Pedro Artázcoz Loperena, sastre artesano

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Juan Cruz Alli Aranguren

Publicado el 27/03/2025 a las 07:42

El pasado 17 de marzo falleció a los 87 años Pedro Artázcoz Loperena, reconocido maestro y artista de la sastrería de la calle Mayor de Pamplona. Mi condolencia de exvecino, cliente y amigo a su esposa Micaela; hijos Alfonso y Belén, Cristina y José Antonio, María e Iñaki; nietos Pedro, María, Diego, Irene, Laura, Jesús, Iñigo, Pablo.

Pedro fue una buena persona y un gran trabajador. Su recorrido vital lo inició como hijo menor de la familia que formaron Miguel Epifanio y María Josefa con sus hijos Eulogia, Micaela, Celestino, Alberto, José Luis y Pedro. El matrimonio se estableció con la sastrería hacia 1920 en la calle Campana 2, pasando al domicilio de Mayor 23, hasta que en 1957 ocuparon el local del número 5 de la misma calle en que estuvo desde 1924 la zapatería Llorente, diseñado por Víctor Eusa en estilo ‘art decó’, que es una pieza artística catalogada de la ciudad. El cambio de actividad exigió resignificar el local dentro del diseño, que los Artázcoz hicieron con sensibilidad respetando su contenido artístico, sustituyendo las estanterías y expositores de calzado por piezas de telas. La sastrería era un espacio significado del primer tramo de la calle Mayor por su elegancia y la bulla que, al entrar y salir del trabajo, producía la presencia de un grupo numeroso de chicas costureras, con el contrapunto de un oficial, diario ‘andarín’ del casco antiguo, ‘Nicolás el mudo’.

Los Artázcoz eran familia conocida y con trato, sobre todo entre nuestras respectivas madres. Fueron un ejemplo de la promoción y movilidad social por el trabajo y la obra bien hecha, que ha caracterizado a los buenos artesanos que contribuyeron a la transformación de Navarra. De los hijos Eulogia fue “para casa”, Micaela religiosa, Alberto veterinario, José Luis ingeniero industrial, Celestino y Pedro continuaron la sastrería artesanal formándose con su padre en el taller familiar y academias de Barcelona, cuyos diplomas lucían en el probador. Los hermanos eran muy distintos y su carácter se tradujo en su formación profesional y, en concreto, en los dedicados a la sastrería. Cuando el padre se retiró, Celestino asumió las relaciones públicas, atención de clientes en la elección de los cortes, exposición de los ‘figurines’, toma de medidas y pruebas, mientras que Pedro dirigía el taller, hasta que la temprana muerte de su hermano mayor (1971) le obligó a hacerlo todo. Recuerdo que el día en que aquél me probaba la ropa elaborada con el afecto y buen oficio característicos, me dijo: “Con este terno vas a hacer una buena boda”. Fue una buena premonición. Poco después se casaron Pedro y Micaela encontrándonos de vecinos en la Vuelta del Castillo, que creó nuevas relaciones.

Desde 2004 Alfonso, hijo mayor de Pedro, mantiene la actividad con una forma distinta iniciada por este de un negocio transformado por su industrialización y presencia de grandes marcas, exponente del cambio socioeconómico y de la sociedad de consumo, que han hecho del oficio artesano de la elección de piezas, toma de medidas, corte, taller y pruebas una confección en serie ‘prêt-à- porter’ que ha llegado, incluso, a la alta costura. El oficio del diseño y hacer personal en el taller para alcanzar la perfección de la obra artística bien hecha se ha convertido en el de vender, que se puede hacer con indiferencia hacia el cliente en serie o con la proximidad y buen trato que siempre practicaron los Artázcoz.

Con Pedro ha terminado una familia de sastres artesanos que, sólo por amor al oficio, hicieron con su minucioso trabajo las obras de arte del traje. En cada uno de ellos pusieron conocimiento, experiencia y amor al producto de sus manos. La repetición, propia de las operaciones de la confección es, como decía E. D’Ors (Xenius), un modo de filosofía, arte y poesía “cuando el trabajador da a él su vida, cuando no permite que ésta se parta en dos mitades: la una, para el ideal; la otra para el menester cotidiano. Sino que convierte cotidiano menester e ideal en una misma cosa, que es, a la vez, obligación y libertad, rutina estricta e inspiración constantemente renovada” (’Aprendizaje y Heroísmo’, 1915).

Pedro se ha ido hacia la luz y la nueva vida, cuando el castaño de Indias del bosquecillo de la Taconera en que jugó de niño, conocido como el ‘árbol de S. José’, ha florecido anunciando el milagro de la primavera. Para él hubo un momento similar cuando Micaela le eligió -porque, no nos engañemos, eligen ellas-, dando lugar a una gran familia de hijos y nietos, cada uno de los cuales abrió nuevas primaveras. Tras la ruptura de la muerte, Micaela, hijos y nietos, recordad que, como expresó S. Agustín adaptado por el poeta inglés S. H. Holland, Pedro os dice: “El amor no desaparece jamás. Lo que éramos los unos para los otros lo somos siempre. Os espero, no estoy lejos, justo al otro lado del camino. Veis, toda va bien”. “Volveréis a encontrar mi corazón, mi ternura acentuada. Enjugad vuestras lágrimas y no lloréis si me amáis”. Descanse en paz.

*El autor es amigo del fallecido

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