo, reconoce, “fue mirar en un mapa, solo sabía que existía y que estaba en Europa”. Preparó las maletas y se marchó. Aprendió húngaro de manera intensiva durante un año y luego estudió Física, cinco años de carrera. “No conocía a nadie, pero es cierto que no aterricé en medio de la nada, el Opus Dei me acogió como en una familia y me ayudó con las gestiones administrativas en la universidad, con todo”, subraya que “estudiar húngaro fue toda una aventura”. “Los compañeros de clase eran sobre todo musulmanes que venían con algunas becas de sus gobiernos a estudiar en Europa: de Túnez, Irak, Palestina, Siria y algún marroquí. Fue para mí impactante porque por primera vez entré en contacto con gente que no era católica y que me hacía preguntas sobre mi fe que no sabía responder, me ponían contra las cuerdas y eso me ayudó mucho, a profundizar, a entender los motivos... porque creo en lo que creo. Había recibido la fe de mis abuelos, de mis padres de un modo natural y ahí lo contrasté. Me ocurrió lo que a cualquier otro universitario, en un momento de crisis, de cambio con lo que has vivido desde que eras pequeño, del ambiente protegido del colegio, familia... Fue un momento de maduración, de crecer... y duro también”, reflexiona. “Ya en la universidad mis compañeros eran húngaros, con un ambiente muy variado, la mayoría cristianos de distintos pelajes, un gran número de católicos, un hijo de pastor luterano, un calvinista, baptista, un greco católico, un grupete de agnósticos, en general todo gente con muchas inquietudes intelectuales que se preguntaban por qué estamos en el universo, qué sentido tiene la vida... eran conversaciones muy bonitas. Me encontraba con gente que no era católica, pero que tenía muy bien fundamentada su visión del mundo y surgieron diálogos muy interesantes”, sostiene. “Se podía hablar con mucha caridad y con mucha claridad. El debate era sosegado, en España tal vez es más visceral”, apunta.
Incide en que la Física le “encantaba y la disfrutaba muchísimo”, pero llegó un momento en que la materia no acababa de dar respuesta a todas sus preguntas. En los últimos años de la carrera de modo natural y espontáneo se vio interpelado: la santa misa, la necesidad de sacerdotes en la Iglesia. “Todo esto me atraía y me interpelaba, no de un modo unívoco. Yo ya había entregado mi vida a Dios como numerario, esa vocación de disponibilidad. Escribí una carta al prelado del Opus Dei, con mi inquietud, ahí se abrió la posibilidad de estudiar Teología en Roma. Los primeros años uno va madurando la vocación y dedicando mucho tiempo a rezar en un ambiente tranquilo y cerrado, con gente de todo el mundo”, indica que tras cinco años en el seminario fue ordenado.
En casa siempre lo apoyaron. “Mis padres han tenido muy claro que el regalo más grande que podían dar a sus hijos no eran los logros económicos, académicos o los idiomas, sino la fe”.
Los veranos en Pamplona, la excursiones al Perdón o las salidas en bici que tanto le gusta, han sido en esta década la vuelta a sus raíces, a su identidad. Y en la ciudad celebró este 15 de septiembre su primera misa, en la parroquia de San Lorenzo, porque conocía al párroco, Javier Leoz, casedano como su abuela, y sacerdote en Peralta durante años, localidad de su otra abuela y de su madre, Belén.

