Día del Seminario
Tres seminaristas en el último curso: "Siempre digo que en estos años he descubierto que soy feliz donde al principio no quería estar"
Navarra cuenta con 735 parroquias y faltan sacerdotes para atenderlas. En el imponente edificio del seminario diocesano de Pamplona las orlas de las últimas décadas son escuetas, pero hay historias contracorriente, como la de los tres seminaristas del último curso o la de los dos jóvenes que entraron en septiembre. Dos de ellos son médicos.


Publicado el 18/03/2025 a las 05:00
En el Seminario Conciliar San Miguel de Pamplona 21 jóvenes se preparan para el sacerdocio. Tienen entre 19 y 48 años ; 10 pertenecen al seminario diocesano y 10 a Redemptoris Mater, del camino Neocatecumenal y hay uno más de la diócesis de San Sebastián, que se forma en Pamplona, en sexto curso. Comparten clases, aulas o tiempo de deporte, si bien la formación difiere en algunos puntos. Son ciudadanos contracorriente, varios han atendido a su vocación después graduarse en la universidad, como médicos, abogados o ingenieros, psicólogos; otros llegan nada más acabar el Bachillerato. Y estas páginas recogen el testimonio de los tres que acaban este año el sexto y último curso y con los dos que han entrado a primero en el diocesano. Aquí hay una novedad. No están en Pamplona, sino en Alcalá de Henares porque la Santa Sede ha cambiado el proceso formativo. El primer año es un curso propedéutico, introductorio, que deben compartir con al menos diez seminaristas. La cifra se antoja lejana en este tiempo, de manera que las distintas diócesis agrupan a los aspirantes. Una vez finalizado el curso regresarán a Pamplona, donde iniciarán la preparación en Filosofía y Teología durante cinco años, en lugar de seis.
Ion Díaz Elduayen, natural de Villava, 36 años. Estudió Auxiliar de Enfermería, trabajó once años en la Clínica San Miguel y con 30 años entró al seminario, “un cambio grande en cuanto a lo que hacía”. “Estaba independizado, tenía encauzada mi vida, y volví a un régimen de colegio, con horarios, con un rector... ha habido momentos de dificultad. Pero cuando estás en el sitio que tienes que estar todo eso se sobrelleva”, concede en un descanso este viernes 14 de marzo, en la sala que hace las veces de cafetería con vistas al campo de fútbol del seminario con Beloso, al fondo.
“Siempre digo que en estos años he descubierto que soy feliz donde al principio no quería estar. En el sitio en el que menos hago lo que quiero soy feliz. Y esa es la clave, estamos contentos”, afirma. “De pequeño nunca pensé en ser cura. Mi familia es cristiana, pero... lo que más heredé es de mi abuela. No es una familia practicante. Fui a misa hasta la Confirmación y luego sí seguí en un grupo scout, pero nuestra fe era vivida un poco de aquella manera. Me cambié de grupo scout, primero en Barañáin y luego a la parroquia del Corazón de Jesús en Iturrama y por las relaciones de amigos, con 25 años empecé a conectar en la parroquia con la fe, a volver a ser cristiano. Siempre he sido scout, hacía mil cosas, pero mi corazón no se llenaba, y decidí dar el paso”, prosigue un relato sosegado.
En la familia sorprendió, explica. “Fue más bien indiferencia, si te hace feliz..., me decían. Luego lo van asimilando. No viven la fe como la puedo vivir yo, pero hay respeto”, dice poco antes de ir a comer con su madre. “Es su cumpleaños”.
“Me quedaré en Navarra, eso lo sabemos. Me da igual dónde me manden. Empecé mi pastoral en el Corazón de Jesús de Pamplona, pero he descubierto la zona rural. Estuve en Cárcar y San Adrián y ahora en Roncesvalles, los fines de semana estoy en la colegiata, con los valles de Arce, Erro y Aezkoa. Los pueblos más grandes son Burguete y Espinal y rondan los 300 habitantes. Pero tiene su encanto, hay misas que hay diez personas, pero es la presencia de la Iglesia. Da igual el sitio en el que vayas, siempre estará Jesús. Parece más atractivo una parroquia de ciudad porque hay más gente, pero lo atractivo y verdadero es que está Jesús”, recoge sus cosas Ion y emprende camino a casa.
Manu Torralba Lizasoáin ha tenido una semana ajetreada. “Voy a la radio, luego a la tele”, es un poco el portavoz, como si fuera el delegado de clase, tal vez el más dicharachero. Tafallés de 30 años, el menor de tres hermanos, estudió Medicina y nada más graduarse ingresó en el Seminario. Recordaba que hizo la carrera con su amigo desde el colegio. Después separaron sus caminos: uno al MIR, hoy es médico intensivista en el Complejo Hospitalario de Navarra, y él al Seminario. “Disfruté muchísimo durante los años de la Universidad, en todo, de las asignaturas, de las prácticas, en todo. Tenía vocación de médico. Pero es verdad que otra la vocación estaba ahí, siempre había estado muy vinculado a mi parroquia en Tafalla, los scouts, campamentos, durante la Universidad seguí viviendo en Tafalla y mantuve mucho mi vida parroquial, y mis idas y venidas interiormente. Al final de la carrera lo tuve más claro y también por una conversación con mi párroco, Iñigo Beunza, que ahora es formador aquí . Me preguntó si no me había planteado el sacerdocio. Le comenté que sí y al final pensé: Ya estoy tan revuelto que esto hay que resolverlo”, cuenta en torno al café de media mañana.
“Terminé la carrera y aún lo tuve en secreto, todo el mundo hablaba del MIR y yo me hacía un poco el loco, y tras la graduación abrí el melón y se lo dije a mi familia, amigos de Tafalla, de la Universidad: en septiembre me voy al seminario”, describe la sorpresa del momento en la familia. “Nadie se espera que te vayas sacerdote. Pero es verdad que la gente que te conoce bien no se extraña tanto”.
“En el seminario he mantenido tres años de vida parroquial en Tafalla y a partir de cuarto los fines de semana ya fui a Viana y varios pueblos del entorno: Bargota, Sansol, Torres del Río..., he disfrutado mucho y ha sido una parte muy importante para el discernimiento, para verme como cura en un pueblo. Y ahora al empezar sexto curso un cambio total otra vez, parroquia de ciudad, el Corazón de Jesús, que también tiene Santa Vicenta María, con mucha vida entre semana que yo me pierdo, es cierto, me toca el fin de semana”.
Pablo Altemir Bayo es de Huesca y tiene 23 años. Su historia es algo diferente. Primero porque entró al Seminario nada más terminar el Bachillerato, con 18 años, y segundo porque él pertenece al seminario Redemptoris Mater, del camino Neocatecumenal y su futuro es incierto y no está necesariamente vinculado a Navarra, son misioneros y será destinado a cualquier parte del mundo. “El seminario se elige por sorteo, aquí hay seminaristas de muchos países, de hecho en primero son seis: dos de Estados Unidos, uno de Vietnam, uno de Sudáfrica, uno de Colombia y uno de Nicaragua”. Y puede ser que haya un navarro en algún otro seminario. “Hace poco se ordenó uno sacerdote en Alemania”.
Pablo Altemir, el segundo de seis hermanos, hizo la selectividad y se planteó estudiar Derecho o un grado superior de Música, algo que habría encantado a su padre, en una familia de músicos. “Soy músico, he estudiado en el conservatorio, hasta entrar en el seminario, saxofón. En casa somos todos músicos, mi abuelo, mi padre, los seis hermanos. Era casi obsesión de mi padre, desde pequeños con la música y yo quería hacer Derecho, hice el Bachillerato de Ciencias Sociales, enfocado en eso, aunque no lo tenía 100% claro. Lo del seminario fue al principio una sorpresa. Mi vocación va muy ligada a la conversión, en un momento de mi vida en el que vi que Dios existía. Una cosa es lo que uno ha vivido en su casa y otra cómo lo has vivido tú. Tengo un momento en mi vida en que me doy cuenta de que Dios existe de que es verdad, que lo que me habían enseñado en casa es verdad. Eso cambia mi vida totalmente y luego ya vi que el Señor me pedía una entrega total y así me lo planteé, si Dios existe, vale la pena entregarle mi vida. Con dudas, con miedo, aunque mi familia me apoyó, al principio no fue fácil, es difícil de entender para todos porque vas contracorriente. Pero eso también me ayudó, saber que tenía que contraponer muchas cosas”, habla lento y sonríe.
Y confiesa algo más: “He tenido mi época de rebeldía en la adolescencia, de dejar la Iglesia. He vivido la fe en mi familia, y eso te marca, pero no me planteaba nada más allá que ir al misa el domingo. Tengo un tío cura, hermano de mi padre, la figura del sacerdocio y la Iglesia me era familiar, pero no me planteaba para nada entrar al Seminario y es verdad que a raíz de algunos acontecimientos y sobre todo de no encontrar sentido a la vida, tenía la Iglesia como un lugar donde ir cuando estaba mal”.
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Y estos años del Seminario, Pablo Altemir tiene, como sus compañeros, un termómetro infalible. “La experiencia que tenemos todos es que estamos contentos. Hay momentos y momentos, pero pasan los años, y estás contento. Con eso me quedo”, subraya poco antes de iniciar la clase de música, en la que “solo” cantan. “Por lo menos tenemos que saber entonar”, sonríe de nuevo. Es una de las pocas clases que tienen en sexto curso que es un periodo donde retoman el discernimiento y en el que preparan el examen final de Teología, con 40 temas, además de la práctica pastoral y sesiones con todos los temas más prácticos: Economía, Patrimonio, Cáritas (han conocido todos los centros que tiene en Pamplona y la Comarca), la Trata, la Comisión de Abusos...
Tras un rato de conversación, Pablo reflexiona: “Esto es mucho más sencillo de lo que se imagina la gente, somos gente normal que hemos descubierto el amor de Dios”. “No es un proyecto tuyo ser cura, igual en otras profesiones se ve más claro, ser cura es darte a los demás”. Ayuda en la parroquia de San Jorge los fines de semana, lo ha hecho desde el primer curso hasta el último.