Mari Ganuza Senosiáin, maestro fallero y comparsero

Jesús Mari Ganuza, en una foto de archivo de 2004
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Jesús Mari Ganuza, en una foto de archivo de 2004
Jesús Mari Ganuza, en una foto de archivo de 2004

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Ignacio Alli

Publicado el 25/02/2025 a las 08:44

Jesús María Ganuza Senosiáin, pamplonés de casta, de raza escultora y pincel en detalle. De su infancia poco sé, salvo que la pasó por los Glacis de la Ciudadela y, como contaba entre sus muchas anécdotas, subiendo la cuesta de Esquiroz en bicicleta, de “espaldas al manillar y sin parar”, camino de la llanada de Iturrama, cuando todavía era un terreno de huertas, vergel del sur de Pamplona, y todavía se entendía que el término toponímico fuera “la fuente de la meseta”, y no la “fuente madre”.

Hace pocos días, cuando hablábamos del fallecimiento de su inseparable “Vigui”, nos apenábamos del ruido de fondo que el fenómeno “Gigantes de Pamplona” ha tenido desde antaño. Porque sé que los llevaba tan en el alma que no siempre fue entendido ni comprendido, en especial con el paso de las generaciones. Pero también creo que nadie hoy podría negarle una lágrima.

Si entonces hablaba de los restauradores, hoy debo y quiero centrarme en Mari, a quien sí conocí. Maestro de oficio, indagó en cómo definir su oficio de tallador de mármoles y otros minerales para las lápidas para descubrir que su actividad era la de “Pompas fúnebres y actividades relacionadas. El código SIC es 7261 Servicios funerarios”. Sería uno de esos colmos de las canciones, pero es que Mari trascendió del polvo suspendido en su taller a golpe de maza y cincel.

Me aventuro a llamarlo osado. Corrió a Valencia a aprender el oficio de maestro fallero, y superó los cantos y los ángulos de la fría piedra para convertirse en constructor de gigantes y cabezudos, amén de restaurador. Sus figuras no eran meros títeres, de enorme altura, cuyos dedos transmitieran el hierático efecto que la industria gigantera inventara. Transmitían sentimientos: temor, admiración, señorío en el semblante, majestad.

Era un arte verle aplicar los finos brochazos en los pómulos de cartón piedra de sus inertes maquillados. ¿Palabras al trabajar? Pocas. ¿Movimiento de manos con arte? Todo. Como fue aprendiz, sabía que, ya siendo maestro, el resto debíamos aprender como él lo hiciera. Y así estuvo años, de presidente de la Comparsa, pero con las manos bien pringadas de escayola y pintura.

Siempre nos tuvo bien atendidos en la Comparsa de Gigantes y Cabezudos: unas buenas aceitunas previamente untadas en cayena al acabar la jornada; ni un huevo frito permanecía entero si llegaba con su tenedor. A veces podía ser un poco jodón, como se suele decir, pero con muxo arte y una sonrisa. Difícil no quererlo.

Por donde él pasaba atronaba su afición (estuvo en Valencia, ¿recuerdan?). En cierta ocasión empleó un barreno de pirotecnia poco habitual en estos lares, si a fiesta y mascletá nos referimos. Los más veteranos de Puente la Reina recordarán que al ¡PUM! inicial le siguió un apagón de la villa. Así era, navarro pero muy valenciano en cuanto a temas de pólvora.

Su faceta musical, quizás no tan conocida, también lo caracterizó, con su acordeón. O la habilidad de construirse su propio hogar contra viento y marea, o contra quien le robó toda la herramienta del edificio que luego sería su casa, cerca del río Robo. También involucrado en el Cristo Alzado, hasta que la razón de fe chocó con la sorna popular, que bien nos costó uno que otro roce, pero que no alteró nuestro afecto

Amoroso, eso diría yo de él en este momento. Porque era muy, muy cariñoso en el entorno más cercano, como pude comprobar que lo era con su madre, su mujer y sus amigos.

Como sé que estará con Vigui, así lo espero y rezo, sólo puedo decirle lo que ya escribí:

Berriz ikusiko gara horrela idatzita badago. Goian bego.

*Ignacio Alli Turrillas, excompañero de la Comparsa.

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