La mirada honesta y amable de Tomás Oquiñena Olaiz


Publicado el 03/02/2024 a las 08:33
Tenía una mirada única. Tomás miraba de frente desde esos ojos azules que heredó MaAuxi y sus casi 1,80 de estatura. Inteligente, rápido, perspicaz; no desperdiciaba una oportunidad para devolverte con ironía un comentario cualquiera y arrancarte una carcajada.
Tomás era simpático, cariñoso, generoso, juguetón, de mirada sonriente y con una actitud filtrada por un gran, gran sentido del humor. Tenía el don de saber relativizar y buscar el lado amable de la vida. Agudo e ingenioso, levantaba una ceja mientras jugaba con las palabras, con la exageración o la parodia con un toque socarrón y picaresco. Y ese ‘no sé qué’, ese saber estar burbujeante, te metía de cabeza en su bolsillo.
Disfrutaba con las cosas sencillas: ir al monte, pasear entre los árboles, coger caracoles después de llover y, cuando arrancaba el otoño, hacerse con un buen puñado de setas y endrinas. Con ellas hacía un patxarán delicioso que disfrutábamos en casa la primavera siguiente.
Adoraba la música desde bien pequeño. Una pasión que le atravesó de arriba a abajo y quiso trasladar a toda su familia. Con una voz de tiple en la infancia y grave en la madurez gozaba de un oído excepcional y conseguía unas armonías impecables. Algo que se volvía en su contra cuando escuchaba interpretar alguna nota fuera de su sitio, ¡claro! Tocó el trombón y la guitarra y no desperdiciaba ocasión para arrancarse a cantar en alguna que otra reunión. Y en 89 años, hubo unas cuantas.
Exhalaba estilo: un tipo alto, de porte elegante, pero sobre todo y ante todo, un hombre bueno. ‘El Gary Cooper de Echavacoiz’ en sus años mozos. Aunque su pelo rubio y su mirada traviesa le daban un aire más como de alemán más cercano a Richard Widmark en Vencedores y vencidos.
Su estatura llegaba a la altura de sus valores. Creía en la generosidad, la alegría, el trabajo bien hecho, la constancia y el amor por la vida. Siempre tuvo bien claro lo que quería e iba a por ello. Cuando su mirada se encontró con la de MaLuisa Contín ya no pudo mirar hacia otro lado. Juntos formaron un tándem insuperable. De esos de los que quedan pocos. Desde su primer hogar hasta el nuevo barrio de San Juan compartieron un carro de años, un puñado de quebraderos de cabeza e incontables momentos felices.
En una época en la que la televisión solo se veía en dos colores, MaLuisa y él sacaron adelante la prole que revoloteaba a su alrededor, su piña particular, con esfuerzo, ganas y alegría. En El Perdón, Sorogain, Arizu, Valle de Arce... pero siempre bajo grandes árboles de sombra ancha, se montaban reuniones de familia y amigos muy numerosas. Allí se comía, se bebía, se cantaba, se jugaba al chinchón, a la brisca o al mus y sobre todo se reía a carcajadas disfrutando de la vida a borbotones. Muchos momentos entrañables, divertidos y rocambolescos.
Tomás era autodidacta. Nació en unos tiempos duros y fue el sexto hijo del sastre de Astráin. Es probable que ser el benjamín le hiciera espabilar y buscarse la vida pronto. Lo tuvo claro y supo convertir sus aficiones en profesiones. Desde electricista de aviones en el Sahara occidental, chófer, guarda y persona de confianza en la fábrica de Argal, conductor de camiones con su hermano Jesús, hasta telefonista en varios centros del Servicio Navarro de Salud a tiempo completo y Rey Melchor a tiempo parcial.
Pertenecía a una generación de luchadores y luchadoras incansables. Amistades de otro tiempo que la vida volvió a reunir en el Parque de la Vaguada de San Juan. Allí bromeaba hace un par de meses con su hermano Carmelo, Ana Mari, Daroca, José “el taxista” y otros tantos amigos, compartiendo anécdotas sobre momentos pasados e instantes de juventud. Gente de otra pasta a la que nadie regaló nada. Personas que daban mucho valor a lo esencial. Por eso la familia era el motor de su vida y de lo que se sentía más orgulloso.
Casi 90 años ricos en vivencias y anécdotas que nutrían sus historias. Unas historias que contaba con cariño, entusiasmo y mucha chispa. Nos llevamos un trocito de todas ellas. Nos llevamos una parte de él.
Echaremos de menos esa mirada generosa, llena de amor y de vida. Estamos convencidas de que allá donde vayas las personas que te acompañen se lo estarán pasando mejor que bien. Porque eras alegría. Y punto.
Raquel Oquiñena Contín es hija del fallecido