OBITUARIO
Alejandro Llano, filósofo y exrector de la Universidad de Navarra
"Era enormemente capaz de ver y admirar las cualidades ajenas y enseguida las comentaba con la persona y se apoyaba en ella para hacerle sacar lo mejor", recuerda Juan Cruz Alli de quien dirigió la UN entre 1991 y 1996


Actualizado el 03/10/2024 a las 17:39
El fallecimiento de Alejandro Llano Cifuentes (Madrid 1943-Pamplona 2024) ha llenado de pesar a cuanto tuvimos la suerte de conocerle y ser sus amigos en algún momento de nuestra vida. De familia asturiano-cubana, siempre se sintió muy vinculado a la tierruca y las gentes de la aldea El Carmen cerca de Ribadesella, que fueron su primera escuela. Allí abrió los ojos a la vida y en las universidades de Madrid, Valencia y Bonn al conocimiento de la filosofía, doctorándose en 1971 con una tesis sobre la metafísica de Kant.
Le conocí cuando el joven catedrático de Metafísica de la Universidad Autónoma de Madrid (1976) vino a Pamplona en 1977, tratándonos hasta tener una relación de amistad durante su rectorado de la Universidad de Navarra (1991-1996), coincidiendo con mi presencia en la presidencia del Gobierno de Navarra, que nos proporcionó muchos encuentros, conversaciones y algunos viajes. Mantuvimos relación personal y familiar acrecentada por haber vivido en la misma residencia con mi hijo Juan, que me ha proporcionado información sobre el modo de ser de Alejandro en la intimidad del filósofo, que se autoconsideraba un ser pensante, patético y sufriente con visión trascendente.
Su brillante trayectoria académica como universitario y metafísico será destacada por otros con mayores fundamentos. Era un maestro del que siempre se aprendía de su palabra y de su intensa producción intelectual en 32 libros, 42 obras colectivas, 67 artículos y la dirección de 56 tesis doctorales. Por mi parte me he de referir a la persona que ha pasado por la vida encarnando el principio que aprendió de muy joven: que su vida no fuera estéril, sino útil y fecunda, dejando poso, iluminando con su fe, amor, conocimiento y ejemplo.
Alejandro era una persona que imantaba con su palabra, sus gestos, su cercanía y su empatía. Era capaz, a la vez, de hacerle a uno sentirse muy cerca y, quizá por eso, se le impregnaban muchos de los problemas ajenos. Gozaba y sufría con los éxitos, fracasos, penas y alegrías de los demás. Los entendía muy profundamente y los internalizaba hasta hacerlos propios.
Era enormemente capaz de ver y admirar las cualidades ajenas y enseguida las comentaba con la persona y se apoyaba en ella para hacerle sacar lo mejor. Por eso concitaba tanta adhesión a sus proyectos y esa fue una de sus mejores cualidades de gobernante como decano y rector. Nunca dejaba a nadie fuera o de lado, incluso aunque tuviera que prescindir de ellos.
Era divertido, algo socarrón, repleto de anécdotas vividas aquí y allá que sabía convertir en categorías mediante sus brillantes asociaciones memorísticas. Su memoria afectiva, teñida de simple memoria intelectual, era poderosísima; una forma de exorcizar los fantasmas era contar y escribir -como atestiguan sus memorias- esas historias que le pasaron a él o a las personas con las que convivió, conoció o admiró.
Fue un universitario de profundo conocimiento y actitud abierta, que lo alejaba del metafísico que está en tan altas regiones del intelecto que sólo pone los pies en la tierra para desplazarse. Su propósito de buscar “la verdad como pasión” lo persiguió en sí y en los otros, llevándole a conocer a las personas en sus ecosistemas sociales, culturales, políticos y económicos, a buscar la relación con los mismos, abriendo la filosofía a la antropología, la sociología, la política y la empresa. Ejerció la investigación y la docencia con la convicción de que la Filosofía tenía entidad propia en su búsqueda de la verdad por la razón, no siendo esclava ni de la Teología ni de ninguna otra ciencia.
En el primer tomo de sus memorias 'Olor a yerba seca' (2008) expresó que el motivo de su diversidad temática y divagaciones intelectuales partía de que “nada de lo humano me es ajeno”, pero “no es la sabiduría sino precisamente la curiosidad”, que le llevó a un “panorama abigarrado y casi caótico”. Reconoció su “torpe intento de unir existencialmente la indagación de las verdades filosóficas y la búsqueda de quien es Camino, Verdad y Vida”. Sin embargo, “en ningún campo del saber, y mucho menos en filosofía, hay demarcaciones de las que no se puede salir o en las que uno no debe entrar”. En el tomo siguiente, la 'Segunda navegación', expresó su convicción practicada en su vida de “la necesidad de cambiar el rumbo o el arte de navegar cuando la singladura ofrece nuevos obstáculos”.
Si se leen entre líneas sus memorias se puede comprobar que fue siempre un discreto heterodoxo en un mundo ortodoxo, abierto a la verdad, viniera como viniera. Capaz de conectarla con sus sentimientos, pero sin dejar que su conciencia claudicara ante cualquier cosa. Pero, a la vez, suficientemente dúctil para aceptar la verdad ajena y no hacer incómoda la vida de los demás. Seguramente por eso la desazón intelectual y humana profunda iba más allá de lo académico y se trasladaba a unos ideales radicales que sentía insuficientes para sus ansias de verdad que, seguro, ha encontrado, porque esperaba hacerlo, de modo pleno y definitivo. Ahora se le han resuelto todas las dudas: “Yo no sé dónde estás, pero te busco; / en la noche te busco, y mi alma sueña. / Por los que ya no están, sé que Tú existes / y por ellos mis aguas Te desean”. Alejando ha alcanzado “llegar a Ti Dios de los hombres, / donde las almas de los muertos velan” (Hidalgo, J.L., 'Te busco', en 'Los muertos', 1966). Descansa en paz.
Juan Cruz Alli fue presidente del Gobierno de Navarra y amigo del fallecido.