Rosa Oronoz Ibarra, una madre y abuela entregada

Rosa Oronoz Ibarra
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Miguel Mendia Betelu

Publicado el 07/02/2025 a las 07:57

Rosa Oronoz Ibarra, la Rosina, la mamá, la abuela, nació hace unos 98 años en Eltso. Desde muy pequeña ayudaba en todas las labores familiares, incluyendo el trabajo en la posada de Eltso. Cerca de la treintena se le propuso casarse con Miguel Betelu Iraizoz, del vecino pueblo de Gerendiain y aceptó. Contrajeron matrimonio en la iglesia pamplonesa de San Saturnino y la luna de miel consistió en un viaje a San Sebastián en el Plazaola.

Iniciaron su vida juntos en Gerendiain junto a Perico, un ayudante en las labores ganaderas, y tuvieron cuatro hijos: María Ángeles, José Miguel, Francisco Javier y Jesús Mari. No tenía una profesión remunerada, como tantas mujeres en aquella época, pero nunca paró de trabajar: siempre estaba haciendo cosas. Ella y Miguel criaron y educaron cuatro hijos trabajadores, honestos y libres que siempre, hasta sus últimos días, la han acompañado. En esta primera etapa vivió por su familia.

Rosina ha sido una mujer buena, fuerte, humilde, con carácter (o rasmia), amable, justa, animada y trabajadora. Todos los días de su vida desbordó tesón, vitalidad, nervio, franqueza y humanidad, aceptando con valentía todos los reveses que se le presentaban y dando lo mejor de sí: el incendio de la casa, la viudedad, fracturas, diversas enfermedades... Casi todas estas situaciones las afrontó en el último tercio de su vida en el que, además de ser mamá, pasó a ser abuela.

Disfrutó educando y viendo crecer a sus seis nietos. Todos hemos conocido una abuela atenta, valiente, cariñosa y laminera. Hemos compartido tiempo con ella en Gerendiain, Olagüe, Pamplona y hasta en Cambrils. Hemos ido a misa, a las vacas, a Arañotz, a balnearios, de paseo y a las flores. Hemos celebrado fiestas, cumpleaños, matanzas, bodas, bautizos y comuniones. Hemos disfrutado su sopa ardiente, su chocolate hecho, sus tortillas de patata, sus leche-fritas y mil platos más. Le hemos visto coser, echar curruscas, reír, llorar y superar momentos muy difíciles con una entereza envidiable.

Ha vivido una vida ejemplar hasta sus últimos días, en los que incluso llegó a conocer a un biznieto: Miguel, el nene. En esta última etapa pasó de vivir con su familia a vivir en su familia, disfrutando de los mejores cuidados posibles y de todo su cariño. Siempre con el punto, vivía cada día con ilusión y agrado y siguió siendo un ejemplo para todos.

El vacío que deja es inabarcable. Todos los que le hemos querido sabemos que cada momento que hemos compartido con ella ha sido un milagro, una joya. ¡Qué suerte haber sido tan bien tratados! ¡Y qué suerte poder haberle tratado tan bien a ella! ¡Qué Espíritu! Muchas gracias por todo el amor que nos ha dado. Siempre vivirá en nosotros y siempre le querremos.

*El autor es nieto de la fallecida.

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