Santos Munárriz, una persona de bien

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Juan Cruz Alli Aranguren

Publicado el 20/12/2024 a las 07:59

El 9 de diciembre falleció, a los 86 años, Santos Munárriz Romeo (Pamplona, 1938). A su querida esposa María Dolores (Mari), hijos Manuel y Ana, Santos y Sara, Migueltxo e Idoya, María y Sebas, Javi y Eli, y ocho nietos, la condolencia de un convecino del Burgo de San Cernin, compañero de labores políticas y, sobre todo, viejo amigo que siente vuestro dolor como propio, añadiendo a su expresión habitual de asombro la proclamación de lo buena, generosa y desprendida persona que fue Santitos, como se le conocía desde niño: “¡Santo Dios, que santo varón!”.

La imagen de Santos y su hermano José Mari (q.e.p.d.) la tengo situada en las correrías infantiles por las calles Mayor, Jarauta, Descalzos, Plaza de S. Francisco y la Taconera. Los grupos eran amplios y abiertos, porque había vínculos de vecindad, familia, alumnado de la “universidad de S. Francisco”, celebraciones religiosas, como la “novenica del Niño”, y profanas como las mañanas sanfermineras con la Comparsa, y carreras al grito de “¡que viene el ja!”, nombre en clave del agente de la autoridad, fuese municipal o de jardines. Hubo un espacio en el que no coincidimos: las “mañuetas” de la orilla del Arga, bajo los muros del Palacio, donde desembocaban las “minetas” que bajaban de la Navarrería. En la ladera de la orilla y fondo del cauce la roca de “tufa” era una “chirrista” resbaladiza para jugar en el agua “de pelotari”, sin ropa alguna. En las aventuras callejeras los hermanos tenían liderazgo por edad y experiencia.

Nuestros caminos por la vida fueros distintos, viéndole alguna vez como miembro de la Hermandad de Paz y Caridad y portador de la Virgen de la Soledad, siendo miembro de su Consejo Mayor. Nos reencontramos en los primeros años 90, cuando en las celebraciones de la Asociación de Donantes de Sangre de Navarra Santos era uno de los más importantes protagonistas por el número y cantidad de sus donaciones, recibiendo muchos reconocimientos. Esta era para él la mejor obra de su vida, tras casarse con Mari y formar la familia.

Su comportamiento como donante fue el modo de expresar su personalidad. El acto físico de desprenderse de su sangre era la donación de una parte de su vida, una entrega de sí mismo para atender necesidades ajenas, de modo tan natural que alcanzaba a todas las manifestaciones de su vida. Siempre fue una persona de buena pasta y sangre, vital y generoso, que puso su fuerte naturaleza al servicio de los demás, tanto en la donación como dando cariño y servicio a las personas del Centro de Atención Integral a la Discapacidad San José de Echavacoiz donde trabajó.

Su paso por la vida pública como concejal del CDN en Berriozar lo hizo con la misma amabilidad y vocación de servicio para sus compañeros y convecinos. Trabajó con ahínco en el municipio para mejorar la vida y la convivencia de la localidad, hablando y colaborando con todos, con independencia de ideologías, apoyando los proyectos de interés común, haciendo lo que debía y se le pedía que hiciera. Para Santos ser hombre era pensar y practicar la ayuda a las personas de su derredor, asumiendo el riesgo de equivocarse, convencido que los que no hacen, nunca cometen errores. Hizo de cada, aparentemente, pequeña acción una obra de servicio y filantropía, como fue la ONG Ayuda al Vecino, actualización de la Solidaridad Cristiana de Familias (SCF) que constituyó el canónigo Zubeldía en la Pamplona de La posguerra civil. Se nos ha ido dejándonos su espíritu, ejemplo y obras, porque “el alma vence al ángel de la muerte y al agua del olvido”; en definitiva, fue “en el buen sentido de la palaba, un hombre bueno” (A. Machado).

A su esposa Mari hemos de agradecer ser su apoyo y refugio en todos los momentos de la vida. Confirma la verdad del dicho: “Detrás de un gran hombre, hay una gran mujer”. A ella, hijos, nietos, familiares y amigos que sufrís la pérdida de una persona tan queredora y entrañable como Santos, pensad que seguirá protegiéndonos, como a él le habrán acogido La Virgen Dolorosa que tantas veces portó y San Fermín al que veneró. Siempre supo y se preparó para terminar el camino, porque la vida es para la muerte y ambas son una, con un intervalo cuya duración desconocemos, y él aprovechó para ayudar a los otros y hacer el bien.

Hoy nos unimos evocando a una persona que tan veces nos reunió en vida para celebrar todo lo que para él merecía la pena, como la familia, la amistad, la solidaridad y la fiesta. Lo hacemos recordando su sonrisa bonachona, dándonos con su voz recia el consejo del poeta, que es lo que Santitos hubiese hecho y querido que hiciéramos: “Vuestro corazón puede estar vacío, / porque no lo podéis ver, / o puede estar lleno / del amor que compartisteis. / Podéis llorar, cerrar la mente, / sentir el vacío y dar la espalda, / o podéis hacer lo que a él le gustaba: / sonreír, abrir los ojos, amar y seguir” (David Harkins).

*El autor es amigo y compañero del fallecido en CDN

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