Alcoholismo
La historia de Edgar, vecino de Pamplona: "Ahora debería estar muerto o en la cárcel"
Edgar cree que "merece la pena vivir sin beber alcohol". Mexicano de 34 años y vecino de Pamplona, llegó a Alcohólicos Anónimos en 2022 y desde entonces no ha vuelto a beber


Actualizado el 31/08/2025 a las 08:27
La historia de Edgar alienta. Anima a pensar que se puede salir del hoyo. Aunque sea muy profundo y no veas ninguna luz alrededor. Al menos, él lo ha logrado. Y eso que cayó en un agujero muy hondo, cada vez más, desde que a los 13 años comenzó a beber cerveza y tequila y a drogarse con limpiador de tuberías. Durante el tiempo que permaneció en el pozo le pasó de todo. Le echaron del ejército de su país, en el que se había alistado, estuvo en la cárcel por agredir a un policía, dejó a una chica embarazada y no conoció a su hija hasta tiempo después de nacer, hizo sufrir a su madre lo que no está escrito... Intentó levantarse pero se volvía a caer. Una y otra vez. Al fondo del pozo. Hasta que hace casi tres años acudió a una reunión de Alcohólicos Anónimos en el grupo del Segundo Ensanche de Pamplona y su vida cambió. “Pensaba que lo mío no tenía remedio. Pero ellos me dieron esperanza. Desde el primer momento que crucé aquella puerta, sentí paz”. Ahora, este mexicano de 34 años , que trabaja en un centro logístico y es vecino de Ripagina lleva el mensaje de que “se puede vivir sin alcohol” al centro penitenciario de Pamplona. Porque quiere agradecer lo recibido. Por eso, comparte su testimonio.
Una historia que comenzó en Ciudad de México en 2004. Cuando Edgar era un adolescente y sumaba 13 años. “Lo normal era beber y emborracharse. Cerveza, tequila... Daba igual. Yo bebía para evadirme de mis problemas”, confiesa. Los que comenzaron cuando su padre, también alcohólico, maltrató a su madre y ella se separó de él. “Mis padres trabajaron unos años en Nueva York y mi hermana y no nos criamos con mis abuelos en Puebla. Yo culpaba a mis padres por habernos abandonado, aunque tuvimos una infancia feliz”. En aquella época, le pillaron en la escuela bebiendo y drogándose. “A pesar de todo, logré terminar Bachillerato y quise estudiar Ingeniería en la universidad. Pero no me cogieron y me metí en el ejército. Ahí fue todo a peor. Tenía mucha libertad y aún bebía más”. Desde los 20 a los 27 años fue soldado y solo se mantenía “un poco abstemio” cuando estaba en algún destacamento.
UNA HIJA Y A PRISIÓN
El 27 de junio de 2012, cuando su hija estaba a punto de nacer, Edgar golpeó “muy feo” a un policía. “Al ser yo un servidor público tuve un juicio más duro y me encarcelaron durante un mes”. Aquella situación, recuerda, marcó un punto de inflexión. “Me sentía muy culpable por no estar en el nacimiento de mi hija, mis padres (su madre se volvió a casar) estaban hechos pedazos... Yo intentaba controlarme pero no podía. Volvía a beber”. Así las cosas, decidió viajar a Virginia (Estados Unidos) para empezar de cero. Allí tenía amigos trabajando en la construcción. “Quería dejarlo y estuve bien unos meses sobrio. Pero enseguida volví a beber y a fumar porros”.
En uno de sus periodos de vacaciones, regresó a Ciudad de México para visitar a su familia y allí conoció a su actual pareja, una pamplonica que estaba “de mochilera”. “Pensaba que el amor me iba a rescatar. Pero tampoco. Cuando el enganche es tan grande, nadie te salva. Mi alcoholismo se situaba por encima de todo”, lamenta. Tras pasar una temporada con su chica en Virginia, decidieron finalmente establecerse en Pamplona. “Para entonces, yo ya había tenido dos accidentes de coche por conducir borracho. Ahora debería estar muerto o en la cárcel”.
Los primeros meses en la capital navarra tampoco fueron muy diferentes. “Una mañana amanecí tirado en el parque de Antoniutti, a donde voy a patinar”. Pero a los pocos días llegó a su buzón un tríptico de Alcohólicos Anónimos. “Entonces me acordé de que mi padrastro me había animado muchas veces a ir a las reuniones pero nunca quería. En esa ocasión, lo vi claro”.
DEJAR DE LUCHAR
Edgar repite el mensaje de AA que insiste en que “solo un alcohólico puede ayudar a otro”. “Tienes que rendirte y dejar de luchar. Reconocer que padeces una enfermedad y pasar 24 horas sobrio. Luego, otras 24... Y así, hasta hoy. En algunos momentos, claro, he tenido ganas de tirar la toalla. Es parte del proceso. Pero el apoyo de los compañeros ha resultado esencial”.
Edgar reconoce que su vida ahora “resulta mucho mejor que antes”. “Siento una felicidad tremenda dentro de mí y disfruto de cualquier cosa, de cualquier plan. De una comida sin beber, de un viaje... Existe una vida sin alcohol y merece la pena intentarlo”. Por eso, recalca, él quiere seguir transmitiendo el mensaje. “Cuando apoyo a una persona me ayudo a mí mismo”. Sus padres y su pareja se muestran ahora felices de ver cómo ha cambiado. “Animo a cualquier persona con problemas con el alcohol a asistir a estas reuniones. No importa la edad, la raza o la religión. Vale la pena vivir en sobriedad”, alienta con su historia.
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90 AÑOS DE AYUDA ENTRE ALCOHÓLICOS
Bill Wilson fue un hombre de negocios de Nueva York que no ha pasado a la posteridad por sus inversiones en bolsa sino por haber hecho un descubrimiento histórico. Corría 1935 y tras superar sus problemas con el alcohol y permanecer sobrio un tiempo, se dio cuenta de que solo un alcohólico podía ayudar a otro. Se trasladó a Akron (Ohio) y se puso en contacto con un médico local, Bob Smith, que también había experimentado los mismos problemas que él. Cuatro años después, publicaron el libro Alcohólicos Anónimos que llamó la atención con su programa de los doce pasos para dejar la bebida. El 10 de junio se cumplieron 90 años de la creación de esta institución extendida por todo el mundo (115.000 grupos en los cinco continentes) y que ha ayudado a recuperarse a tres millones de personas. AA llegó a Navarra en 1961, de la mano del psiquiatra Federico Soto Yarritu. Más información en los teléfonos 948 24 10 10 / 609 478 341