Fallecimiento

Entrevista con el exrector Alejandro Llano: un metafísico hijo de emigrante al frente de la Universidad de Navarra

Entrevista publicada en Diario de Navarra en 1991 con motivo de la toma de posesión de Alejandro Llano, fallecido este miércoles 2 de octubre de 2024, como rector de la Universidad de Navarra.

Alejandro LLano, en un momento de la entrevista
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Alejandro LLano, en un momento de la entrevista
Alejandro LLano, en un momento de la entrevista

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Inés Artajo

Actualizado el 02/10/2024 a las 18:26

Entrevista publicada en Diario de Navarra en 1991 con motivo de la toma de posesión de Alejandro Llano, fallecido este miércoles 2 de octubre de 2024, como rector de la Universidad de Navarra. La periodista Inés Artajo (que luego sería directora de Diario de Navarra) dialogaba con el profesor sobre sus orígenes, su infancia, el puesto, la universidad y la filosofía y la política.

Alejandro Llano Cifuentes toma hoy posesión del cargo de Rector Magnífico de la Universidad de Navarra. Será en el Aula Magna. Le dará el relevo Alfonso Nieto. El testigo pasa de un periodista a un filósofo, catedrático de Metafísica, de 48 años. La tarea, ser la representación institucional de una entidad que se asentó en Navarra hace más de una treintena de años y que acoge en sus aulas a más de 12.000 alumnos.

—Hoy, para Alejandro Llano, la pompa y el boato académico. Pero, ¿quién es usted? ¿De dónde viene?

—De Madrid, pero casi podía decirle que de Méjico. Mi padre, asturiano de Ribadesella, fue indiano.

—¿El rector magnífico de la Universidad de Navarra, hijo de emigrante?

—Sí. La familia de mi padre era muy pobre. Solo tenían una vaca para vivir, y cuando la familia creció, emigró a Méjico. Mi padre tenía 12 años.

—¿Se enriqueció?

—Sí, pero no solo económicamente. Comerció con comestibles: chiles, garbanzos, cacao para el mole. Luego tuvo negocios de pesca, compró un rancho, e incluso produjo alguna película. Pero se enriqueció, sobre todo, en el plano cultural. Salió de Asturias sin acabar los estudios primarios, ni siquiera sabía las cuatro reglas. Con lo que iba ganando, se financió el bachillerato nocturno en el colegio inglés. Desde entonces, sumó a la religión del trabajo y de la vida austera, su ansia de cultura.

—Final feliz.

—Pero plagado de aventuras. Para nosotros, sus 9 hijos, un universo infantil plagado de Panchos Villas y Emilianos Zapatas.

—Si su padre tenía ya negocios florecientes en la revolución mejicana, quizás no agradeciera a Steinbeck que regalara a Zapata-Marlon Brando aquella frase de “la paz es un hombre sentado al atardecer en la puerta de su casa”.

—Téngalo por seguro. Mi padre recordaba las cargas de los rurales y simpatizaba con el conservador Porfirio Díaz. Un hombre que cruza los mares porque no tiene qué comer busca más la paz y la seguridad que la revolución.

—En todo caso, ¿qué hace un indiano rico?

—Pues casarse.

—¿Con doncella de gran fortuna?

—Sí. También hija de emigrantes asturianos afincados en Cuba. Mi abuelo fue allí el promotor de la fábrica de tabacos Cifuentes, los que se comercializan con la marca Partagás.

—Y ahí llega Fidel Castro.

—Sí. La nacionalizaron.

—Que los piropos de los anticastristas de hoy no serán nada para lo que usted habrá escuchado en su casa.

—Pues no. Se aceptó como un revés de la fortuna. Y ¿qué quiere? Yo, de niño, simpatizaba con Fidel. A mí, eso de la revolución me encandilaba. Tardó tiempo en caérseme.

TIEMPOS DE ESTUDIANTE

—Bueno, en todo caso, usted ya nace en Madrid. ¿Y no le hizo falta estudiar con beca?

—Así es. Pero mi padre poco dinero me daba más allá de la matrícula y los libros. Todo lo que fuera para mis gastos tenía que ser fruto de mi trabajo.

—¿Y en qué trabajaba?

—En el campo, en Asturias, durante los veranos. Cogiendo peras y manzanas o recogiendo el heno. Mi padre nos pagaba 10 céntimos por kilo de pera recogida. La primera oferta nos parecía buena, claro, hasta que sacamos la cuenta de que en una canasta cabían 30 kilos, y eso eran 3 pesetas por casi todo un día.

—¿Y el resto del año, en Madrid, el bachillerato?

—Sí, en el colegio del Pilar.

—Oiga, ¿hay alguien que haya estudiado en el colegio del Pilar y sea hoy trabajador en una fábrica o conserje en algún ministerio?

—Debe haberlos, pero nadie los conoce. La gente conoce a Juan Luis Cebrián, a los Solana, a Ignacio Camuñas, Ruiz Giménez o Alfonso Ussía... Lo cierto es que los alumnos de aquella época en el colegio del Pilar fuimos una generación que tuvo la suerte de entrar en una universidad no masificada y, al acabar las carreras, tuvimos buenas oportunidades profesionales.

—¿Sabe usted que en algunas-ofertas de trabajo se reclama, además de la licenciatura, que se tenga por delante otras generaciones de universitarios?

—Me parece una discriminación horrible que se primen otros méritos que no sean los personales. Y, además, una advertencia: las primeras generaciones de universitarios suelen ser de buena calidad. Precisamente porque somos los que hemos tenido que abrirnos el camino con más desventajas.

—Dice su currículum que fue usted premio extraordinario en bachillerato y en la licenciatura. Y premio nacional de fin de carrera. ¿No sabe lo que es copiar en un examen?

—Vaya que si lo sé. He pasado grandes ratos haciendo chuletas. Mi especialidad eran los rollitos en papel de cebolla. Ahí metía las fórmulas de Química y las fechas de Historia.

—¿Le pillaron alguna vez?

—No. Hubiera sido un deshonor.

—¿Y a usted le copian sus alumnos en clase?

—Tenga la seguridad de que sí lo han hecho porque me gusta demasiado leer y me aburro vigilando. Pero he encontrado una fórmula para evitarlo: pongo exámenes que no se pueden copiar. He optado por los comentarios de textos.

UN FILÓSOFO EN EL MUNDO

—Usted es filósofo, catedrático de Metafísica.

—¿Sabe cuándo comprendí que la filosofía era lo mío? Al escuchar a Millán Puelles, en medio de una algarabía, decir que la filosofía no era para gritarla, sino para susurrarla.

—Ya. Pero, ¿de qué sirve la filosofía para el mundo?

—La respuesta oficial es que para nada, y precisamente en eso consiste su valor. La filosofía tiene un valor en sí misma. ¿De qué sirve la música? ¿De qué ver una puesta de sol o pasear por el Irati? Lo que llaman la no comprada gracia de la vida... Pues, mire, sirve para todo. Y, lo primero, para enseñar a pensar.

—Pensar puede ser comenzar a sumergirse en la infelicidad.

—“El pensamiento me hace daño, él me matará”... propio del pensamiento romántico y del inicio del nihilismo moderno. Bueno... Sufrimos al pensar porque en el mundo las cosas no están claras y duelen. Pero eso es lo que hace a la filosofía más necesaria.

—¿Para qué? ¿Qué hace un filósofo pensando en la guerra, en el hambre, en las zancadillas, en la marginación? ¿Pisa suelo real?

—Un filósofo piensa que la guerra es mala y trata de convencer. Piensa en los orígenes últimos de la pobreza y aconseja sobre sus remedios... El filósofo se abisma en la condición humana, no sale de ella, y da sentido a las cosas.

—Pero, ¿enseña a ser feliz?

—Debiera. Ya decía Cicerón que el hombre no ha filosofado para otra cosa que para ser feliz.

—En todo caso, ¿sabe usted cuánto vale una barra de pan?

—No.

—¿Sabe lo que vale algo?

—Pues... los libros. Y alguna cosa más. La villavesa, por ejemplo, 60 pesetas. Y hoy he aprendido que un paquete de cuchillas de afeitar cuesta 250. También el traje que me he comprado para la toma de posesión. Carísimo, unas 50.000 pesetas.

—Deje su mente en reposo. ¿Cómo podría ganarse la vida en cualquier lugar donde no hubiera clases?

—No lo sé. Quizás tendría que echar mano a algunos conocimientos mercantiles de mi época de juventud. Pero no me pida nada más de destrezas. Le entiendo por donde va. También hay veces que me pregunto si no estaré rizando el rizo. Si los filósofos no nos detenemos demasiado en cuestiones que interesan a unos pocos cuando hay en el mundo problemas lacerantes. Pero yo mismo me contesto que sí. Por lo menos, no encuentro una manera de ser más eficaz frente a los grandes problemas que tratan do de pensar mejor.

ELECCIÓN PARA EL CARGO

—Bueno. Hoy, rector. ¿Cómo se llega al cargo?

—Lo elige el Gran Canciller de la Universidad de Navarra, Álvaro del Portillo.

—Dicen que entre una terna. Y no sé quiénes eran sus compañeros rivales.

—Tampoco yo, pero imagino que cualquiera de los vicerrectores o decanos de la Universidad. Personas muy bien preparadas.

—¿Qué condiciones se exigen para ser Rector de la Universidad de Navarra?

—Ser universitario, catedrático y tener cierta capacidad de dirección.

—¿La primera condición será la de ser del Opus Dei?

—No creo que sea esencial.

—En todo caso, usted es numerario del Opus Dei.

—Sí, desde los 17 años.

—Pero a esa edad, ¿uno sabe ya con certeza si quiere ser jesuita, soltero o casado, o del Opus Dei?

—Yo sí.

—¿Y no es duro renunciar, por ejemplo, a hijos?

—Hay otra paternidad, que es la del espíritu, y que se vive en el ámbito de la fe.

—¿Qué cualidades se ve para rector?

—Mi mayor cualidad y mi mayor defecto es que soy muy trabajador. Creo que soy persona tratable y muy poco susceptible. No me suelo sentir ofendido, quizás porque no tenga mucho punto de honra. Soy vanidoso, pero no mucho. Si me alaban me gusta, pero si no alaban no me enfado. Me adapto bien a la forma de ser de los otros. Soy dialogante, sé escuchar y tengo capacidad para hacerme cargo de las situaciones complejas.

-Adelántese a sus enemigos a la hora de dibujar sus defectos.

-Yo mismo me achaco que soy demasiado reflexivo y por eso tardo en tomar decisiones. Y es que trato de ver la razón que tiene cada uno y eso me dificulta para ver de qué parte está la razón. Tengo cierta tendencia a la perplejidad.

SUELDO Y GASTOS DEL RECTOR

—Hoy le cambia a usted la vida. Por ejemplo, ¿cuánto va a ganar?

—Exactamente igual que ahora. Unos 5,5 millones de pesetas brutos.

—¿Qué hace con ese dinero?

—Sobre todo, libros y viajes. Y una buena parte, la mitad, a labores de tipo social. La ascendencia humilde de mi familia jamás se apartará de mi mente y creo que debo regresar a la sociedad más necesitada parte de lo que gano.

—¿Ahorra usted?

—Ni un duro.

—¿Su saldo en la cuenta corriente?

—Hoy, unas 20.000 pesetas, después de pagar a Hacienda.

—¿20.000 pesetas? ¿Y sale usted a la calle tranquilo?

—Feliz.

—Tiene usted suerte de no estar casado. No habría mujer que le aguantara ese saldo, con la nómina de su cargo.

—Ventajas de la soltería. Pero, ya en serio, yo procuro vivir la sobriedad a mi modo. Y a mí el dinero de mi bolsillo no me preocupa. Mucho, eso sí, el dinero institucional, el que se dedica a los estudiantes.

—Hoy, lo sabe usted, el prestigio social se mide por lo que uno tiene.

—Esta ola de consumismo y de materialismo me parece fatal. No reniego de la bonanza económica, pero no entiendo el mundo de los yuppies. La gente eficaz, la que saca las cosas adelante, no es la que aparece en las revistas del corazón. El dinero es una cosa muy importante, casi una entidad metafísica, y no lo desprecio, pero los valores económicos tienen la categoría de medios y se comete el error de confundirlos con fines. ¡Qué voy a añadir yo a Machado! Lo dijo perfectamente: todo necio confunde valor con precio.

MATRÍCULAS Y MASIFICACIÓN

—Sin embargo, usted se pone hoy al frente de una universidad con unos precios de matrículas inaccesibles para los hijos de cualquier trabajador. Pasan del cuarto de millón.

—Y me preocupa que los hijos de los obreros encuentren dificultades para pagarlas, porque la ayuda social y económica que recibe esta universidad no es suficiente para abaratar los costes. Esa es una de las tareas en las que estoy comprometido: recabar esos fondos que permitan un igual acceso a la enseñanza. Lo que usted dice es para nosotros una pesadilla, y hacemos lo posible por evitarla. Hoy, el 40% de nuestros alumnos pertenecen a los niveles de renta inferiores, y así queremos mantenerlo, porque uno de los principios de esta universidad es que nadie deje de acudir a sus aulas por falta de medios económicos.

—¿Y no hay voces contrarias a su sentir? Por ejemplo, a la vista de la demanda que no les falta a sus aulas, configurar una universidad de élite.

—Eso jamás llegará a esta casa, porque significaría que sería otra universidad. Distinta a la que queremos. Queremos una universidad abierta a todos. Por cuestión de principios, por solidaridad y por el espíritu cristiano que la impregna.

—La competencia llega también a la universidad. Por precio, las públicas. Y ahora, por aulas menos masificadas, las privadas que nacen. La que usted va a regir ya no puede ostentar en el mercado aquel sello de atención individualizada ante el número de alumnos por clase.

—Yo creo que sí. No se puede decir que la Universidad de Navarra esté masificada. Han existido problemas, es verdad, porque no había suficientes locales y algunas carreras, como Derecho, se habían visto desbordadas por la demanda social. Pero, en términos generales, la proporción profesor-alumno es satisfactoria. Yo conozco muchas universidades extranjeras y puedo decirle que no hay en ellas una atención tan directa, frecuente, franca y cordial entre estudiante y profesor.

ÉTICA Y POLÍTICA

—Va a ser usted el representante institucional de la Universidad de Navarra. Tras un Alfonso Nieto que estrechaba por igual la mano de Urralburu que la de Alli.

—Y ahí habrá una clara continuidad y nadie podrá decir que no he intentado que mi apertura sea similar a la suya.

—Lo que nunca hizo el rector Nieto fue mojarse en política. Quizás usted sí quiera pronunciarse por un gobierno del socialista o del regionalista.

—Yo estoy por el que resulte el mejor gobierno para Navarra.

—Buen alumno del maestro.

—Es que como rector y como profesor universitario tengo el deber de respetar la libertad de todos y cada uno de los que forman la Universidad y se exige que no me pronuncie. Lo que sí le diré es que la experiencia del entendimiento entre PSOE y UPN ha sido muy buena. No sé si es repetible, pero, como ciudadano navarro, me gustaría.

—Uno de sus hermanos, Ignacio Llano, fue gobernador civil de Navarra.

—Sí. En tiempos de la UCD. Pero regresó a su profesión de economista y hoy trabaja en una empresa madrileña de brokers.

—¿No sintió usted tentaciones políticas?

—Y las ejercí, en mi época de estudiante en Valencia. En la clandestinidad, fui el primer presidente de la Asamblea Libre de Estudiantes. Fui un activista universitario con implicaciones. Apostábamos por la democracia. Incluso encabecé protestas estudiantiles que reclamaban la transformación universitaria y la libertad política.

—A ver, ¿llegó a correr delante de la policía?

—Y varias veces. Pero, eso sí, nunca fui favorable a las huelgas estudiantiles. Las protestas, fuera do clase. Siempre he apostado por la no interferencia de lo político en lo académico.

—¿Encabezaría hoy una movilización de estudiantes contra esa selectividad que decide su futuro universitario y hasta la carrera que pueden estudiar, sea o no la que les gusta?

—Creo que debe existir una selección, como existe en todas las universidades extranjeras. Pero lo que creo, también, es que debía existir una orientación profesional y no siempre hacia las aulas universitarias. La universidad ha estado muy mitificada. Ahora empieza su desmitificación por la masificación de las aulas y por el negro futuro laboral.

—Usted escribió un libro titulado Ética y Política.

—Sí, y un amigo me dijo que me había equivocado, que el título debía ser Ética o Política. Pero yo creo que no, que estaba bien la conjunción que empleé. La ética es el fundamento necesario de la política democrática. Y la democracia es el régimen que necesita fundamentalmente de la ética y en el que más se nota cuando no existe.

—Hoy, Sr. Rector, falta mucha ética en la política. Repase usted la actualidad. Vea los senadores votando con manos y pies, rememore los escándalos de financiación de los partidos...

—No puedo decir más que lo que ha dicho el Rey en las últimas horas sobre la corrupción y los males que acarrea. Los casos que usted me cita son antiéticos y antiestéticos. Lo único que pido a los políticos es responsabilidad social como representantes de la libertad concertada de los ciudadanos. El político necesita un comportamiento moral exigente. Su tarea es de servicio, aunque legítimamente tenga honores y se le corresponda económicamente porque su trabajo es duro.

—¿Reniega el filósofo Llano del Platón que reclamaba el Gobierno de los sabios?

—Sí. Me basta con la puerta que dejó abierta de que los gobernantes filosofaran y reflexionaran. Pero yo soy más aristotélico. Creo que la ética es una parte de la política y que la ética debe buscar, a la vez, una sociedad más justa.

—Cuando usted no piensa, ¿qué hace?

—Leo. Paseo por el bosque del Irati o por Quinto Real.

—¿Escucha música?

—Poco más que clásica.

—Compita con uno de sus alumnos en música moderna.

—Puede ser Sting... No sé, Bob Dylan, Joan Baez, Mecano... Casi mejor, no me saque del folk y de las baladas irlandesas.

—La última película que ha visto.

—Enrique V, en vídeo.

—Digo en cine.

—Si apenas voy. Quizás La caja de música. De antinazis.

—¿Y en la tele?

—Telediarios, reportajes y películas. Y, sobre todo, ciclismo. Me apasiona el Tour. Tiene mucho de épico. No sabe lo que me hace sufrir Perico Delgado, que siempre tiene desgracias, o Miguel Induráin, que no sé por qué, no termina de arrancar.

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