Diario de Navarra, en Valencia
Enfermeras en el fango de Paiporta
Dos enfermeras del Servicio Navarro de Salud han acudido por su cuenta a la zona cero para realizar curas y, sobre todo, divulgar que la autoprotección es vital en un contexto de fango y agua estancada
Actualizado el 08/11/2024 a las 11:15
La calle Lepanto, en Paiporta (Valencia), está divida en dos por una barricada de residuos envueltos en fango que llegan al primer piso. Hay vecinos que no pueden salir de casa por esa vía. Lo más blanco que hay en la calle son los buzos de Marina e Irati, dos enfermeras del Servicio Navarro de Salud (SNS) que se han desplazado por cuenta ajena a los pueblos valencianos más afectados para ayudar desde su perspectiva sanitaria y, realmente, en lo que haga falta.
El modelo que visten es el que debería llevar puesto toda la población que estos días está en contacto con ese batido marrón que es más espeso cuanto más estático permanece. Ese fango va teniendo ciertos tonos, sobre todo al lado de los garajes, que mezclado con líquidos de vehículos aparece el multicolor.
Buzo, gafas, guantes largos, botas y cinta aislante para evitar que el barro acceda a los pies. Sin embargo, las vestimentas lucen ajenas a las infecciones gastrointestinales o cutáneas, el tétanos u otros. Al final la gente presta más atención a las palizas diarias en tareas de limpieza que a su autoprotección.
Las enfermeras del SNS, que son vascas, hablan con Delfina, una vecina veterana del portal número 36 de la calle Lepanto que está al otro lado del marco de la puerta y que es imán de fotografías y cámaras televisivas por su amabilidad. Le preguntan por posibles heridas que ellas puedan curar o medicación que tome en su día a día para asegurar que todo esté en orden. También aprovechan para dar una mascarilla a una vecina de la zona. Esa parte es a día de hoy un foco infeccioso de manual, explican.
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“Llegamos el martes por la tarde y fuimos a un almacén de distribución de material que sabíamos que necesitaban gente”, relata Marina Vélez de Mendizabal. Cuestión de suerte o de buena fe, una mujer presente en ese almacén les dejó su domicilio para ducharse, cenar y el miércoles durmieron. La idea de estas enfermeras era pasar la noche en la furgoneta en la que habían viajado hasta Valencia, pero finalmente tuvieron cama. “Súper hospitalarios”, reconoce ella.
Avanzar por esta calle supone que de vez en cuando recibas una ráfaga de barro procedente del achique del interior de las casas, pero es el pan de cada día en Paiporta estos días. En el siguiente portal hay un joven que parece que tiene una herida en la pierna, pero asegura haberse curado bien.
“A nivel enfermería ni colegios ni sindicatos se están organizando”, lamenta Marina comentando que fruto de esa descoordinación, estos días también se han dedicado a sacar palas de barro hasta que por cuenta propia han dado el paso de realizar esa labor sanitaria enfocada sobre todo en la prevención.
LA GENTE SE OLVIDA DE CUIDARSE
Durante las jornadas de voluntariado de limpieza y rondas como enfermeras, ellas sí han detectado esa dejadez en el autocuidado. “La gente está muy concentrada en la limpieza de sus calles, sus pueblos y sus casas y no se acuerdan de cuidarse”, lamenta Vélez. “No descansan, no se protegen, no llevan equipo de protección adecuados, no llevan calzado adecuado, si les salpica a los ojos algo no se los lavan, si se cortan siguen trabajando…”, enumera esa lista negativa en lo relativo a la prevención de riesgos y desatención. “Va a haber problemas a nivel sanitario dentro de unos días o unas semanas”, continúa haciendo hincapié en la protección individual.
El recorrido de puerta por puerta, balcón por balcón continúa en el laberinto de fango de Paiporta y vecinos y afectados agradecen su presencia. “Señoras, ¿necesitan algo?”, preguntan a unas mujeres ubicadas en un primer piso. Ellas sí llevan FPP2. “Si se cortan, vacunas, antibióticos… que se curen. Puede parecer una herida que no molesta en el día a día, pero esto está muy sucio”, insiste explicando que en esta situación las heridas no se curan.
Irati Merino Pardo cura a un voluntario de una herida pequeña en un dedo. Es muy pequeña. Diminuta. “Hemos intentado hacer un poco de educación sobre la salud, pero a la gente les da igual”, explica en la misma línea que su compañera relatando que uno de los vecinos le había comentado que llevaba en esas condiciones desde el primer día. “Las bacterias y enfermedades se cultivan con el calor, humedad y tiempo”, apunta. Y en Valencia ahora mismo no hay otra cosa que eso: calor, humedad y tiempo. Un tiempo infinito. “Cuanto más esté aquí el lodo, más bacterias va a haber”, añade insistiendo en que la gente se tiene que dar cuenta de esto. “Estamos muy preocupadas por lo que va a venir después”, reconoce Merino.
Cortes, ampollas de las botas, mareos, vértigos… son cosas que se pueden ver por las calles. Aunque hay otras patologías que también se pueden descontrolar en un escenario similar a este. “Por ejemplo una persona con diabetes, que puede ser mortal. Si está controlada no pasa nada, pero una persona que no pueda salir de casa por las inundaciones y no tenga insulina puede morir”, contextualiza sobre otra de esas metas que tienen como sanitarias.
Marina e Irati dejarán la provincia valenciana este viernes después de cuatro días tratando de ayudar en lo que han podido.
