Alfonso Lacunza Santesteban, un amor por su familia y sus cinco hijos


Actualizado el 10/01/2025 a las 07:31
Decía San Agustín que “la muerte no es el final, es el paso de una habitación a otra, donde se bebe con embriaguez, ante Dios, de un néctar que no sacia jamás”. Alfonso vivió con intensidad esta vida y creyó en la otra.
Alfonso Carlos Lacunza Santesteban nació el 3 de marzo de 1946 en Larrainzar, hijo de Celestino y Regina. Fue el pequeño de 12 hermanos. A los 8 años se mudó a Pamplona con el fin de estudiar en Escolapios. Un año después, al fallecer su padre, se trasladó al Colegio San José de Tortosa (Tarragona). Compañeros suyos le definen como inteligente, generoso y muy buen deportista. Ante su capacidad intelectual, estudió Psicología y Pedagogía en la Universidad de Salamanca; más tarde Filosofía y Teología (Magna cum Laude) en las facultades de Roma. Hombre humanista y de gran cultura hablaba varios idiomas.
Alfonso en su estancia en Italia, destacó en el deporte de balonmano, participando en el equipo Haswell, donde ganó varias ligas y participó en la selección italiana, sobre todo en el inicio de la década de los 70.
En la Ciudad Eterna, un Viernes Santo, en el Via Crucis que recorre el Coliseo y la colina del Palatino, Alfonso conoció a la pamplonesa Mari Carmen. Fue un amor a primera vista porque le confesó a un amigo: “He conocido a la mujer con la que me voy a casar”. El 31 de octubre de 1976 se unieron en matrimonio y nacieron cinco hijos: Carlos Hugo, Clara Isabel, Paola, Íñigo y Javier. Sus estudios de psicología le sirvieron para dirigir el Centro de niños autistas de Navarra y fundar con Gerardo Aguado el centro psicológico Huarte de San Juan por el que pasaron decenas de pacientes. En la década de los 80 colocó los cimientos, como profesional en la selección, contratación y formación de personal en Pyrámide Asesores, debido a la amistad con José Lobete, para constituir, junto con Juan Urrutia, Haswell Recursos Humanos.
Participó de manera destacada en el Partido Carlista, siendo vicesecretario general en Navarra y candidato al Parlamento (1979) y a la alcaldía de Pamplona (2003). Mantuvo amistad con Carlos Hugo de Borbón con quién compartía una visión humanista, servicial y cristiana de la política. Alfonso fue fiel durante muchos años a la cita de cada primer domingo de mayo en Montejurra; amenizaba y participaba activamente en el mitin anual. Lacunza fue una persona de marcados valores cristianos, participando en los Cursillos de Cristiandad. Siempre de forma anónima y callada, estaba dispuesto a echar una mano y ayudar a gente de diverso origen, raza y condición. La Fe fue el pilar central de su vida y en torno a la cual giraban sus principios. Les decía a sus hijos: “No abandonéis nunca la Fe. Es lo más importante. Si un hermano vuestro flaquea, levantadle entre el resto de la familia.”
Hombre de gustos sencillos, se recreaba con hijos y nietos de paseos por Obanos y por el valle de Ulzama y de su capital Larrainzar. Amaba su tierra y disfrutaba de sus paisajes, sobre todo, recogiendo setas, clasificarlas y enseñando a sus hijos el nombre en latín. Amante de la música clásica, era habitual levantar a la familia los domingos con el Aleluya de Händel y el chocolate con churros. Nunca decía que no a una buena partida de mus y en su vida diaria ponía el ingrediente del humor.
Con la enfermedad del cáncer en su cuerpo y conociendo que le quedaban pocos días de vida les dijo: “Os quiero mucho, no deseo daros el mínimo disgusto, me voy a morir, no pasa nada. He vivido 78 años y he sido muy feliz”. En la clínica San Juan de Dios se despidieron su esposa y todos sus hijos uno a uno. Falleció el día de Navidad en presencia de su hijo menor Íñigo. Fue su hija Clara la que afirmaba: “Ya ha cumplido su primera etapa del camino y alguien tan grande como papá merecía morir en un día grande”. Su presencia mortal en el tanatorio y más tarde en el funeral fue la comprobación del cariño mostrado por decenas de personas, que manifestaron sus condolencias a su esposa Mari Carmen y a sus cinco hijos.
Nada mejor para finalizar que recordar las palabras que su hijo Carlos escuchó en Munich de su padre Alfonso: “Hay un proverbio que dice: Si quieres arar recto, ata tu arado a una estrella. Hijo mío que esa estrella en tu vida sea Dios”.
*El autor es amigo de la familia