Enrique Jaureguizar Monereo, un médico que luchó por la vida

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Enrique Jaureguizar Cervera

Publicado el 07/02/2025 a las 07:43

Hace unos días nos dejó mi padre, el profesor de origen navarro Enrique Jaureguizar Monereo, tras 17 años de lucha incansable contra el párkinson. Fue, desde su infancia, un ejemplo de superación, esfuerzo y entrega, tanto en su vocación de médico como en su determinación por vivir plenamente, incluso en los momentos más difíciles.

Con innegable dedicación, estudio y trabajo constante, mi padre ayudó a miles de personas, cambiándoles la vida y dejando una huella imborrable en muchas familias. Fue un cirujano pediátrico excepcional, reconocido internacionalmente por sus contribuciones a la urología pediátrica. Introdujo en España técnicas innovadoras y avanzadas que marcaron un antes y un después, enfrentándose a enfermedades y procedimientos que otros médicos consideraban imposibles. Su valentía en el quirófano y su afán por mejorar la vida de sus pacientes lo consolidaron como una figura imprescindible en la medicina pediátrica.

Desempeñó un papel clave en la creación de un servicio de urología pediátrica en el Hospital La Paz, que no solo se convirtió en un referente nacional, sino también internacional. Gracias a su labor, miles de niños y sus familias pudieron encontrar esperanza y tranquilidad en los momentos más oscuros. Enfrentó casos extremos, desde la separación de siameses rechazados en otros países hasta trasplantes realizados de madrugada. Su entrega no conocía horarios ni límites: visitaba a sus pacientes los sábados, ayudaba a amigos y familiares, y siempre encontraba tiempo para atender con una humanidad única. “El médico que solo sabe medicina, ni medicina sabe”, decía Gregorio Marañón, y mi padre encarnó como nadie esa idea. Su visión iba más allá del bisturí y de las enfermedades; siempre tuvo presente que detrás de cada paciente había una persona, una familia, una historia que merecía ser tratada con empatía y compasión.

Su compromiso con la enseñanza y el aprendizaje constante fue otro de sus grandes legados. Formó a generaciones de médicos en la Facultad de Medicina de la UAM, dirigió tesis doctorales y participó en la creación de guías y manuales que aún hoy son referentes en la pediatría. Inspiró a sus compañeros, residentes y alumnos con su actitud en la que “imposible” era una palabra que no entraba en su código deontológico.

Con frecuencia me encuentro con personas que me dicen: “Gracias a tu padre, estoy vivo”. Es un orgullo indescriptible, como hijo, como médico y como español, saber que su profesionalidad, su humanidad y su sentido del humor dejaron una marca tan profunda. El profesor Enrique Jaureguizar Monereo no solo salvó vidas, cambió destinos. Su legado vivirá en las manos de aquellos que formó, en las vidas de aquellos que curó y en los corazones de quienes tuvimos la suerte de conocerle.

Descansa en paz, papá. Tu ejemplo y tu amor por la vida seguirán iluminando el camino de quienes hemos tenido el honor de seguir tus pasos.

*El autor es hijo del fallecido y médico.

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