Javier Sanz Lacambra, el ferretero sonriente

Javier Sanz Lacambra.
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Javier Sanz Lacambra
Javier Sanz Lacambra.

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Juan Cruz Alli Aranguren y Loli Turrillas

Actualizado el 12/10/2024 a las 01:05

El 5 de octubre falleció en Pamplona a los 88 años Javier Sanz Lacambra (1936-2024), al que su familia, con toda razón, proclamó en la esquela “el ferretero de la calle Mayor, el mejor marido, padre y abuelo”. A su esposa Araceli, hijos Kike, Ernesto, Laura y Amaya, hijos políticos, nueve nietos, hermanos y demás familia, la condolencia de sus amigos Loli y Juan Cruz.

En la calle Mayor 35 tenía la familia de D. Enrique Sanz, Dª Ramona Lacambra y sus hijos Merche, Santi, Enrique, Ernesto y Javier su comercio de ferretería y vivienda hasta que se trasladaron a la calle San Fermín 38 en 1954. Como vecinos del portal contiguo tuvimos trato de dos generaciones y Javier fue un ejemplo que ponían mis padres de chico bueno, trabajador, cuidador ejemplar de sus padres al vivir solo con ellos.

Javier empezó ayudando a su padre en las vacaciones escolares y, a partir de los 14 años, se integró en el negocio en un momento difícil por la muerte de su madre, el sufrimiento del padre y su fallecimiento en 1956. Tras la muerte del padre continuó el negocio y con su iniciativa, empuje y visión lo reorientó de la ferretería industrial y agraria a los utensilios domésticos y a la cerrajería artesana de lima, cepillo y lija fina. Cambió la imagen exterior e interior del local, lleno hasta el techo y en perfecto orden de ajuar y utillaje doméstico, ferretería y las llaves en que se especializó.

El pequeño de los Sanz demostró que era un ferretero de vocación y un manitas. A una pequeña máquina manual de copiar llaves le acopló un motor y una correa de transmisión que le permitieron multiplicar el resultado produciendo llaves en el acto. La curiosidad infantil me llevó a verle como pasaba horas con sus gafas protectoras de los ojos inclinado sobre la máquina y al rosario -al menos como el de octubre, pero sin despertar al vecindario- de gente que pasaba por el local a duplicar los llavines de dientes, que se iban imponiendo en las cerraduras. Con amabilidad atendía las demandas de pequeñas reparaciones del utillaje doméstico en un tiempo en que no se tiraba, sino que se prolongaba la vida útil de las cosas.

El nuevo tipo de negocio le llevó a reducir las necesidades de espacio de la bajera del patio de manzana, que llegaba hasta los de las casas de Ansoleaga y la plaza de S. Francisco. En el local desocupado se estableció la Sociedad Gastronómica Napardi hasta su traslado a la calle Jarauta 4. Esto explica que Javier siempre tuviera un vínculo afectivo mayor que el de mero socio porque, donde trabajaron su padre y él, ahora disfrutaba de la amistad y la cocina hasta alcanzar el grado de ‘socio de honor’. El primer piso fue ocupado por una emisora de radio, oficinas de Electra y otras actividades hasta convertirse en el primer local de la sociedad cultural, deportiva y recreativa Anaitasuna en sus primeros tiempos. Esos cambios de actividad supusieron ruido, humos de extractores y voces de las que los vecinos del entorno protestaron. Siempre recordaré que un habitual del Anaita terminaba las cenas entonando sonoramente su arrepentimiento con una sola palabra, “¡pecatóribus!”, con voz potente, pero con propósito de enmienda sólo hasta el sábado siguiente.

Su profesionalidad, simpatía y don de gentes hicieron de Javier Sanz un puntal del comercio de la parte vieja de Pamplona. Cuando dejé de vivir en el portal siguiente cada vez que pasaba delante de su local entraba a saludarle, comprobando su paciencia con algún cliente particularmente difícil o irresoluto a la hora de optar por alguno de los numerosos productos, siempre con conocimiento y sonrisa, guiado por dos principios: “el cliente siempre tiene razón” y “estamos a su servicio”.

Javier quedó huérfano y sólo con 20 años, sus hermanos estaban ausentes cada uno en un lugar distinto. Tuvo la gran suerte de encontrarse en la vida con Araceli, una chica joven, guapísima y encantadora. Recuerdo un comentario de mi madre muy favorable a las cualidades de la novia que, además, era hija de Julián Vergara, un gran delantero goleador de Osasuna (1932-1943): “¡Es lo que necesita Javier, casarse pronto, que está muy solo!”. Y así fue, contrajeron matrimonio el 10 de febrero de 1962 formando una espléndida familia en la que Araceli, esposa, madre y abuela, ha sido la “mujer fuerte” que dio sentido a la vida de Javier y la ha sostenido.

Su vocación la ejerció Javier con tesón, esfuerzo y sacrificio, haciendo del trabajo diario arte, poesía, invención y razón de su vida al servicio de su familia y sus convecinos. Al verle trabajar en las llaves se podría considerar que era monótono y repetitivo, pero en cada una ponía oficio para que fuese perfecta. Como recomendaba Xenius unió el menester cotidiano y el ideal “en una misma cosa, que es a la vez, obligación y libertad, rutina estricta e inspiración constantemente renovada”, porque “sólo el que sabe repetir, con entusiasmo renovado, es un hombre”. El ejemplo de buen ferretero ha sido seguido por su hijo Kike y su nieto Telmo, confirmando el amor al oficio en la continuidad de cuatro generaciones en un negocio centenario.

Tras 88 años Javier nos ha dejado en el desconsuelo de la separación a Araceli, hijos, nietos, hermanos y amigos. Lo ha hecho siguiendo el consejo del poeta: “Yo quisiera morir, cuando ya tenga / mi sangre en otras sangres derramada / y ya mi corazón sea semilla / que florezca su flor en otra rama” (J.L.Hidalgo, 'Los muertos', 1966). Descanse en paz.

Los autores son amigos del fallecido

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