Terrorismo
La cuna que ETA cubrió de escombros en Lekunberri
El 23 de octubre de 1983 cuatro etarras atacaron con granadas la casa cuartel de la localidad navarra con tres mujeres y ocho menores en su interior. La cuna de Ana Belén, de 5 meses, quedó cubierta de escombros. Sus padres recuerdan la “angustia” vivida


Publicado el 23/10/2023 a las 05:00
Dos fuertes explosiones, una nube de polvo y cascotes, oscuridad, una bebé llorando y siete niños aterrados que se refugian al fondo de las viviendas con sus madres mientras sus maridos intentan repeler el ataque con sus metralletas. No es ni una colonia de Israel ni la franja de Gaza. Es Lekunberri (Navarra), el 23 de octubre de 1983. Cuatro terroristas de ETA lanzaron cuatro granadas contra la casa cuartel. Tres impactaron en la fachada y una entró en la vivienda donde Ana Belén Ramón Pérez, de 5 meses de edad, dormía en una cuna que se llenó de los cascotes. Su padre, Manuel Ramón Álvarez, logró rescatarla en medio de la oscuridad y arrastrándose por el suelo la puso a salvo. Sufrió heridas por todo el cuerpo, un traumatismo craneal y “le rompieron su naricilla”, relata Manuel 40 años después. Afortunadamente, no le quedaron secuelas. Actualmente Ana Belén reside en Granada, al igual que sus padres. Se dedica a la agricultura y lleva una vida normal aunque es consciente de que su vida es un milagro. No hubo detenidos ni juicio. Es uno de los muchos atentados sin esclarecerse.
Cada 23 de octubre a las diez y cuarto de la noche, a Mari Cruz Álvarez Rodríguez, madre de Ana Belén, le viene a la cabeza aquella fatídica no de domingo. “El dolor de los atentados es tan amargo que ni siquiera se lo deseas a quienes intentaban matarte”, contaba al día siguiente Maricruz y las otras dos madres que estaban en ese momento en la casa cuartel. Es un sentimiento que aflora ahora en pleno conflicto entre Israel y Hamás. “Lo pasas mal porque eres consciente de lo que se sufre. Como el médico de Gaza que atendiendo a heridos descubre que su hijo ha muerto”, expresa Manuel.
Diario de Navarra publicaba el 25 de octubre de 1983 una foto de Maricruz y la pequeña Ana Belén en brazos, en la habitación del hospital. Una bebé de mirada tranquila, con la cara marcada por las heridas. Manuel y Mari Cruz conservan los recortes de periódicos y las fotos que les hizo el periodista Jorge Nagore. Cuando Ana Belén tenía 8 o 9 años vio todo ese material y preguntó quién era aquel bebé. Así se enteró de que había sido víctima de un atentado de ETA.
“Al ser tan pequeña, soldaron bien todos los huesos. No la tuvieron que operar”, señalan sus padres. Sus dos hermanos mayores, Flor y Manuel, que tenían entonces 3 y 4 años, sí que se quedaron traumatizados durante un tiempo. “Tenían pánico a la oscuridad y ante cualquier ruido se alarmaban. No se separaban de su madre”. La noche del atentado había tres familias viviendo en la casa cuartel. Otro matrimonio estaba en Pamplona porque la mujer acababa de dar a luz. En total había siete niños, el mayor de 13 años. Algunos ya estaban en la cama. El agente José Requiel Caballero estaba de guardia y fue el primero en reaccionar. Los etarras utilizaron dos lanzagranadas, colocados en un patio entre un bar y la casa cuartel.
A las 22.15 horas se produjo el primer impacto de una granada de carga hueca del calibre 83, que destrozó el cableado de la fachada. La casa cuartel, de planta baja y dos alturas, se quedó a oscuras. Los tres guardias civiles empezaron a disparar desde el segundo piso. Las siguientes granadas impactaron contra la segunda planta y una de ellas entró en una de las habitaciones. Los techos de la primera y segunda planta se derrumbaron parcialmente. Maricruz estaba en una salita con los dos mayores y se escondieron en la parte trasera, acurrucados. La bebé estaba sola en la habitación. “¡La bebé, la bebé¡”, gritaban. A oscuras, Manuel se arrastró por el suelo con la metralleta en la mano hasta la cuna, retiró los cascotes y cogió a la niña, que estaba ensangrentada. “Pensé que estaba reventada”, relata con la voz temblorosa 40 años después.
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Los etarras huyeron del lugar. “Las granadas habían destrozado la entrada del edificio y no se podía salir. Varios vecinos, dando patadas, pudieron abrir la puerta. Nos preguntaron si estábamos heridos y gritamos ¡la niña, la niña!. El hijo del dueño del bar era de la Cruz Roja. Cogió la ambulancia y se llevó a la hija y a la madre. Yo me quedé roto del dolor, esperando un buen rato hasta que me dijeron que tenía la naricilla rota y muchos cortes, pero que su vida no corría peligro”, señala.
“Fueron cuatro minutos que parecieron cuatro horas. De gritos, lloros, terror y angustia. Echadas en el suelo, abrazadas a nuestros hijos, cubriendo sus cuerpos con los nuestros y esperando la muerte, que iba y venía conforme explotaban las granadas y se iluminaban las habitaciones con los fogonazos. Gritábamos a nuestros maridos que repelían la agresión para que nos dijeran si estaban vivos. Oír sus voces daba fuerza para seguir esperando... No se puede contar. Hay que pasarlo y entonces te das cuenta de que son momentos tan amargos, tan dolorosos y despiadados que ni siquiera se los deseas a los que intentaban matarte”. Esto contaban las tres madres a Diario de Navarra. El periódico mostraba otra fotografía de tres mujeres con algunos de los pequeños, en una de las estancias llenas de escombros. Mariví Navarro, natural de Málaga, tenía 34 años y estaba casada con el sargento del puesto. Tenían tres hijos de 13, 10 y 7 años. María Fidela Vázquez, extremeña de 23 años, tenía dos hijos, de 1 y 2 años.
La casa cuartel quedó derruida, inhabilitada. Las familias tuvieron que ser reubicadas . “Nosotros nos quedamos en unas cocheras que tenía el hotel Ayestaran. Después la Cruz Roja ofreció el edificio que tenía a la entrada del pueblo”, apunta Manuel. Ese edificio sufrió otro ataque en 1990. A raíz del atentado, este guardia civil pidió el traslado. En Lekunberri permaneció siete meses más. De las vacantes en las que solicitó plaza, le aceptaron en Sevilla: “Tuvimos suerte, porque estábamos cerca de nuestro pueblo”.
Manuel Ramón se jubiló en 2020, al cumplir los 65 años. Los últimos años los pasó en la comandancia de Motril (Granada). Desde entonces el matrimonio hace “vida de pueblo” y disfruta de sus tres nietos en Molvízar (Granada), donde también viven dos de los hijos. Los otros dos están en Sevilla. “Ninguno ha querido ser Guardia Civil. A mí me parece una profesión bonita, de servicio público, pero han elegido otros caminos”, opina Manuel.
