Inés Dorronsoro y Ramón Díaz, unidos en el amor y la investigación

Ramón Díaz (primera promoción) y su mujer, Inés Dorronsoro (quinta), son microbiólogos

Inés Dorronsoro y su marido, Ramón Díaz, en una sala de reuniones de la Facultad de Medicina de la Universidad de Navarra, la semana pasada.
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Inés Dorronsoro y su marido, Ramón Díaz, en una sala de reuniones de la Facultad de Medicina de la Universidad de Navarra, la semana pasada.
Inés Dorronsoro y su marido, Ramón Díaz, en una sala de reuniones de la Facultad de Medicina de la Universidad de Navarra, la semana pasada.

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Sonsoles Echavarren

Publicado el 13/10/2024 a las 05:00

Inés Dorronsoro no podía creer que Ramón Díaz la hubiera llamado por teléfono. “Él estaba en séptimo y yo, en segundo. ¿Cómo se iba a fijar en mí?”, se pregunta aún hoy, sesenta y cinco años después. Pero lo hizo. Se enamoraron y casaron.

 Ramón Díaz García (San Marín de Trevejo, Cáceres, 1935), alumno de la primera promoción de Medicina de la Universidad de Navarra, e Inés Dorronsoro Ibero (Cáseda, 1942), de la quinta promoción, se ríen al recordarlo. Y lo hacen sentados en un despacho de la Facultad de Medicina de la Universidad de Navarra, una mañana lluviosa de octubre. Padres de diez hijos, con siete nietos y un biznieto, ambos se especializaron en microbiología y, tras unos años en Estados Unidos y Francia, regresaron a Pamplona. Él, como profesor en la UN; y ella, como jefa del Servicio de Microbiología del Hospital de Navarra. Dos de sus hijas han seguido sus pasos. Agnes es cardióloga en la CUN y Lourdes, radióloga en Lérida.

Ramón Díaz cuenta que él ya estudiaba Medicina en Madrid cuando se enteró de que en Pamplona iba a arrancar una escuela con pocos alumnos. “Llegué en quinto y, al principio, teníamos que examinarnos en Zaragoza”, recuerda este hombre, hijo de un médico que lideraba, en su pueblo, un dispensario antipalúdico. También hija de médico es Inés. Su padre, Ramón Dorronsoro, fue galeno en Andoáin (Guipúzcoa) durante años y se oponía a que su hija estudiara Medicina. “Pero mi madre me animó”. En su promoción hubo nueve mujeres (de cuarenta alumnos). “Todas hemos ejercido. Así que eso de ir a la universidad a buscar marido, ¡nada de nada!”, se ríe.

Pero ella lo encontró. Y con él viajó hasta Madisson (Wisconsin, Estados Unidos), donde le dieron una beca. Ambos trabajaron en el Instituto de Salud Pública. De ahí, viajaron a Tours (Francia), también como investigadores. Y en 1974 se establecieron en Pamplona. “Ese era nuestro sueño”. Durante su docencia en la UN, Díaz trabajó para el Gobierno de Navarra para combatir la brucelosis bovina. “Siempre fui contento a trabajar. No tenía horas suficientes”. Una opinión que comparte Inés, que tuvo que sumar la conciliación en unos años en los que apenas había mujeres que trabajaran fuera de casa.

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