Inmigración en Navarra (I)
Jessica Llaja, peruana en Pamplona: "Te dicen que migrar es duro, pero si no lo vives, no lo entiendes"
El matrimonio tenía trabajo estable en Perú, pero “la inseguridad creciente” del país y la formación de sus hijas les impulsaron a empezar de cero en Pamplona. Han ido viniendo escalonadamente, la primera la hija mayor y el último, el padre


Publicado el 01/03/2025 a las 05:00
Era profesora de Primaria y su marido trabajaba en una aerolínea. Vinieron a Pamplona por primera vez en 2016, pero como turistas, para visitar a su hermana, que sí vivía aquí. No imaginaban entonces que esta ciudad terminaría siendo su hogar, como tampoco pensó nunca Llaja que tendría que ponerse a limpiar para ganarse un sueldo. Aun siendo una decisión elegida, el proceso “es duro”. El laberinto de trámites, la separación física de sus hijas o de su marido, el parón de la pandemia, la búsqueda casi imposible de una vivienda. “Pero me siento afortunada dentro de todo”, reitera.
¿Cómo de complicado es migrar?
Mucho y en todos los aspectos. En cuestión de trámites y también en el aspecto emocional. Hay dos palabras que yo aprendió aquí: duelo migratorio. Te dicen que es duro, que quizá no te convenga. Pero si no lo vives, no lo entiendes.
¿Cómo ha sido su recorrido?
Vinimos en 2016 por primera vez, pero por turismo. Mi hermana vivía aquí y mi esposo trabajaba en Perú en una aerolínea y eso nos permitía acceder a pasajes sin pagar. Después regresamos varias veces, siempre como turistas. La primera que vino para quedarse fue mi hija mayor, para estudiar en la universidad. Le costó muchos trámites de convalidación y tuvo que prepararse, así que se demoró casi un año más, pero al final lo logró y escogió la carrera de Relaciones Laborales. Aun así, yo todavía no tenía claro el venirme.
¿Cuándo se decidió?
En 2019 decido que me vengo con mi hija menor, que por entonces tenía 11 años. Lo que más me empujó fue la situación de inseguridad en Perú, que cada vez es mayor. Nos robaron el coche en la puerta de casa, hay extorsiones hasta en los autobuses y cuando mi hija mayor iba a una fiesta yo no estaba tranquila, pero tampoco podía coartar su libertad.
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¿Su marido se quedó?
Mi marido se quedó en su trabajo. A comienzos de 2020 se empezaban a escuchar amenazas sobre la pandemia, así que él me aconsejó que regresara a Perú para completar todos los trámites que me faltaban. Viajé, literalmente, un 13 de marzo, cuando Sánchez estaba cerrando el país. Llegué a Perú el día 14 y también se cerró todo. Mis dos hijas se quedaron en Pamplona. Nadie sabía la magnitud de lo que estaba ocurriendo. Me quedé año y medio en Perú sin mis hijas y fue durísimo. Ahí aprendimos qué significa el síndrome del nido vacío.
Cuando decide venirse a Pamplona, ¿usted trabajaba?
Sí, tuve que renunciar, con mucha pena. Yo soy profesora de Primaria, he trabajado muchos años en Perú en liceos navales, colegios de hijos de militares navales, y tenía un puesto fijo. Mi hermana, que ha sido un gran soporte, me animó a empezar la homologación de mis estudios ya en 2016. Así que estando allí comencé a tramitar los papeles. Pero jamás pensé que ese proceso se iba a demorar ocho años.
¿Ocho años?
Educación me concedió una homologación condicionada, porque me reconocía la experiencia pero aun así tenía que matricularme en 7 asignaturas. Cuando vine en 2019 creí que me podía matricular, pero me faltaba una resolución definitiva de Educación y no pude hacerlo. Caí en crisis. Había renunciado a mi trabajo en vano. No tenía trabajo, no tenía estabilidad. Me considero una persona muy trabajadora y no me gusta estar de brazos cruzados.
¿Y qué pasó?
En 2021, cuando regresé después de la pandemia, ya pude matricularme en la Universidad Pública, a la que estoy muy agradecida, porque me han ayudado mucho. La trabajadora social conoció a fondo mi caso y me orientó mucho. Sufrí mucho con el idioma y también la pasé mal con la diferencia de edad, porque yo ya tengo 53 años y los chavales que se te acercaban a conversar eran la minoría. He tenido experiencias agradables y también desagradables, y había días que salía de clase llorando. Además, conocí pronto mi tendón de Aquiles en la universidad: el inglés. Eso hizo que las 7 asignaturas me costaran dos años y no uno.
¿Es muy distinto el nivel?
El nivel que exigen aquí para cualquier alumno de Magisterio es el que exigen en Perú para una profesora de inglés. Pero al final lo aprobé. Y el 16 de septiembre del año pasado, con el curso ya empezado, me salió mi credencial.
¿Y trabaja?
En mi carrera, todavía no. Creo que mi error ha sido enfocarme en los colegios concertados, todo el mundo me decía que era más fácil y que no podía presentarme a oposiciones porque no soy ciudadana. He ido a Educación y estoy viendo si hay alguna manera de acceder a un contrato. Lo que quiero es trabajar de lo mío.
¿Y mientras?
Trabajo en una residencia, en limpieza. En Bidealde, en Cizur. Antes trabajé también en limpieza en la Policía Municipal, cubriendo vacaciones. Me siento cómoda, pero nunca lo pensé. Me asombra de mi misma que no me chocó en lo emocional.
¿No se ha venido abajo?
No. Tengo trabajo, formal, con contrato. Desde diciembre estoy indefinida, así que tengo cierta seguridad. Me siento bien. Y lo que venga... No soy de esas personas que van a la iglesia golpeándose el pecho, pero en este tiempo me hice muy amiga de Dios. Más amiga. Sé que no me las manda por gusto. Y este trabajo me ha hecho más guerrera.
¿Su situación administrativa está regularizada ya?
Sí, ahorita mismo me han dado por dos años. El primer año vine como estudiante, el permiso decía claramente que no debía trabajar.
Su esposo ahora está con ustedes. ¿Cómo vino él?
Tuvo mucha suerte. Gracias a un buen amigo español vino ya con un contrato de trabajo el año pasado. Es un señor al que estamos agradecidísimos. Trabajó primero para él y luego ya está trabajando en una empresa que lleva temas relacionados con el kit digital de los negocios (procesos digitales, redes sociales, etc.).
Y su hija pequeña, ¿en qué situación estaba cuando vino con usted en 2019?
No ha podido formalizar su situación hasta el año pasado. Porque como yo no trabajaba y mi esposo no estaba, ninguno de los dos estábamos demostrando económicamente una solvencia para mi hija. Así que no podíamos regularizar su situación. Desde el año pasado estamos más tranquilos.
¿Encontrar vivienda ha resultado difícil?
Muchísimo, más teniendo en cuenta que yo no trabajaba. Al final mi cuñado firmó por nosotras el contrato. En Perú ves un cartel, vas y lo alquilas. Aquí es complicadísimo. Aun así me siento muy afortunada de no haber tenido que vivir en piso compartido. Creo que no lo hubiera soportado.
¿Se han aclimatado bien?
Me gusta mucho Pamplona, pero extraño mucho Perú, donde conservamos nuestra casa y a donde espero poder regresar algún día. Toda la familia está contenta, tengo aquí a mis hermanas y a mis padres también. El último en llegar fue mi marido. Si te soy sincera, creo que me ha adaptado, porque antes sufría mucho, pero no me he acostumbrado. Me gustaría poder ir y venir, no perder la conexión con mi país.