Inclusión
Seis personas con autismo, síndrome de Down y otras discapacidades intelectuales conviven en Pamplona
Pese a sus limitaciones de lenguaje, compartir una casa gestionada por Anfas en Pamplona es un salto cualitativo en su camino de autonomía


Actualizado el 14/04/2024 a las 08:56
Las personas con discapacidad intelectual tienen los mismos derechos que el resto de la ciudadanía”. No hay más razón que la aportada por Anfas en una reflexión que no admite dudas para la mayoría social aunque quede oculta bajo el armazón de la rutina, para ilustrar la ventana abierta al mundo de un hogar único en Navarra. En ‘Mi casa: una vida en comunidad’ -como así se describe el proyecto en un domicilio de dos pisos unidos cedidos por Ayuntamiento de Pamplona y concertado con la Agencia Navarra de Autonomía y Desarrollo de las Personas (ANADP) del Gobierno de Navarra-, el derecho a disponer de vivienda se cumple en seis personas, de 24 a 39 años de edad. Son especiales, no por sus límites -algunos agudo, que se traducen en “grandes necesidades de apoyo” como personas con autismo o síndrome de Down-, sino por su condición de pioneros en el paso cualitativo y grande dado por vivir bajo un mismo techo alejado de la estructura convencional de una residencia. Desde el 6 de marzo de 2023, conviven al abrigo de un hogar. “Tienen derecho a decidir dónde, cómo, con quién quieren vivir y cuáles serán los apoyos que necesitarán para poder llevar a cabo su proyecto de vida independiente. La mayoría de las personas con discapacidad intelectual y del desarrollo que tienen grandes necesidades de apoyo viven en residencias, porque no tienen oportunidad de hacerlo en pisos o casas en la comunidad”. Anfas, acrónimo de la Asociación Navarra en favor de las Personas con discapacidad intelectual o del desarrollo, lo tiene claro. Con el respaldo de un equipo de nueve profesionales, que coordina la psicóloga Yoana Romano Ullate, de 34 años de edad, las palabras, recogidas en un ideal amplificado con un mensaje de tintes reivindicativos, fluyen en la vida cotidiana. Como cualquier casa compartida, la dispuesta en el Paseo Sarasate con la amplitud de dos pisos abrazados por el mismo espíritu de la convivencia, las labores no están dejadas al libre albedrío dentro de las obligaciones individuales. El despertar a una nueva realidad se perfila en el amanecer de cada día con las cadencias que marcan las alarmas de los relojes. Cada cual tiene su pauta en el recibimiento a una jornada por delante, que discurre en centros de día y ocupacionales o en talleres de Tasubinsa. Cada uno, apoyado si es preciso, “se hace la cama” y prepara el desayuno. La higiene bucal es hábito, expone Yoana Romano.
Con el almuerzo en la mochila, espera la mañana de dedicación. Julen, leitzarra al que, según dice, le gusta cultivar tierra en su doble labor de cuidado de la huerta y apoyo en la cocina allí donde está ocupado, viaja solo en villavesa. Todo un logro, que confirma la apuesta de autonomía deseada. “Hubo un proceso de acompañamiento” que realizar, recuerda la coordinadora del proyecto. Richard -que tiene un cojín con el escudo de Osasuna, señal inequívoca de su amor por los colores de la tierra-, se apoya en sus manos para explicar la labor manual que realiza en Tasubinsa. Limitado en el lenguaje, su esfuerzo delata actitud, capacidad y empeño. Con un ánimo voluntarioso y despierto, deja sin palabras a su interlocutor.
El regreso al hogar es progresivo. Es escalonado, de cuatro a seis de la tarde. El propio Richard como su compañero Xabi, embaucador con su sonrisa perenne y afectuoso, aguardan en la plaza San Francisco Javier la llegada de África Caballero Javier, integrante del equipo de cuidadores. Toca hacer la compra de fruta en un establecimiento del entorno para asegurar el almuerzo del conjunto del día siguiente. “Vamos a coger plátanos de Canarias”, reciben por indicación. Richard, solícito, atiende a la pauta, no antes enfundarse su mano derecha en un guante de plástico como lección interiorizada en el cuidado de la higiene.
Que las compras se efectúen en el entorno del Paseo Sarasate obedece a un motivo de doble efecto complementario. En sus prolegómenos y fase inicial de desarrollo, los nueve profesionales adscritos al proyecto asumieron el rol de lo que en el sector social se conoce como ‘conector comunitario’. Bajo esta faceta se encuentra aquel profesional capacitado de hacer trama con servicios y recursos de alrededor, que sirven de apoyo. Traducido al lenguaje cotidiano y al caso concreto de la vivienda del Paseo Sarasate, la localización y contacto con prestaciones como el Aquavox de San Agustín y establecimientos comerciales próximo tiene un efecto de “sensibilización de la población” y compromiso voluntario en el trato cotidiano con sus moradores. “Igual pueden bajar solos a comprar el pan y en la tienda recibir el apoyo de aquellas personas que ya les conocen”, ofrece como acierto Yoana Romero.


JULEN HACE SPINNING
La relación establecida ha logrado que Julen, el leitzarra al que le gusta la tierra y que se desenvuelve en euskera -“¿Zenbat urte dituzu?” (¿Cuántos años tienes?), atiene por interpelación.”Hogeitazortzi” (28)- , acuda a practicar spinning en el Aquavox de San Agustín.
Cuando el día comienza a apagarse ahora que el cambio de hora ha estirado la franja de luz, empiezan los preparativos de la ducha y cena. La rutina es pedagógica. Los preparativos de la mesa, así como los posteriores con la colocación de la cubertería en el lavavajillas y el barrido del suelo de la cocina, implican a cada miembro.“Los viernes hay pizza, pero hay que prepararla y echar una mano”, observa la coordinadora, como tantas otras ocasiones en que se requiere voluntad para tener dispuesta la mesa compartida.
La despedida hasta el nuevo día tiene su proceso particular. Cada cual se acomoda a sus preferencias. Los hay que se entretienen con la tele. A Carmen le gusta la serie ‘La que se avecina’. Tiene su propia pantalla. “Yo no peleo”, afirma, como dejando entrever su negativa a pugnar por un programa determinado, que son hábito en cualquier hogar de preferencias encontradas. Así como a Xabi le gusta consultar el móvil, el entretenimiento de Joseba es la pantalla de ordenador.
Cada habitación está decorada al antojo de su ocupante. La vivienda tiene capacidad para acoger a otras dos personas que precisan apoyo temporal.
Antes de ser habitadas, en los prolegómenos a la apertura del hogar, fue importante escuchar a las familias. Luego, se realizó todo el proceso de adaptación con la incorporación semanal “de dos en dos”. Siempre en jueves, para que la entrada fuese menos costosa y pertubadora en el estado emocional de los nuevos acogidos al estar próximo el fin de semana con el regreso a sus domicilios familiares. En el tiempo transcurrido, el avance a distintos niveles, en especial el anímico, se ha hecho evidencia. No hay mejor prueba –asegura Yoana Romano- que comprobar el cambio advertido en quienes, al aproximarse los primeros días a la casa, experimentaban una sensación de extrañeza y nostalgia. “No estaban en casa, en la casa de su familia”. Doce meses después, “se han pasado al otro extremo. Quieren quedarse aquí, tener una vida independiente, con apoyos, pero independiente. Hay veces –observa- que se sienten tan bien que no quieren regresar los fines de semana a su casa familiar. Disfrutan en el día a día, desde poner la mesa hasta salir a la calle. Van a una tienda, les saludan. Este es su barrio”.
“Ha supuesto un reto”, reconoce. “Era un proyecto piloto, que se montaba por primera vez en Navarra. Las personas con grandes necesidades de apoyo estaban orientadas a tener un recurso residencial. Las viviendas con altos apoyos no era algo que estaba previsto. Darles la oportunidad a unas personas, tenga la necesidad que tenga, para poder desarrollar su proyecto de vida independiente y poder vivir en una vivienda en comunidad, es muy gratificante”. Y no es de extrañar que sea así donde por encima de las limitaciones se respira humanidad, abrazada a un hogar.
